Albertina Cumbo llegó a Filipinas hace más de dos años.
Un cadáver con la cabeza al descubierto yace en el suelo tapado con una sábana blanca, a pocos pasos, en dos mesas plegables, varios hombres juegan a las cartas para conseguir dinero para enterrar al muerto.
Esta es una escena “habitual” en los suburbios de Manila, cuenta Albertina Cumbo, una monja ecuatoriana que llegó a Filipinas hace más de dos años.
Albertina, una mujer menuda y de sonrisa difícil, explica que para los millones de personas que pueblan los suburbios de la capital es habitual celebrar “juegos solidarios” tras la muerte de un familiar con el fin de recaudar fondos para sepultarlo.
Apunta, además, que hasta que la familia no puede enterrar al fallecido este permanece frente a la casa con la intención de que los vecinos conozcan la situación y colaboren.
Al referirse a su país natal, Cumbo señala que la vida al otro lado del Pacífico es diferente. “En Ecuador es más cercana la naturaleza. Cuando estaba allá a diario montaba a caballo y caminaba por la montaña”, recordó.
“Pero la diferencia fundamental entre estar en Filipinas o en Ecuador es que aquí hablo menos, porque no domino el idioma, lo que me supone una gran barrera pero creo que también es una ventaja porque me ayuda a escuchar más y mejor”, agrega.
Además, considera que en Ecuador “la situación es difícil en algunas zonas, pero las familias cuentan con más recursos para vivir que los filipinos y están más apoyados por el Gobierno”.
Albertina, de la congregación de las Mercedarias, denuncia que el Ejecutivo de Filipinas “a veces es más un impedimento que una ayuda”, y explica que las autoridades le están poniendo problemas, con la propiedad de la tierra, en un proyecto que tiene en varios suburbios para mejorar las casas en las que viven familias pobres en el distrito de Caloocan, cercana a Manila.
Esta religiosa llegó a Manila tras años de trabajo en la selva ecuatoriana, y señala que la experiencia la ha hecho más cercana a los grupos más vulnerables.