Jamil Khamashta: “Nos llamaban terroristas en nuestra propia tierra”
Jamil Khamashta vive en Ecuador desde hace 32 años. Él narra por qué abandonó Palestina.
Tiene los ojos grandes y la voz de acento fuerte y extranjera. Gesticula mucho y sus manos se mueven al ritmo de la conversación.
Jamil Khamashta Khamashta, de 53 años, nació en Palestina, pero vive en Ecuador desde hace 32. Emigró de su tierra -dice- porque se sentía oprimido por los israelíes.
Narra su historia y todo él se enoja: desde sus manos que no paran o sus ojos enormes, incandescentes.
Dejó Palestina, a la que siempre añora, en 1974, porque no aguantaba “la presión en la que vivía”. “Empecé a sentirme menos que un ser humano. No soportaba que un extraño me revisara y me hiciera levantar las manos. Que no hable bien mi idioma y nos gobierne. ¡Nos llamaban terroristas en nuestra propia tierra!”.
El año (1948) en que las Naciones Unidas promulgó la formación de Israel y declaró la división de dos estados, uno judío y otro arabe, Jamil no había nacido. Pero los hechos se los narró su mamá, Marlene y su papá, Antonio.
Le contaron que su abuelo materno se llamaba Yadalak y vivía en Beyala, un pueblo de Palestina, junto con su esposa, Niyeme, y sus nueve hijos, entre ellos su madre, que tenía en ese entonces 10 años.
Recordar a su abuelo lo llena de satisfacción. Se toca el pecho con orgullo para recalcar que era el hombre que defendió su tierra.
Yadalak no formó parte de la diáspora palestina que se generó tras la creación de Israel. Se quedó en su pueblo con su mujer.
Ambos se paraban a la entrada de su ciudad y no permitían que nadie abandonara sus viviendas. La gente los apoyó. “Mi abuelo era un valiente que defendió su tierra, por eso nuestra familia es muy conocida allá. Era bien parado y no dejó que los terroristas israelíes, entren a Beyala”, dice, orgulloso. El abuelo de Jamil murió tiempo después, de una grave enfermedad, pero su carácter lo heredó su hija, Marlene. La continua seriedad de Jamil se diluye un poco. Sonríe. Acordarse de su madre le genera mucha emoción.
Los padres de Jamil (Marlen y Antonio) se casaron y tuvieron cinco hijos: Jen, Johny, Jat, Jida y Jamil. Todos fueron testigos de la Guerra de los Seis Días (5 al 10 de junio de 1967), conflicto bélico que enfrentó a Israel con una coalición de países árabes formada por Egipto, Jordania, Irak y Siria.
Jamil, quien era el primogénito, tenía 12 años, pero recuerda muy claramente lo que pasó y cómo se salvaron de morir en los enfrentamientos.
La familia Khamashta vivía en Adasa, en el valle Wadi El Oz. Dos días antes de que estallara el conflicto, llegó a su casa un guerrillero palestino, amigo de su padre, llamado Shair Aleanani.
Estaba herido y pidió que lo curaran. En su recuerdo aparece su papá, Antonio, quien le preguntó a Shair: “¿que te pasó?”. Y él respondió: “¿Estaba en Jerusalén, donde explotaron bombas”. Él (Shair) se salvó, pero un amigo murió.
Esa misma mañana, mientras su padre le sanaba las heridas, el hombre lo alertó. Le contó que se iba a desatar una guerra entre los países árabes e Israel, pues el rey Husseim de Jordania se había reunido con autoridades israelíes y acordaron entregar Palestina a los judíos.
“Esa fue la traición. Esa fue la traición”, repite. “Es un cuento que Israel le ganó a tres países árabes en seis días. Eso es cuento”, exclama, enfadado.
Shair les previno que se aprovisionaran de alimentos y abandonaran el lugar, pues corrían peligro. Tiempo después, Jamil se enteró de que el herido era un agente privado del Rey Husseim de Jordania y fue asesinado.
La familia de Jamil abandonó su casa, que se encontraba en un valle, blanco perfecto para ser atacada, esa misma tarde. Así ocurrió, la vivienda de los Khamashta fue destruida, pero ellos se salvaron. Se refugiaron en la casa de la abuela, Niyeme, quien vivía en la montaña.
Allí permanecieron un año. Los días de la guerra fueron de zozobra. De incertidumbre, remarca. Pero la valentía de sus padres, sobre todo de su madre, a quien la califica como luchadora, le daban fuerza para aguantar.
De pronto, ya no hay enfado, solo tristeza. Tres años después de la guerra, su madre fue detenida y trasladada a una cárcel israelí, acusada de pertenecer a la guerrilla. Permaneció en una celda inundada más de un mes.
La torturaron sicológicamente - dice- y su voz se quiebra. “Le decían a ella que nos iban a matar, si no hablaba”. Sin embargo, sobrevivió y logró salir en libertad gracias a la ayuda de una abogada judía-rusa de quien no recuerda el nombre. Enseguida, Marlene fue internada enferma de los nervios en un hospital.
Jamil empezó a sentir mucha presión y no aguantó más, por lo que decidió salir de Palestina En 1974 viajó a Jordania y a Líbano, y en 1976 aterrizó en Ecuador. Su tío, Sami, lo ayudó para abrirse camino en Guayaquil.
Empezó vendiendo chocolates y otros productos para luego instalar su propio negocio: una ferretería que tiene hasta la actualidad. También conoció a su esposa, Grace, con quien procreó a su hijo, Antonio.
Ha regresado a su tierra algunas veces, pero lo recuerda con un poco de enojo. Retrocede en el tiempo para contar que una vez cuando llegó al aeropuerto de Israel, los de inmigración le preguntaron qué lugar iba a visitar y él contestó Palestina, a lo que le respondieron que ya no existía.
“Dicen que son un pueblo democrático. No dicen que son el pueblo más racista del mundo”, afirma.
La última vez que Jamil visitó Palestina -en 2003- lo marcó para siempre. Visitó a su madre, pero fue la última vez que la vio. Dos años después ella falleció. Entonces, su rostro cambia. Sus manos se aquietan y su voz calla.
Diana Auz
dauz@telegrafo.com.ec
Editora de Mundo