Piero, cantante argentino, se vincula con el país a través de la Campaña de la alegría de la Vicepresidencia. Aquí habla de eso, de amor, exilio y
otras anécdotas.
Buenos días padre Piero. ¿Padre Piero? ¿Se lo imagina vestido con una sotana? ¿Lo visualiza como sicólogo, con un mandil y una libreta de apuntes escuchando sus problemas mientras usted yace recostado sobre un diván? Pues los dos son oficios que alguna vez pasaron por la cabeza de aquel tipo con rizos y grandes anteojos que prefiere las camisas holgadas, jean y su eterna guitarra de palo para hacer lo “mismo de siempre”: cantar.
“Lo he hecho toda mi vida, al menos recuerdo que cuando tenía 3 años me le había perdido a mi madre (Ornella) en el barco que nos traía de Europa hacia Argentina y me encontraron cantando en medio de unos deportistas, claro que con media lengua, más bien mocha. Apenas podía pronunciar las palabras”, recuerda el cantor que nació como Piero de Benedectis el 19 de abril de 1944 en Italia y alguna vez fue mascota de Banfield, el club de fútbol de sus amores y de la localidad argentina en la que pasó sus primeros años, aunque en ese deporte se confiesa como un “desastre”.
“La única habilidad que tenía en la cancha era patear los penales”, sostiene, mientras se acomoda un poco en un sofá que está situado en los corredores del segundo piso en el Grand Hotel Guayaquil.
Eran las dos de la tarde del domingo pasado y lucía un poco fatigado por el viaje en auto que cuatro horas antes había emprendido desde Manta. donde hizo una pausa a la campaña Sonríe Ecuador, somos gente amable, que auspicia la vicepresidencia de la República. Dos días antes había llegado a Portoviejo, la ciudad que una lo acogió para verlo cantar sus clásicas: Soy pan, soy paz, soy más; Llegando llegaste, Coplas de mi país, Mi viejo, Juan Boliche, A mí me dieron el mar, Si vos te vas, Yo vengo, Que se vayan ellos, y un montón más, que le han permitido vivir de todo un poco (incluido un autoexilio entre 1976 y 1981) a este trovador de pequeñas cosas.
Y aunque a esa hora todavía no había almorzado, el padre de Juan (33 años), Giuliano (6) y Fiorella (5), siempre mostró “buena onda” (como su fundación) y compartió las anécdotas que quizás ha relatado hasta el cansancio en las mil y un entrevistas que ha concedido. Pero que adquieren nuevo rostro cuando las cuenta todas al tiempo. “No llevo un registro de cuántas”, refiere el hombre que trata de no retrasarse ni un día en volver a su actual hogar en San Telmo, uno de los barrios más antiguos de Buenos Aires. “Es que si me paso un día los más chicos me arman sindicato en casa, menos Juan porque él es parte de mi banda y viaja conmigo”, bromea.
Dice que a los 3 años ya cantaba, ¿pero qué podía cantar a tan corta edad?
Canciones italianas, las que mi mamá (Ornella) cantaba. Ella lo hacía como aficionada, aunque una vez le ofrecieron hacerlo profesionalmente. Cuando habíamos llegado a la Argentina, una radio de Belgrano le ofreció esa oportunidad. Entonces mi madre llamó a mi abuelo para que le diera permiso para cantar. El abuelo dijo: “O Belgrano o yo” y ya te imaginás lo que pasó, no cantó.
¿Y qué hizo ella cuando notó su precoz inclinación por la música? ¿Le compró su primera guitarra o algo así?
No, no. La primera guitarra me la regalaron en el seminario para curas en el que estudiaba. Éramos cerca de 500 alumnos y cada uno puso un peso.
¿Cómo llegó ahí?
Eso fue toda una confusión. Yo pensé que era un colegio de curas, no sabía que era para curas. Había terminado la escuela y un amigo llamado Valerio me dijo que se iba para Viedma y le pregunté “¿qué es eso?”. Me dice “es un seminario”. Luego insisto “¿qué hay que hacer para ir?”. Me explicó que los dos primeros años se los cursaba en Viedma y los restantes en Buenos Aires. Fui a visitar al cura y me preguntó si lo había pensado bien y si mi padre (Lino) ya lo sabía. Le dije que sí, que todo estaba bien. Según yo, estaba decidido a irme un lunes como me había dicho el cura. Cuando llegamos, después de jugar un poco y darme un baño, el rector nos da la bienvenida. De repente en su discurso dijo “cuando ustedes sean sacerdotes...”. Ahí conecté todos los cables y me dí cuenta el por qué me preguntaban si lo había pensado bien. Le pedí al rector hablar urgentemente, mientras él se cagaba de risa.
