Tomada de la edición impresa del 27 de abril del 2008

De vuelta a los bosques

Sergio Sotelo
Periodista vasco radicado en Boston. Escribe como freelance para varias cabeceras de América Latina y España. Los domingos publica en la edición impresa de El Telégrafo una miscelánea de crónicas sobre actualidad y tendencias en los Estados Unidos.

La constatación de que cada día más niños prefieren jugar “puertas adentro”, que es donde disponen de enchufes a los que conectar sus ordenadores, playstations y demás cacharerría tecnológica, llevó a Richard Louv a escribir en 2005 un penetrante libro que -imponderables editoriales- se ha convertido, sin más promoción que el boca a boca, en un éxito de ventas en Estados Unidos.

 
En el volumen, recientemente relanzado en una edición revisada y algo más gruesa, el veterano periodista, colaborador de The New York Times o The Washington Post, se refiere a una enfermedad propia de las sociedades contemporáneas que, en traducción más o menos libre, podría calificarse como “desorden por la falta de contacto con la naturaleza”.

Lo academizante de la expresión apenas oculta el fondo del asunto planteado en Last child in the woods (El último chico en los bosques).

El sendentarismo de nuestros hábitos de vida y la hiperurbanización del planeta -además de cierta psicosis entre los padres que les hace ver peligros por doquier- ha quebrado el lazo espontáneo que siempre ha existido entre la infancia y los espacios abiertos, entre casi cualquier variante de juego infantil y el simple corretear por los parques y los campos.

“Para las nuevas generaciones, la naturaleza es más una abstracción que una realidad”, ha explicado Louv, crecido en la generación de los babyboomers que ahora frisa la sesentena. “Es muy probable que un chico de hoy pueda hablarte del clima de la selva amazónica, pero difícilmente podrá contarte sobre la última vez que exploró un bosque en solitario o que se tumbó en el campo a escuchar el viento y a mirar pasar las nubes”.

Pertrechado con el material obtenido tras un exhaustivo trabajo de reportería de más de una década, avalado por infinidad de estudios, el periodista desgrana las implicaciones biológicas, psicológicas, sociales y “espirituales” que en los infantes acarrea este déficit de experiencia verde.

(En su revés, como cabe esperar, el libro ofrece exquisita información acerca de los beneficios que, para el correcto desarrollo de los más pequeños, reporta la
exposición al aire libre).

Puede que esa prolija recopilación de datos  inusualmente amena, por lo demás- haya satisfecho a muchos especialistas. Pero a uno se le antoja más factible que el fenomenal suceso del título entre los lectores legos haya tenido que ver, por el contrario, con el apasionado alegato compuesto por Louv para subsanar “la pérdida de la intimidad con la naturaleza”.

De hecho, su proclama, que cabría entroncar con el espíritu panteísta de H. D. Thoreau, tan consustancial al alma estadounidense, ha propiciado un brioso movimiento asociativo aplicado en recuperar los campos y los bosques como un escenario insustituible para la recreación y el aprendizaje. Un empeño concretado por la revolucionaria vía de llevar a los chicos “de vuelta” a la naturaleza.

Entre perplejo y orgulloso por el eco de Last child..., que rompe además una lanza en favor del gozo estético que propicia la vida silvestre, su autor ha comentado que la red de grupos locales surgida por toda la geografía norteamericana está alimentada por la convicción de que “los niños en la naturaleza son una especie en peligro, y de que la salud de los menores y la salud de planeta están relacionados”.

Cuando proliferan las voces que, bastante cargadas de razones, endosan a una depauperada versión del american way of life muchos de los males que enfrenta la sociedad contemporánea, modestas acciones de “insurgencia” ciudadana como la que alienta Last child... -y otras como el uso de la bici como alternativa de transporte, o el auge de la agricultura orgánica- desbrozan un camino para la esperanza.

Porque de eso se trata en definitiva. “Martin Luther King Jr.”, ha recordado Louv, “nos enseñó que el porvenir de cualquier tipo de movimiento social depende de su habilidad para pintar un mundo al que la gente quiera ir”.