Lidera una especie de cadena de salvación a favor de quienes requieren los órganos de otras personas para sobrevivir.
Su jefe usa una pregunta irónica para definirlo: “¿A quién se le ocurre entrar una y otra vez al quirófano a correr el riesgo de que el paciente se le muera? Pues a un bruto”.
Mira a Frans Serpa y se le ríe “por bruto”. Entiéndase por necio, por obstinado, por insistir hasta el cansancio, por no hacerles caso a los que lo tomaban por desquiciado hasta un día antes de que hiciera su primer trasplante de hígado en Ecuador.
Así es el de los “ojitos azules”, le vuelve a decir José María Aguirre, su jefe-compinche. El que ha visto llegar a Serpa “en moto, hecho el muy muy” a revisar a pacientes que le declaran amor eterno.
Él se gana los piropos que otros ya quisieran. “Después de Dios, usted mi doctorcito bello. Vea cómo me le declaro, no hay de otra si usted me mira con esos ojitos”, le dice Inés Naula. Una de las mujeres a las que antes de que les caiga “el angelito este” esperaban un donante que no llegaba. Solo estaban en una lista de espera, cuya fila no avanzaba.
La cola empezó, al menos a avanzar, cuando el doctorcito cuencano decidió dejar Brasil y retornar a su país, tras 11 años de residencia paulista, para ser consultor de trasplantes del Ministerio de Salud y líder del equipo de trasplantistas del Hospital Metropolitano.
Ahora le da “saudade” (nostalgia) acordarse de las garotas y la feijoada. A cambio le quedan la fanesca y sus pacientes.
Analiza el precio y no se arrepiente: “Vine a taparles la boca a los que nos decían locos. Los que cuestionaban que el Estado invirtiera en hacer esto cuando hay gente muriéndose de diarrea. Eso sí es de brutos. Porque los unos se mueren, ¿también tendríamos que dejar a los otros que lo hagan? Hay que salvar a todos”. Él se encomendó esa misión.
¿Qué lo motivó a volver de Brasil, donde tenía la carrera ya hecha?
Hay dos cosas. La primera, mis hijos. Ellos están en una edad -13 y 10 años- en que todo se pone complicado para una ciudad tan grande como Sao Paulo, para mí era mejor criarlos en Ecuador y decidí venir. Y bueno, justo surgió lo segundo: la oportunidad de que querían hacer trasplantes aquí, y acepté a pesar de que el dinero que uno gana acá no tiene nada que ver con lo que se gana allá. Era diez veces mayor lo que yo percibía, pero lo que uno hace por la gente en este país no se compara. Acá recién se empieza a ayudar y trasplantar implica devolverle la vida a alguien, ganarle a la muerte. Yo busco vidas. Trabajo con personas que van a morirse y que vuelven a la vida, en muchas ocasiones, con órganos de quienes sí han perdido esperanzas de volver a abrir sus ojos. A toda persona, cuando se le diagnosticaba cirrosis en Ecuador, se le estaba diciendo que tenía un tiempo límite para vivir. Era una lucha que estaba fuera del alcance de los pacientes. Por la parte económica y por la dificultad de conseguir un trasplante. En ningún territorio del mundo hay órganos suficientes para la gente que necesita uno nuevo. En todos hay que buscar hasta el cansancio, la diferencia es que acá no se encontraba y se moría el 100% de quienes necesitaban volver a la vida. Pero claro, siempre hay gente que apoya y otra que no. Yo no le puedo decir que esto ha sido fácil, fue muy difícil.
¿Sigue siendo difícil?
Extremadamente difícil, pero pienso que hemos tenido un éxito muy bueno porque yo le contaba a un amigo que hay países en los cuales el sistema de trasplantes activos ya lleva cinco años y recién tienen 3 operaciones realizadas. Nosotros arrancamos hace un año, efectuando bases, evaluando nuevamente las listas de espera, teniendo consultas con los pacientes y dándoles mi número de teléfono personal para que me llamen a cualquier hora, todo un trabajo siempre vinculado a ellos para así hacer todo desde abajo. Incluso tolerar al que te sale con aquello de la diarrea que diferencia vidas; eso no se puede hacer.
“Acá recién se empieza a ayudar, y trasplantar implica devolverle la vida a alguien, ganarle a la muerte”
Tenemos que trabajar todos los frentes. Tenemos que mejorar la infraestructura sanitaria para la actividad y a la vez salvar a las personas que vienen con otras enfermedades. Yo no pienso que podemos dejar de hacer una u otra cosa. Que fallezca una persona por diarrea o por la falta de un trasplante, no deja de ser una tragedia humana y se tiene que luchar por los dos por igual.
