Tomada de la edición impresa del 20 de diciembre del 2009

FOTO: ALEJANDRO REINOSO / El Telégrafo

Rafael de la Rubia, activista por la no violencia.

El artífice de una utopía de paz

El gestor de la marcha mundial por la paz espera que las nuevas generaciones no conozcan la violencia.

 
Rafael De la Rubia descendió del avión que lo llevó hasta Chachagüí, a pocos minutos de Pasto, Colombia, a la hora del almuerzo del jueves 17 de diciembre, porque un percance de último minuto había retrasado el despegue en el aeropuerto de Bogotá; de modo que al primero que vio mientras bajaba por la escalinata fue a Juanes, que ya lo   esperaba  desde las once de la mañana.

Después de reconocer a los miembros de su equipo saludó al cantante, a  la prensa, al  gobernador Navarro Wolff y juntos viajaron por tierra hasta Ipiales para comenzar un nuevo tramo de la Marcha mundial por la paz y la no-violencia, que De la Rubia convocó desde hace dos años y que partió de la ciudad neozelandesa de Wellington el pasado 2 de octubre.

Cuando los marchantes llegaron al Puente Internacional Rumichaca, los esperaba una delegación ecuatoriana encabezada por el alcalde de Tulcán y Juan Fernando Velasco, con quien Juanes intercambió banderas para demostrar la hermandad entre ambos países.

“Fue un acto muy bonito, aunque pudo terminar en tragedia”, dice De la Rubia al recordar que la euforia desatada por los dos músicos volvió obsoletos a los tres cordones de seguridad establecidos por la Policía: “En medio de la multitud, ¡a mí hasta me robaron!”. 

Al día siguiente, Rafael de la Rubia me contaba estas cosas para tratar de explicar cómo han sido los cuarenta años que lleva trabajando por un mundo sin violencia, veinticuatro de ellos a través de su Fundación Mundo Sin Guerra. Se trata de un madrileño recio y sencillo del año 49, a quien el destino lo convirtió en testigo presencial de hitos como el fin de la dictadura de Franco en España y el golpe de Estado que terminó con la vida de Salvador Allende en Santiago de Chile.

¿De dónde surge su opción por la no  violencia?
Yo creo que a mi vida la marcó el hecho de que durante la Guerra Civil española mi padre y mi abuelo estuvieron combatiendo en el mismo lugar en bandos diferentes. Mi padre era republicano y mi abuelo era del bando nacional. No es que mi abuelo fuera franquista, pero le tocaba estar. Yo crecí escuchando esta y otras historias de temores,  y no solo historias porque la represión franquista sí la viví durante mis primeros años de juventud, en su etapa final.

¿Qué otras historias atesora?
Mi padre había estado en un campo de concentración durante dos o tres años, aunque no había hecho nada. A él le ofrecieron irse de España en algún momento, pero se quedó, porque no había matado a nadie, y tampoco era ideológicamente militante del comunismo ni del anarquismo. Pero sin embargo estuvo en un campo de concentración.

¿Cómo vivió los últimos años del franquismo en España?
Cuando yo estaba estudiando en la universidad era una época de represión y luchas. Pero, además, yo crecí en un ambiente donde estaba el temor a la guerra y no saber que podía pasar. A medida que crecía, este temor se convertía en preguntas que se quedaban sin contestar. Yo veo que hay muchas cosas que han   ocurrido y que están conectadas con eso. Yo tengo una hija, y a mí  me gustaría mucho que las nuevas generaciones no conozcan qué es la guerra. Mi abuelo y mi padre conocieron la guerra con mayor intensidad; yo he conocido conflictos, y ojalá mis hijos y mis nietos, y las otras generaciones, lleguen a un momento en que no conozcan la guerra.

A mi vida la marcó el que durante la Guerra Civil mi padre y mi abuelo estuvieron combatiendo en el mismo sitio en bandos distintos



Lleva 40 años trabajando por la no violencia, o sea que empezó a los veinte...

Sí, era la época universitaria...

¿Qué estudiaba?
Matemáticas e Informática. No acabé Matemáticas, pero sí Informática.

¿Y comenzó a luchar mientras estudiaba?
Lo que pasa es que todos, cuando pasamos los 18 nos preguntamos muchas cosas: ¿Qué sentido tiene  la vida de uno? ¿Qué puedo hacer en este mundo? Están las ofertas que del sistema y las cosas que a uno le gustaría hacer, que nunca coinciden; y, sobre todo, en aquella época  se vivía  una movilización muy fuerte en los distintos campos  y aparecen  algunas respuestas.

