Dramaturgo, guionista e historiador económico, es un observador irreverente de la Venezuela actual.
Aparece con la fuerza de una tromba marina y con una inusual mezcla de erudición con dotes de conversador, memorioso y chacotero. El narrador y dramaturgo venezolano Ibsen Martínez (Caracas, Venezuela, 1951) se dio a conocer con la pieza de cámara Humboldt & Bonpland, taxidermistas. Jodedor, amante de los juegos de palabras, de la salsa y del vino, Ibsen a veces, en medio de la charla, tan rápida como metralleta en batalla, intercala las mal llamadas ‘malas palabras’ con musicalidad. Dramaturgo respetado en su país, hace sentir al interlocutor en confianza. Es firma habitual del matutino caraqueño Tal cual -dirigido por el mítico Teodoro Petkoff-, de Letras Libres de México, de El Malpensante, de Colombia, de La Nación, de Buenos Aires, y de El País, de Madrid. Aunque estudió Matemáticas duras en la Universidad Central de Venezuela, le gustaba escribir y tenía, como ha dicho, “la circunstancia feliz de que el ambiente en casa era de libros. Mi mamá, maestra de escuela, y papá, trabajador petrolero. Ambos extraordinarios lectores”.
Las ciencias exactas no le impidieron involucrarse con otros asuntos como la traducción y la escritura de documentales para la radio.
Este hombre ostenta, de manera no oficial, dos récords Guiness: haber mantenido al aire por tres años una telenovela, Por estas calles (la canción era de Yordano: por eso cuídate de las esquinas/no te distraigas cuando camines), y también el de ser uno de los escritores menos solemnes invitados a la Feria del Libro de Quito, que culmina hoy.
Vestido informalmente, pero cómodo; con una sonrisa de oreja a oreja, vino a presentar su libro El señor Marx no está en casa (Norma, 2009), donde a partir de la reconstrucción de un dramaturgo que quiere hacer una obra de teatro, se mete en un tema espinoso: ¿tuvo Karl Marx relaciones incestuosas con Eleanor, su hija menor?
“Yo hice una apuesta muy alta: voy a escribir donde paguen bien. En divisas, claro. Me convertí en un delincuente cambiario”
De eso se ocupa en su reciente novela este hombre con formación de izquierda (militó en el Partido Comunista de Venezuela), gran conocedor del tema petrolero (mundo que recreó en la película La hora Texaco), pero también, qué paradoja, de los secretos de las telenovelas. Compadre de César Miguel Rondón, autor de El libro de la salsa, fue un gran bohemio y fumador (en otra época), y creció amamantado, desde muy joven, con las creaciones de José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud.
Ibsen Martínez mantiene una independencia crítica con la situación política de su país, aunque se considera un liberal de centro izquierda.
Comencemos con la telenovela Por estas calles, que usted escribió y que fue un fenómeno.
Bueno, marcó hito en mi vida porque ahí fue donde yo rompí con la televisión, por muchas razones. La primera fue que a pesar de yo haber vivido muchos años de escribir guiones de telenovelas en varios países, nunca fui un gran nombre. Ese sí fue mi batazo, era algo que yo había estado elucubrando desde comienzos de los 90, hasta que logré convencer al canal de que había una muy fuerte “agenda social”, como dicen ahora los sociólogos y convenía que la telenovela atendiese a eso.
Era una época en que estas tendían a ser lacrimosas y usted rompe con una historia urbano-marginal.
Claro, pero eso no era una novedad en Venezuela, y en los 70, que fue cuando yo comencé siendo muy joven, tuvimos dramaturgos, novelistas que incursionaron en la televisión y que hicieron cosas muy dirruptivas.
Estamos hablando de gente como Cabrujas...
Como José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia. De manera que Por estas calles era como retornar a esas fuentes. Aquella novela se iba a llamar Eva Marina, pero en el último día escuchamos esa canción (la de Yordano) y le preguntamos si no le molestaba que la usáramos...
¿Por qué desapareció Yordano de la escena musical?
No sé, yo tampoco me lo explico. Pero bueno, digamos que ahí había unos elementos novedosos, uno de ellos era el tratamiento de la justicia. En las telenovelas, como te habrás dado cuenta, funciona un absurdo sistema consuetudinario de juicios criminales con jurados y fiscales, a la usanza anglosajona. Entonces yo quise justificarlo, esa era una de las reformas que estaban pendientes -y que todavía lo están en Venezuela-. Entonces el protagonista era un juez, yo escribí 218 capítulos. Visto el éxito alcanzado el canal quiso prolongarla sin medida y llegaron a ser casi 2.000. Estuvieron en el aire casi tres años, agotando una fórmula. Eso es un récord mundial, que yo sepa.
¿Y cómo fue posible ese milagro?
Yo hice muchas trampas para poder salirme con la mía porque yo quería que mis protagonistas fuesen de color, cosa que, a pesar de que Venezuela es un país mestizo, con una fuerte población afroamericana, es impensable. Los 'niches' en nuestras novelas son 'cachifos' (criados). O choferes. Y son pintorescos.
Entonces aquí había una mulata que estaba más buena que comer con los dedos, que se llama Gladys Ibarra, y un extraordinario actor de carácter llamado Franklin Virgüez quienes fueron los protagonistas. Era una pareja que vivía en el cerro, ella era enfermera; él vivía de ella... pusimos de moda un dicho que explica un poco el hecho de ser venezolano. Es como “vaya viniendo, vamos viendo”. Ahora, fíjate a mí el tema de la telenovela no me seduce mucho, porque me encasilla. Y déjame explicarte por qué. Mi vida de los últimos 20 años fue dejar de ganar mucho dinero por llevar una vida más austera y poder dedicarme más a la literatura.