¿O sea que acá las cosas antes no se hacían más por incredulidad que por falta de capacidad?
Es que no ha sido fácil cambiar de actitud. Si yo fuera un charlatán no estaría metido en quirófanos durante 24 horas por salvar una vida que no es mía o de mis hijos, pero esas cosas hay que hacerlas, hay que sentirlas. Un trasplantista no es que se mete a esto por plata, estas cosas hay que hacerlas por convicción. Yo tengo un dicho: trabaja en lo que te gusta, que nunca trabajarás. Yo no trabajo, pero eso otra gente no lo entiende. Un trasplante no acepta de límites de tiempo, uno tiene que trabajar a la hora que esté el donante. Para el trasplante no hay forma de decir no, tienen que haber ambulancias, avión, quirófano, no puede ser que uno llegue a hacer el trasplante y digan que tienen unas hernias programadas. Eso pasa y la gente no entiende. Y le digo algo, en forma general los doctores de acá muchos todavía no entienden que tenemos que trabajar en esto. Es absurdo decir que si usted tiene hijos gemelos va a pedir que al uno lo salven y el otro que se muera. No hay cómo elegir entre vidas, las vidas humanas no tienen un valor diferente. La vida humana es igual y a los médicos nos compete salvarlas.
¿Y eso no lo frustra, no le dan ganas de volverse?
Bueno es que ahí está el reto. Ecuador no puede seguir así y todo debe empezar por un incentivo a la sociedad para que entienda lo que implica la donación. Esto no es que funciona de la noche a la mañana, tiene que ser los 365 días del año, incentivar la donación y la realización de trasplantes. En la Constitución está escrito que las enfermedades catastróficas son cubiertas por el Estado, entre ellas el trasplante de hígado, y obviamente es necesario hacer un mecanismo para que el Estado pueda hacerse cargo de estas personas y esas cosas hay que pensarlas. No es que ya está escrito en la Constitución y al día siguiente se hace el trasplante como algunos entendieron. Incluso formar esas bases incentiva.
Pero es que desde mucho antes de la nueva Constitución en Ecuador funciona el Organismo Nacional de Trasplantes de Órganos y Tejidos (Ontot) (desde 2002) y por lo menos con eso debería existir una conciencia de donación, pero no hay tal cosa…
A ver, para todo esto se necesita un poco de dinero y la verdad de lo que he visto, desde el 2002 y no sé hasta cuándo, no hubo presupuesto para el Ontot. A partir de este Gobierno sé que les triplicaron el presupuesto, pero eso tiene apenas un año. Antes nunca nadie hizo nada porque desde el Estado se creía que los trasplantes eran responsabilidad de cada persona. Hay que entender que estas cosas no son para darle votos a un gobierno, sino para salvar a los enfermos. El rato en que una empresa privada empieza a invertir en esto, solo significará que se hará lucro y yo me iré porque no vine aquí a beneficiarme del dolor ajeno. Yo no elegí la medicina para eso.
Y hace énfasis en aquello de que si fuera por el dinero, ni habría salido de Cuenca. Previo a culminar sus estudios de medicina, él se dedicaba a vender aparatos quirúrgicos y ganaba seis veces más que cuando empezó a practicar la medicina. Después, a finales de los 90, le pegó al gordo: se ganó una beca para especializarse en cirugía en Sao Paulo cuando no sabía ni de garotas. Acabó especializándose en trasplantes y trabajando en una institución benéfica: Hospital de la Beneficencia Portuguesa. Uno de los principales centros que contribuye a que Brasil sea el segundo país donde más logran concretarse trasplantes hepáticos. Eso le significó que sus hijos lo vean dormir en casa, pero no amanecer en ella. “Yo les llamaba a decirles que se levanten para ir a la escuela porque en la madrugada me habían llamado para una cirugía en Río de Janeiro o en Brasilia y no volvía sino hasta el otro día”.
Acá es igual...
Sí, por suerte mis hijos ya se acostumbraron, pero lo bueno es que acá está la familia y yo estoy más tranquilo. Pero es igual de sacrificado, uno a veces pone al paciente antes que a la familia y eso está mal, pero es el trabajo o no se logra lo que esperamos. Imagínese que para el primer trasplante (el pasado 21 de diciembre) tocó salir a la una de la mañana de Quito, fui a Guayaquil y operé. Allá se acabó a la una de la tarde la operación, volvimos y nos quedamos hasta las 8 de la noche. Casi 24 horas en las que no solo yo estoy trabajando, sino todo un equipo humano. Pero es así, a mí no me importa. El fin de año fue igual. Nada del pavito y la cena con la familia. Estábamos operando y cuando nos dimos cuenta ya era 2010. La vida es así, trabajo y trabajo, pero a mí me encanta.
