Cuatro religiosos dedican todo su esfuerzo en el archipiélago para hacer la vida de los necesitados más digna.
Cuatro hispanos de Ecuador, Perú, México y España luchan en Manila para mejorar las condiciones de vida de los filipinos.
Entre ellos se encuentra la monja ecuatoriana, Albertina Cumbo, que ataviada con el hábito blanco de su respectiva orden religiosa de la Congregación de las Madres Mercedarias, responde a las necesidades de los enfermos y brinda consuelo a quienes están afligidos.
Tras permanecer tres años como misionera en el Oriente ecuatoriano, la religiosa partió en 2006 hacia el distrito de Caloocan, en Manila, donde realiza una ejemplar labor social y entre sus proyectos está lograr una vivienda digna para los residentes de la zona.
Caloocan está a más de dos horas de viaje de Malate, donde el sacerdote y socialista peruano Enrique Escobar trata de mejorar la relación entre las comunidades cristiana y musulmana del barrio.
En la parroquia de la Virgen del Pilar, donde radica Escobar, viven estrechamente familias de una y otra fe, todas procedentes del sur del archipiélago (Filipinas) y desarraigadas de su tierra.
El religioso, corpulento y con aspecto de bonachón, considera que “la única manera que los pobres tienen para sobrevivir es ser solidarios entre ellos” y apunta que por ese motivo “es necesario que conozcan la cultura del otro”.
El sacerdote organiza seminarios sobre el islamismo y el cristianismo, con el fin de que los vecinos participen y aprendan los preceptos de las dos religiones. Además se reúne a menudo con el imán de la mezquita de Malate, del que ya se ha hecho amigo.
“Yo soy cristiano católico, pero socialista de corazón”, dice Escobar, “y creo que nuestra religión está muy conectada con esta corriente que busca la igualdad, sin importar las creencias o la procedencia”.
Este religioso, atípico en Filipinas, relata que su “labor es que estas personas que son discriminadas, que no se les escucha, tomen conciencia de que tienen un papel importante en la sociedad, de que pueden cambiar la historia”.
Escobar, nacido en una pequeña localidad al norte de Lima, considera que el mejor camino para fomentar la igualdad de oportunidades entre pobres y ricos, “sean cristianos, musulmanes o ateos”, es conseguir que las personas con menos recursos tengan una buena educación, “la catequesis es secundaria”, puntualiza.
Lo que detesta de Filipinas es que el poder “se reparte entre pocas familias que imposibilitan el acceso del resto a las esferas más altas”.
“Latinoamérica tiene mucho que enseñar en ese aspecto, han sido elegidos gobernantes como Luiz Inácio Lula da Silva, el controvertido Hugo Chávez o incluso un indígena como Evo Morales que se han enfrentado a los países más poderosos y que luchan por las clases más desfavorecidas”, señala.
El religioso añade que en Filipinas “una revolución así es impensable”.
Para que esta situación, que parece inmutable, cambie, la religiosa española María Eugenia Gómez lleva adelante en su congregación del Santo Ángel un programa de educación para becar a los estudiantes filipinos más aplicados y con menos recursos.
María Eugenia, que se hace llamar Eñi y tiene más aspecto de estudiante que de religiosa, explica que llegó hace cerca de un lustro a Manila, y que su función es la de supervisar los avances de los jóvenes becados.
Más de 30 chicos y chicas de un suburbio escondido en Quezón City, donde las ratas y las cucarachas corretean libremente entre las casas y en el que muchas viviendas solo cuentan con un cuarto en el que sus habitantes cocinan, duermen y van al baño, pueden continuar sus estudios gracias a estas ayudas.
Eñi explica que ella “nunca” quiso ser monja, pero que su fe y su afán por ayudar a los demás hicieron que finalmente se integrase en la congregación.
“Cuando me licencié en Económicas me di cuenta de que no quería terminar trabajando en un banco, pretendía ser útil para la sociedad e ir limando las desigualdades que hay en ella”, asegura convencida.
Añade que la educación es uno de los pilares fundamentales para lograr estos objetivos y que el próximo proyecto de su congregación será un ambicioso plan para mejorar y construir viviendas “en las que la gente más necesitada pueda vivir con dignidad”.
En cambio, la orden de la Siervas de María, que también trabaja en la capital filipina, dedica todos sus esfuerzos a que los enfermos conserven su dignidad en el camino a la muerte.
La hermana Dolores Romero, procedente de Oaxaca (México), que arribó a Filipinas hace solo dos meses, indica que su función es la de asistir a los enfermos, hacer guardias de noche para que no duerman solos y apoyarlos en los momentos más difíciles.
La monja mexicana sostiene que las Siervas de Dios son “como las enfermeras del cielo” y que aunque su labor es bastante silenciosa, los enfermos agradecen mucho esta ayuda.
La labor de los cuatro religiosos es diferente y su forma de entenderla también, pero todos coinciden en que su mayor apoyo es la fe y que su esfuerzo es para todos, creyentes o no.