Obama, un hombre entre dos mundos
El candidato demócrata proyecta la cara más luminosa de los presidentes norteamericanos: abierto, prometedor y seguro.
No hace mucho un asesor del candidato republicano John McCain le confesaba a un reportero, afligido, mientras veía la transmisión televisada de un mitin de Obama: “Nunca tendremos ese tipo de multitudes”.
El terror de los republicanos es la simpatía multitudinaria de Obama, el senador de Illinois que proyecta la cara más luminosa de los presidentes exitosos norteamericanos: abierto y prometedor; alegre y optimista; un hombre que sabe tender puentes.
Y esta última cualidad tal vez le viene al senador de 46 años, hijo de Barack Obama Sr., un economista keniano educado en Harvard, y de Ann Dunham, una mujer de Wichita (Kansas), de su vida cosmopolita y de conocer muy bien tanto los sofisticados pasillos del poder, como los barrios más marginales de Estados Unidos.
Nacido en Honolulú (Hawaii), y criado entre Norteamérica e Indonesia, el candidato presidencial parece siempre empeñado en demostrar al pueblo norteamericano que él será el primer presidente afroestadounidense, a pesar de los rumores de que su segundo nombre es Hussein, que es musulmán, que juró su cargo sobre el Corán y no sobre la Biblia. Y que a pesar de sus orígenes (y de su raza) es un hombre elitista, presuntuoso, algo snob y de gustos culinarios refinados.
Lo que está claro es que Obama no es un candidato presidencial al uso. Y lo ha demostrado con declaraciones que algunos toman como boutades, y otros muy a pecho. Por ejemplo, su deseo de cambiar el boliche en la Casa Blanca por una cancha de baloncesto. O sus comentarios sobre las ciudades pequeñas (con mayoría blanca) de que se aferran a la religión y a las armas por puro rencor. Al respecto, su ex rival Hillary Clinton ha calificado esas declaraciones como “elitistas, fuera de lugar y francamente condescendientes”.
Lo cierto es que, a pesar de sus detractores, el hombre de la gran sonrisa, tan popular como una estrella de rock, ha sido bautizado por algunos como “la gran esperanza blanca”, por encarnar el sueño de reconciliación en un país con profundas divisiones raciales.
El protagonista absoluto de la próxima Convención Demócrata ganó relevancia política durante la convención nacional del Partido Demócrata en Boston, en 2004. Fue allí donde pronunció un recordado discurso en el que instó a cerrar las heridas raciales que aún quedaban abiertas en el país. No por gusto algunos lo comparan con un cruce entre un activista social y un director ejecutivo de software, con camisa de franela, inspirador. Otra manera de llegar al sueño americano.
Un sueño que comenzó en su adolescencia en Hawaii, donde se movió entre los logros escolares, años de rebeldía y escarceos con las drogas. Después llegó la formación en las universidades de Columbia y Harvard, la etapa como profesor y defensor de los derechos civiles en Chicago, su elección como senador estatal, y su elección como senador en Washington en el 2004.
También ha escrito dos libros autobiográficos que se convirtieron en sucesos de súper ventas: “The Audacity of Hope” (La audacia de la esperanza) y “Dreams from my father” (Sueños de mi padre).
En esta convención Obama deberá jugar sus últimas cartas. A la actitud crítica con la guerra de Irak (a la que se opuso desde antes de la invasión en el 2003) deberá sumar dos grandes retos: el tema de la raza y el de mejorar la economía de los Estados Unidos, que no es poco.
Mientras tanto, Obama sigue cultivando (cada vez más) su imagen de hombre familiar. Con su esposa Michelle Robinson Obama, y sus hijas, Malia Ann y Natasha (Sasha) sigue viajando y dando mítines por el país.
Redacción Internacionales
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