¿Cuáles?
La respuesta guerrillera, por ejemplo, era la época del Che y, también, la época de las búsquedas espirituales; la época de mayo del 68. Era como si la juventud, por primera vez en la historia, tomara conciencia de que existe. Hasta ese momento un joven era alguien que tenía que hacer la buena letra de lo que su padre dijera. Había un modelo social, y lo que tenía que hacer él  era seguirlo.

¿Cómo asimiló usted  todo eso?
Me empiezan a llegar los primeros datos del nuevo humanismo. Había un pensador, Mario Rodríguez Cobo, que es uno de los adelantados en hablar de la crisis de valores. Y esas primeras ideas llegan a España debido a la represión que se daba en los regímenes militares que vivía  América Latina. Yo me niego a hacer el servicio militar, fui lo que hoy se conoce como ‘objetor de conciencia’. En la época de Franco, al declararte objetor de conciencia ibas directo a prisión. Entonces, para evitarlo, decidí irme del país. Así que me fui a Chile.

Allí usted vivió el golpe militar y el bombardeo al Palacio de la Moneda. ¿Cuál fue su experiencia?
Eso pasó pocos meses después de que yo había llegado. Antes de bombardear el Palacio de la Moneda bombardearon la residencia donde vivía Allende, por el norte de Santiago. Yo vivía cerca de allí, entonces me despertaron los aviones porque pasaron muy bajo, en vuelo rasante. No se entendía nada, desde ahí no se veía que estaban disparando, pero se escuchaban algunas explosiones. Luego puse la radio y me enteré. Eso fue el 11 de septiembre. Después los militares me detuvieron tres veces, y a la tercera me sacaron de Chile, el 19 de diciembre.

¿Cuál era el ambiente que se vivía en Santiago en esos últimos tres meses que estuvo usted allá?
Una ciudad con toque de queda, donde estaba prohibido reunirse más de tres personas; es decir que una familia de 4 personas no podía vivir junta porque era ilegal. Por la calle podían caminar dos personas juntas, si eran tres te pedían la documentación, si eran cuatro te detenían.

¿Desde el principio se supo de las desapariciones?

Es que eso se veía. En el río Mapocho flotaban cadáveres y durante el toque de queda se escuchaban disparos toda la noche.

Y a usted ¿cómo lo dejaron salir del país?
Es que cuando me detuvieron por tercera vez yo era el único extranjero, entonces para evitar problemas con el Gobierno español me sacaron por Argentina.

¿Volvió a España?
Sí, pero al llegar me hicieron un consejo de guerra. ¡Consejo de guerra a un niño de 23 años! Me obligaron a ir a hacer servicio militar a una plaza africana. Recién, durante la marcha pasamos por ahí de nuevo; todo da vueltas en la vida.

Al final hizo el servicio militar...

Yo me las apañé; nunca tomé un fusil. Conviví. Además, como llegué fuera de plazo me metieron dentro de un cupo que ya había empezado e hice bastante menos del año obligatorio.

 

Si  en Latinoamérica está creciendo el material bélico, no se puede decir que ha aumentado la seguridad en la región



¿En algún momento hizo militancia política?
Cuando llegó la democracia a España. Nosotros habíamos creado en España la Comunidad para el Desarrollo Humano, que era una organización del movimiento humanista, y desde la secretaría de asuntos sociales de la comunidad impulsamos la creación del Partido Humanista, del que fui secretario general. Eso duró dos o tres años. Junto con diferentes facciones del partido comunista, y con algunos ex socialistas, se configura Izquierda Unida y yo estuve en el armado de eso en 1986. Fue una cosa breve, porque la política no es una cosa que me llame tanto la atención en cuanto a militancia.

¿Cuándo aparece Mundo Sin Guerra?
En el año 1994. Yo estaba en Rusia en ese momento...

¿Cómo llegó allá?
Es que desde que salí del servicio  me dediqué a muchas cosas. Tuve una imprenta, luego incursioné en el mundo de los negocios, importando y exportando. En algún momento fui agente literario. Estaba buscando mercado para un autor en concreto en la Unión Soviética  y llegué a Moscú en 1990, el año de la Perestroika. Allí descubrí otro mundo. Me encuentro con un pueblo muy culto, muy potente, con mucha vitalidad. Yo fui en septiembre y en mayo ya   vivía en Moscú.