¿Cómo pudo prescindir del mundo de la TV, que da tanta plata al de la austeridad?
Bueno, se logra estando dispuesto a estar bajo los puentes. Yo guardé un dinero, me iba de los canales y con las indemnizaciones me sometía un año a trabajar. Pero una vez que tú rompes con ese mundo, el ‘articulismo’ en América Latina no paga las cuentas. Me haces una pregunta interesante porque creo que tiene que ver con las decisiones que tiene que tomar un escritor en nuestros países si quiere vivir de la escritura. Yo hice una apuesta alta: voy a escribir donde paguen bien. En divisas. Me convertí en un delincuente cambiario. Y poco a poco empecé a ofrecer mis destrezas a la prensa extranjera. Yo me empeñé en cambiar el patrón de refinación, para usar una matáfora petrolera: en vez de refinar crudo ligero iba a refinar crudo pesado. Iba a vivir de la escritura, lo que me iba a permitir estar siempre en mi casa. Hay algunos diezmos que pagar, se acaba la bohemia, se acaban los lujos.
La hora Texaco, la película que usted escribió, tenía unas escenas eróticas candentes.
Sí, sí, de alta temperatura.
Allí está una de sus obsesiones: el tema petrolero, pero no desde la posición del gran analista económico.
A eso llegaremos porque vengo de ese mundo. Y en este momento vamos a estrenar una obra de teatro que se llama Los petroleros suicidas, que está ambientada en el paro petrolero del 2003. Pero bueno, para zanjar el tema de las telenovelas, quiero decir algo más. Yo en el 2005 había tomado distancia y había empezado a escribir un artículo mensual y una website me pidió que escribiera sobre la historia económica latinoamericana, y lo hice sobre las telenovelas, el guano, el trueque, tratando de encontrar una justificación, al menos cultural, con lo que estaba haciendo. Y como me vi obligado a explicar el fenómeno de la globalización en la telenovela el ejercicio intelectual fue bueno porque me distanció lo suficiente para responder esta pregunta. Yo creo que la telenovela no es un género banal en sí mismo: es la gran metáfora del populista latinoamericano.
¿Ha abordado en sus obras la situación política de su país?
Sí, estoy haciendo algo que se llama Guerra y Bachata, un poco como Chicharito y Sopeiro, pero son dos médicos de la misión Barrio Adentro, tratados con la mayor objetividad. Yo vi muy de cerca ese fenómeno, lo cubrí -no como periodista-, me metí y una de las razones por las que el Ministerio del Interior de Cuba está repatriando a los médicos es que en Venezuela está todo tan desinstitucionalizado, y nos parecemos tanto -no del todo- que no ha funcionado el chantaje familiar. Los tipos se enredan con una mulata venezolana y ella consigue los papeles y el cubano pues se escabulle, se queda. Yo conozco uno que era taxista y él me decía: “bueno, es que en el barrio donde estoy el tipo que es dueño de este taxi se fía más de mí porque sabe que el Gobierno venezolano me cuida”.
Entonces Ibsen, antes de ponerse más guasón, se toma un sorbo de café. Casi frío ya, que es como le gusta. Y refiere esta historia cuasi mágica. “Hay una población costeña que fue tierra cacaotera en tiempos de la Colonia y tiene una riquísima densidad de población negra, gente muy dejada de la mano de Dios, que si no cuenta con el Estado está jodida. Ahí le pusieron un módulo de Barrio Adentro donde está un cubano descendiente de gallegos, un ‘bonitillo’ y un mulatón. Entonces las negras se hacían ver por el ‘bonitillo’, no iban nunca con el mulato.
¡El mulato hubiera tenido éxito con una sueca! Seguro.
¡Pero en Suecia no necesitan médicos cubanos! El caso es que el mulato se hizo muy amigo mío, yo me lo llevaba de pesca, medio asustado, y decía: pero si a mí me tocan solo borrachos, tipos acuchillados, nada de nenas. Ahí se me ocurrió la historia, vamos a ver, de un tipo que intenta desertar, todo lo que le pasa y no lo logra (el ‘bonitillo’) y el mulato oriental, que tiene un cantaíto que se parece mucho al nuestro, consiguió papeles, cambió el acento y ese es el amigo mío, ja, ja, ja.
Ahondemos más en sus orígenes petroleros.
Mi padre era geólogo y mi madre una maestra de escuela. Vivimos en muchos campamentos petroleros en toda Venezuela. Se daban circunstancias muy espinosas en términos culturales. Venezuela se funda políticamente en 1811 y encontramos grandes yacimientos en ese año. Luego, dentro de dos años, habremos cumplido 200 años de vida política independiente y 100 años vendiendo petróleo, y sin embargo las élites que hemos tenido siempre se han manifestado respecto del petróleo como de un agente extraño, como de algo que nos pertenece, como si el café, el paludismo y las guerras del XIX fueran más genuinos que la Venezuela que nos tocó. Para bien o mal somos un petroestado corrupto, populista y se da una circunstancia: esa ingente cantidad de dinero que produce el petróleo la producen en rigor menos de 40.000 personas. Los venezolanos, a diferencia de los colombianos, no tienen la más puta idea de dónde proviene esa riqueza. Y por supuesto, la gente piensa, muy populistamente: si el país es rico, por qué yo no lo soy.
Y eso se ha reflejado en su imaginario.
Yo no he discurrido sobre eso sino a nivel de escritura de obras de teatro. Estoy escribiendo por encargo una historia de los primeros cinco años del petróleo en Venezuela, que se llama El pasado es un país extranjero, muy decidora de la ignorancia del venezolano de algo que está tan incrustado en su vida. Ese venezolano ‘pachendoso’ y consumista cuando viaja, y que no podría distinguir entre petróleo y un café con leche.