Tomada de la edición impresa del 11 de octubre del 2008

Ciudad de ratas

Xavier Andrade Andrade
Antropólogo, especializado en cuestiones urbanas y visualidad. Ph.D. (c) The New School For Social Research. Coordinador del Programa de Antropología Visual de la FLACSO-Ecuador.
xandrade13@hotmail.com


Uno de los artículos más polémicos que he leído sobre Guayaquil es aquél de Daniel Gade que lleva por nombre el título de esta columna.  Se trata de una historia de la llegada de ratas al puerto principal y su establecimiento, las proporciones epidémicas que adquirieron a lo largo de la historia, y su eterno retorno a pesar de los esfuerzos por controlarlas.  Basta recorrer ahora mismo el centro regenerado por las noches para atestiguar la persistencia de un tétrico legado que empieza con la Conquista y nunca ha terminado.  Si ello ocurre en un entorno urbano que es constantemente sometido a ejercicios de limpieza que incluyen a todos los seres indeseables, incluidos los desposeídos, resta imaginarse que está ocurriendo en otras zonas de la ciudad.

A pesar de los esfuerzos municipales al respecto, sus políticas en relación al mundo animal son contradictorias puesto que sanciona solamente a ciertos tipos de peste.  Desratizar es una preocupación legítima de las autoridades locales por preservar la salud pública.  El mismo trato deberían merecer las palomas, coloquialmente conocidas también como “ratas voladoras”.  En otros lares, como por ejemplo la ciudad de Nueva York, el debate sobre su alimentación en espacios públicos, llevó a los funcionarios a tomar una decisión que velaba por el derecho común sobre el entretenimiento de los particulares.  Prevaleciendo criterios médicos que indican que las palomas propagan varios tipos de enfermedades transmisibles al ser humano, se tomó la medida de prohibir su alimentación en parques y plazas.  Aunque la medida tuvo oposición por parte de fundamentalistas que ven en cualquier bicho inútil la posibilidad para ensalzar la naturaleza, la calidad de vida de los habitantes fue sustancialmente mejorada.

Sentido común:  una plaza y árboles libres del excremento masivo que depositan los alados repercute, por ejemplo, en menos costos para mantener la ciudad, para no mencionar la limpieza del aire que, siendo un bien social, está más allá de cualquier consideración hacia las bondades de la obesidad animal.  El derecho al espacio público debe incluir la preocupación por soluciones integrales antes que la populista estrategia de mantener a unos pocos contentos.  Pestes son pestes y derechos ciudadanos son derechos ciudadanos… conceptos difíciles de entender para este gobierno local.

Rss
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