¿Qué lo deslumbró de Moscú?
Me sorprendió mucho la gente del Ejército soviético, porque yo venía de la formación de la España franquista,  donde el perfil del militar era el de un hombre belicoso, muy desconectado de la sociedad, de cortes dictatoriales, muy poco formados académicamente y me encuentro con gente del Ejército rojo, que se está planteando reformular la función de los ejércitos y hacer una reconversión de la estructura militar para que los ejércitos se dedicaran  a ayudar a la población a mejorar su calidad de vida, ayudar a formar a los jóvenes para que cuando salieran del ejército tuvieran una carrera o un oficio. Nada que ver con la concepción tradicional, eso me impactó mucho.

¿Entonces Mundo Sin Guerra comenzó en Moscú?
De alguna manera sí, aunque como figura legal empezó poco tiempo después en Madrid. Empezamos muy pocos y lo que ocurrió fue lo mismo que con la marcha mundial, que se lanzó la convocatoria y la gente se adhirió. Porque todas estas actividades son aparte de lo profesional. Yo tengo mi negocio, del que vivo. Todo esto a mí me cuesta dinero.

En ese sentido ¿ahora a qué se dedica?
He ido reduciendo mis negocios. Porque a los negocios los clasifico de tres maneras: los que van muy bien, los que van más o menos bien y los que van muy mal. Los peores son los que van muy bien. Luego están los que van mal y los mejores son los que van más o menos, porque te dan para vivir, pero puedes hacer otras cosas. Así que yo reduje al máximo todo cuando empecé con  la marcha. Solo me quedé con un pequeño negocio de ropa, en el cual tengo que poner muy poca energía y por eso me permite estar aquí.

¿Cómo se financia la fundación?
No tenemos ningún apoyo de nadie; todo sale de nuestro propio bolsillo. Ahora la fundación se encuentra en 50 países y estamos en un proceso de reestructuración. Vamos a hacer elecciones mundiales, en tres niveles, el nivel de base, el nivel nacional y el nivel mundial. Vamos a crear una especie de directorio elegido por todos los miembros.

¿Cuánto ha cambiado la situación desde que se creó Mundo Sin Guerra?
El mundo ha cambiado enormemente. Con la caída del socialismo real se armó un proyecto en el que EE.UU. aspiraba a convertirse en imperio. Pero ese intento fracasa, porque de acuerdo con la experiencia histórica, los imperios no se constituyen solo con el poderío militar. Hay otros temas que tienen que atender.

¿Cuáles?
La inclusión de las culturas. EE.UU. trata  de eliminar las otras culturas e imponer la suya, y así no se configura un imperio. Se necesita una dinámica económica incluyente; ellos  quieren imponer un modelo económico. Además, hay un error grave. Desde la época de Reagan, lo que querían era convertir a EE.UU. en el gran banco del mundo. En la Segunda Guerra Mundial EE.UU. producía casi el 45% del producto industrial mundial. Hoy Japón casi supera eso.
Si hoy los chinos sacan los bonos que tienen en el Departamento de Estado, EE.UU. se viene abajo. Es la economía más dependiente del mundo y es una ironía que sea dependiente de un país comunista como la China.

¿Qué opina del Nobel que le han dado a Barack Obama?
Bueno, Obama ganó el premio Nobel no por lo que ha hecho, sino por lo que quieren que haga. Es que ahora todo es a crédito. También los premios Nobel son a crédito: ‘usted parece que va a hacer algo, entonces le damos un premio Nobel’.

Y el discurso...

Es para borrarlo. Obama no va a hacer absolutamente nada. Los cambios que hay que hacer son de tal envergadura que ahora hay una presión muy fuerte para no hacerlo. Detrás de todo eso hay un aparato militar impresionante, que está dispuesto a hacer cualquier cosa; si tienen que votar un presidente lo van a hacer sin problema

¿Entonces tienen sentido las advertencias de Hugo Chávez cuando habla de vientos de guerra que nos amenazan?

Las advertencias se justifican, lo que no se justifica es la forma de responder a eso. Hace poco nos recibió el premio Nobel Óscar Arias,  ahora en Costa Rica, y él afirmaba que las armas, finalmente, terminan por ser usadas. Si cada vez hay más armamento, si en Latinoamérica está creciendo rápidamente el material bélico, no se puede decir que está aumentando la seguridad de la zona. Crece en Venezuela, pero también en Colombia,  en Chile y en Brasil. Eso no beneficia a la región.

¿Cree que el hombre puede vivir sin guerras?
La gente realmente no quiere la violencia; entonces cosas como la marcha generan nuevos paradigmas. Cuando yo era joven, todavía se pensaba en Francia como un posible enemigo. Hoy, cualquiera que diga algo en ese sentido sería encerrado en un manicomio.

Javier López Narváez
xlopez@telegrafo.com.ec
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