Esta ONG se ha enfocado en apoyar a los infectados que habitan en el Guasmo sur, de Guayaquil.
A los 33 años, Josué Cárdenas (nombre protegido) se enteró de una nefasta noticia: tenía VIH/sida. Estaba casado y era padre de una menor de más de un año. No sospechaba de su mal y peor aún, que su mujer e hija también lo tuvieran.
Ninguno de los tres presentaba síntomas. Un dolor que apareció de repente en uno de los oídos de su pequeña fue el inicio de una serie de exámenes.
Cuando los médicos comprobaron que la niña era portadora del virus de inmunodeficiencia adquirido, las pruebas se extendieron a los progenitores. Ambos también estaban infectados.
Han transcurrido casi seis años de este hecho. Cárdenas cuenta que la relación con su esposa terminó. Ahora está solo y desempleado.
Fue víctima también de la tuberculosis, una coinfección que ataca agresivamente a las personas con VIH, debido al debilitamiento de su sistema inmunológico.
Pese a las adversidades que ha encontrado en su camino, este hombre no pierde la esperanza de iniciar una nueva relación sentimental, como lo hizo su ex esposa.
No ha sufrido de discriminación laboral. Dice que el último trabajo que tuvo fue como guardia de seguridad.
Cárdenas es uno de los beneficiarios del Programa Nacional de VIH/sida, lo que le permite recibir sus medicamentos mensualmente y asistir a los controles de rutina.
Historias como las de Josué se escuchan a menudo en el Grupo de Autoapoyo de la Fundación de Salud Madre Berenice, ubicada en la cooperativa Reina del Quinche II, que funciona en la escuela Nuestra Señora del Quinche.
En este sitio, un equipo de misioneras de esta ONG atiende actualmente a un grupo de 35 adultos y 24 niños, que padecen de este mal.
Lo triste, según la religiosa Antonieta Montalván, directora (e) de la fundación, se da cuando los afectados están en la última etapa, porque “el cambio físico es dramático”.
La Fundación de la Congregación de las Hermanitas de la Anunciación Madre Berenice llegó en 1987, al Guasmo sur. “Solo había tierra y lodo”, asegura Laura Mena, quien con la religiosa colombiana Gilma Carlier y la ecuatoriana Mercedes Morales, fundaron la escuela Nuestra Señora del Quinche.
Este centro recibe el apoyo de las Señoras de la Junta de Beneficencia de Guayaquil.
Mena dice que antes de llegar al Guasmo sur, por pedido del extinto sacerdote italiano Olindo Spaggnolo, fundador de la parroquia Stella Maris, estuvieron en el Guasmo central.
700 misioneras integran mundialmente la Congregación Madre Berenice
Mena recuerda que la misión llegó a Ecuador en 1964. El primer lugar donde trabajaron fue Amaguaña, en Quito. Luego pasaron por Loja, Machala, el noroccidente de Pichincha y Azogues.
En Ecuador, actualmente hay 40 misioneras distribuidas en diferentes ciudades.
En el Guasmo sur, las misioneras también fundaron el Centro de Salud Madre Berenice, que ahora es un hospital que lo dirige la Curia.
En 2005, oficialmente, las religiosas empiezan su labor de ayuda a los enfermos de VIH/sida, como fundación, con el apoyo de la ONG Amigos de Madre Berenice de San Diego, de EE.UU.
Montalván precisa que todo se inició cuando la hermana Laura Mena hacía una maestría en gerencia en salud. “En una investigación que realizó para su tesis descubrió que en el Guasmo sur, en la cooperativa Reina del Quinche, había personas que estaban infectadas con VIH”.
Montalván recuerda a un estudiante de la escuela Nuestra Señora del Quinche que se cayó e hirió una de sus piernas. “Nadie, ni profesores ni alumnos, se acercaron a ayudarlo”, refiere.
“Fue la hermanita Laura (Mena) quien, al ver al menor desangrarse, corrió hacia él y le envolvió la pierna en una toalla. “Temían que el niño tenga la enfermedad (VIH)”.
Este caso fue el primero que trataron. Desde ahí hasta la fecha, han ayudado a cerca de 100 personas con el mal.
Las misioneras empezaron a visitar las casas de quienes temían estar infectados, para darles charlas y asistencia médica.
La colombiana Janeth Hurtado, quien es la sicóloga de la fundación, tiene a su cargo una de las tareas más complejas: ayudar sicológicamente a que los infectados acepten su enfermedad y aprendan a convivir con ella.
El grupo que tenemos actualmente -dice Hurtado- se reúne cada 15 días. “Aquí les damos charlas, sobre todo, espirituales”.
La mayor preocupación de ellos, según Hurtado, es que algunos han sido discriminados por sus familias y están solos. Ni siquiera, aduce, tienen un techo dónde vivir.
Pero este no es el caso de Cárdenas, a quien sus parientes le mostraron más cariño, luego de enterarse de que está infectado con VIH/sida.
Para poder costear los gastos de estas personas, las misioneras reciben, ocasionalmente, ayuda de la Fundación Amigos de Madre Berenice de San Diego.
Localmente hacen actividades como tómbolas, bingos, rifas; venden manualidades y productos de limpieza, que aprendieron a elaborar con la ayuda del Secap.
El sueño de las misioneras es recibir ayuda del Gobierno local o nacional para construir la Casa de Acogida para pacientes con VIH que están en estado de abandono.
“Es triste ver morir a los infectados, solos, en la cama de un hospital”, añade la hermana Laura Mena.