Estado de emergencia
Xavier Andrade Andrade
Antropólogo, especializado en cuestiones urbanas y visualidad. Ph.D. (c) The New School For Social Research. Coordinador del Programa de Antropología Visual de la FLACSO-Ecuador.
xandrade13@hotmail.com
Asco profundo y angustia vital son los requerimientos para renovar el quehacer de las instituciones del Estado en materia cultural. Todas las evidencias de su miseria justifican una estancia radical para romper con las ilusiones creadas por los foros y los forzados consensos. Por décadas enteras, el caprichoso mecenazgo del Estado terminó creando generaciones de artistas miserables y de gestores culturales que, prestos a cambiar su silencio por la preciada moneda, ocultaron las verdaderas prácticas institucionales que han primado en salones y convocatorias.
La mano negra de los directores de dichas estancias, generalmente apoltronados en sus puestos solamente en mérito a la fortaleza de las antiguas redes clientelares que caracterizan al Viejo Estado, se ha sentido ya por demasiado tiempo. Ellos juzgan, de antemano, qué obras pasan a ser evaluadas por los jurados y cuáles otras, “por ofensivas”, no. Ellos desdeñan los criterios de la gente más formada del medio para imponer sus políticas populistas y prolongar el estado de desinformación estructural por una generación más. Ellas se precian de pavonear su ignorancia para contestar a la crítica informada mientras continúan pensando en el accionar de las instituciones como grandes salones de té.
Salones de Té, de Julio, Mariano Aguilera. Centro Metropolitano de Quito. Municipio de Guayaquil. Dos ciudades, un destino: la miseria. Y la complacencia. La cómoda demagogia del Ministerio de Cultura con su falta de pronunciamiento sobre ésta y otras cuestiones cruciales tales como el cambio sustancial de la estructura del Estado y la revisión del estatus autonómico de ciertas entidades. Y el silencio: frente a la escandalosa perennización de aquellos que, a falta de preparación para dirigir las entidades públicas profundizan la perversa vacuidad de sus políticas culturales, el Ministerio continúa soñando con las celebraciones del Bicentenario, el Centro Metropolitano de Quito, con lavarse las manos sobre la desastrosa conducción que ha hecho del Salón más antiguo del país, el Museo Municipal de Guayaquil con su bombardeo a cualquier intento de cambio para preservar el populismo democrático en el arte. Y más silencio: instituciones sin norte alguno, sin contabilidad social, y lo que es peor, aupados solapadamente por la retórica revolucionaria.