El árbol que hace los milagros
Entre bandas y comparsas, miles de feligreses acuden a la fiesta del Señor del Árbol que se celebra en julio.
La alegría difícilmente podría llegar de esa forma a la vida de Lauro Cabezas, de 65 años. Es el primer fin de semana de julio, la fecha de celebración del Señor del Árbol, en la parroquia de Pomasqui, ubicada al noroccidente de Quito.
Lauro esconde sus sentimientos, pero se apasiona cuando habla del patrono. No era para menos. Nació en Pomasqui y vive justamente al lado de la capilla del Señor del Árbol. Ahí, vende espumilla en su local. No solo es un vecino, de alguna manera es el guardián de una leyenda.
Está molesto porque cree que se ha tergiversado la historia de Pomasqui y de esta celebración. Por eso muestra un estudio de la parroquia, que lo guarda como un tesoro, en un sitio recóndito de su hogar.
Pero ni esas páginas, llenas de historia, tienen el encanto de las palabras de don Lauro. Dice que hace más de 400 años, un árbol ‘quishuar’ fue colocado en un corral y que los animales un buen día se postraron con reverencia frente al madero.
Al ver la escena, los pobladores asumieron que una presencia divina se posó en el árbol. Los milagros no cesaron en el sector y por eso se talló el rostro de Cristo en la madera. No se determinó quién fue el escultor y el mito así se hizo más intenso.
La imagen fusionó la cultura indígena y la española, fue la razón para que se construyera una capilla en pleno proceso de evangelización de la Colonia.
Y más allá de la edificación del templo, creció la devoción, una idolatría popular, que se expresa con las más de 5.000 personas que acuden cada año a la celebración.
“Se mezcla el sufrimiento, ternura y amor. Es algo increíble lo que representa el árbol”, cuenta Lauro, que se siente orgulloso de que el patrono reúna a devotos de todo el país.
Las comparsas y bandas de pueblo inician la fiesta. Setenta priostes acompañan a la misa campal que se realiza en el parque Yerovi y luego son parte de una celebración que se extiende por toda la parroquia.
Lo pagano y lo religioso se unen en una centenaria, pero de alguna manera olvidada, fiesta del Ecuador. Lauro guarda en su registro la historia de más de 60 años de aquellas conmemoraciones.
Sus ojos se llenan de ilusión. En el santuario todo está listo para el inicio de la fiesta. Es hora de celebrar la belleza y el milagro de su vecino, al que no abandona, a pesar del paso de los años.
Pero el futuro es incierto. Entre autoridades, religiosos y civiles se teje el destino de la fiesta del patrono, popularizada en las últimas dos décadas y cuya tradición ya se remonta a 60 años atrás.
Su fama trascendió los límites del pueblo, llegó hasta otros poblados y se popularizó tanto “que llegó a ser insostenible para Pomasqui”, cuenta Oswaldo Aizaga, vocal de la Junta Parroquial.
Turistas y vendedores informales, de la provincia de Pichincha, llegan el primer sábado y el domingo de julio de cada año, cuando se arman juegos para niños y niñas, y carpas para vender comidas y dulces.
Los comerciantes empiezan a copar el parque. Atrás quedaron sus puestos en el mercado de San Roque, en el centro de Quito. “Pero la gente también se queja de que hay muchos delincuentes”, sentencia Aizaga.
En su carrusel ambulante, Jorge Calero defiende su derecho a trabajar porque los vendedores tienen permiso municipal.
La parroquia amanece embanderada, tras una jornada de toros en el estadio del pueblo y de un partido de fútbol, para recibir luego el desfile de la confraternidad, mientras la danza y las bandas coparán otra vez el pueblo.
Galo Betancourt
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