De hecho Serpa lleva esa costumbre de la labor continua desde los 15 años. En esa época lavaba carros, vendía partes de automotores y así... “sacando alguito para poder llevar a las muchachas al cine”, cuenta jocosamente porque su historia laboral no lo remite a malos recuerdos, aunque sabe que en casa nunca tenían todo lo que esperaban. “Mamá trabajaba en el seguro como enfermera y a mi papá yo a veces lo acompañaba en el consultorio y así todos en la familia trabajaban para vivir con dignidad”. Él lo consiguió, a pesar de que la profesión le cueste estar tanto tiempo lejos de casa.
“El reto mayor es lograr que lo que parece imposible se pueda cambiar, sobre todo, en la parte de las mentalidades”
A él nadie le avisó que eso de usar bata blanca implica formarse otra familia dentro de un hospital. Ese es su hogar, no dice tener mucho más que contar fuera de él. Es allí donde le han sacado las patas de gallo que ya le asoman de tanta madrugadera y de tanto reír con su otra familia. Una en la que su compañero, el Dr. Juan Suárez y su jefe, el Dr. Aguirre, le dan palmaditas en la espalda de confianza, pero también de advertencia para que ya pare de “hacerse famoso” porque a ese paso los otros del equipo no van a hacer un trasplante. Pero nada puede hacer el jefe, advierte, “son los ojitos, por eso es que lo quieren las pacientes”, pues justamente a quienes ha operado son mujeres. Serpa juega a responder que lo que pasa es que en el centro médico se han empecinado en conseguirle novia, pero él no tiene tiempo.
En su búsqueda de vidas, prefiere concretar cadenas de salvación.
“En este país al fin estamos haciendo lo que toda sociedad racional hace, que es trabajar la parte pública con la privada sin buscar protagonismo. La cadena que tenemos es Hospital Metropolitano y Ministerios de Salud y de Inclusión Económica, lo cual no impide que otros centros como el Luis Vernaza también participen activamente en la donación”.
En esa cadena, sin embargo, no está el ciudadano que es parte vital.
Bueno esa es una cosa de trabajo arduo y de influencia para esa otra parte que no está aparentemente en el convenio. Hay que hacer cultura. La ley aquí dice que todos somos donantes presuntos, pero la misma ley dice que tenemos que pedir autorización a la familia, entonces ya hay una contraposición. Para superar eso lo que hay que hacer es un estudio psicológico de nuestra sociedad, a fin de saber cómo trabajamos en esto para que la gente haga conciencia de que no es que alguien tiene más derecho que otros a vivir, sino que todos estamos en las mismas condiciones y algún día vamos a necesitar un trasplante. La gente que ya sepa eso y quiere ser donante debe expresarlo y decirle a su familia. Para eso hay que formar conciencia.
¿Y mientras llega eso qué hacemos?
Bueno yo, que no tengo vergüenza, quiero pedirle al Ministro de Educación que en uno de los años lectivos ponga como parte del pénsum una campaña de concienciación a los alumnos de entre 15 y 16 años para instruirles sobre ello.
Porque ellos con su criterio pueden llegar a su hogar y decirles a sus papás: ‘yo quiero ser donante porque puedo salvar vidas’.
Eso no significa que con la educación vamos a decir que el joven va a morir, pero él es una semilla de la campaña de donación. Es más fácil que el joven le haga ver al adulto lo importante de salvar vidas y eso se tiene que discutir en los hogares todos los días.
Esto es una cosa de conciencia social, no de imposiciones. La mejor forma de lograrlo es con educación.
Le pongo un ejemplo: en Brasil hace unos 12 años hicieron que todos, por ley, sean donantes. Eso fue contraproducente porque al imponer hubo una baja importantísima de donación. Los legisladores analizaron y vieron que la sociedad no estaba preparada para una responsabilidad como esa y decidieron que otra vez sea voluntaria, de ahí hubo una campaña constante de donación y ya para estas alturas en Brasil hacíamos más de mil trasplantes por año.
Acá van dos...
Sí pero es que yo soy una persona de retos. Las cosas fáciles ya están hechas y yo vine a demostrar que podemos cambiar mentalidades y romper tabúes.
El reto mayor es lograr que lo que parece imposible se pueda cambiar, sobre todo, en la parte de las mentalidades. Aquí hay un mundo de gente que aún no cree en esto y solo porque valoran menos al ecuatoriano que a un extranjero. Como si la nacionalidad diera capacidad. Aquí somos ecuatorianos los que andamos buscando vidas.