¿Qué le dijo?
Como faltaba un mes para que empezaran las clases y me dijo que tenía la opción de irme o quedarme. Al principio pensaba quedarme, qué sé yo, un año y luego me regresaba a Allen para continuar con la secundaria, pero me quedé. Imaginate (dice con su acento porteño) tenía novia, pero estudiaba materias como griego o latín para ser cura. Hasta me regalaron un par de sotanas, pero nunca las usé.
“Estaba en la lista de futuros desaparecidos y me cagué del miedo cuando el avión en el que huía tuvo que regresar”
Desistió convertirse en sacerdote y es cantante, ¿qué sería Ud. si no hubiese experimentado con esos capítulos como el seminario y la música?
Quizás hubiese sido médico o más bien sicólogo.
¿Y qué tanto tiene Ud. de sicólogo?
De sicológos todos tenemos un poco. A mí me gusta la gente, estudiarla, acompañarla, verla. Creo que eso es una parte nata de ser un poco sicólogo.
También se distingue por estar involucrado con la orientación de valores juveniles, ¿cuándo surgió ese perfil suyo?
Siempre me han conmovido los chicos, especialmente los más indefensos. Desde hace 25 años está activa la fundación Buenas Ondas. Ahora canto con ellos canciones que grabé cuando me prohibieron los militares que es la Sinfonía inconclusa en la mar, ese disco mágico de hace 35 años.
Hablando de mar y jugando con una de sus canciones, ¿sigue siendo dueño del mar y sus orillas que le dieron?
El mar es maravilloso, pero hay que tenerle respeto. En todo caso tiene una imagen que da para asociarla con la libertad y un montón de cosas.
Con un autoexilio como antecedente por los mensajes fuertes de algunas canciones suyas ¿se considera ahora un tipo libre?
La libertad es una búsqueda constante, de cada día ser más sincero con uno mismo y perder el miedo como decía (Carlos) Castaneda en Las Enseñanzas de Don Juan. Decía que para ser un hombre de conocimiento debía vencer a los cuatro enemigos naturales: miedo, claridad, poder y vejez.
Hablemos de alguno de esos enemigos: el temor, por ejemplo, ¿cuál fue el más grande que tuvo?
Fue en 1976 cuando mi hermana vino a despertarme a las cuatro de la madrugada para decirme que me fuera porque un novio de ella, que era hijo de un comisario, me había visto en una lista de “chupados” (futuros desaparecidos). Cuando me leyó en esa lista el tipo intentó irse a dormir, pero no podía hacerlo. Entonces fue a mi casa y le dijo a mi hermana “sacalo ya” porque me vendrían a buscar. Hasta ese momento no sentía temor porque no pertenecía a grupos políticos (pese a que su tendencia siempre ha sido de izquierda). Lo que pasa es que canciones como Para el pueblo, lo del pueblo, Coplas de mi país o Que se vayan ellos eran muy ‘heavy’ por toda la violencia que se estaba viviendo en esos días en el país. Pese a eso no tenía miedo. Le había hecho caso a mi hermana a regañadientes. A las nueve de la mañana salí de mi casa en Belgrano y fui al frente donde vivían unos actores amigos míos. Desde allí ví que habían llegado los uniformados a mi casa y me salvé. Hasta ahí seguía sin miedo. Este par de amigos actores y dos más, que se sumaron, me acompañaron al aeropuerto en Ezeiza. Como ellos no estaban comprometidos en nada, me decía que a cinco famosos no les pasaría nada. A las 7 el avión no había salido. Dieron las 8, las 9, 10, 11, 12 y nada. Entonces el ambiente era muy denso, mucha neblina. A las 12 recién me embarqué en el avión, pero cuando recién empezaba a moverse nos dijeron que por desperfectos técnicos teníamos que volver. Ahí sí me cagué del miedo.
¿Qué pasó entonces?
Fue un desperfecto real. El problema fue que perdí una de mis maletas. Una con mi ropa y otra chiquita que contenía el grabador que utilizaba para componer y la libreta de direcciones. Perdí mi “escritorio”, “mi oficina”.
¿Cuál es la preferida de sus canciones?
La próxima canción. Ahora tengo una nueva, que actualmente es mi preferida y se llama Avisos clasificados. Se trata del aquelarre que son los avisos clasificados, que todo se vende, todo se compra y que todos sus valores son relativos. Tiene una letra muy fuerte y por eso me gusta mucho. Es una canción que ni siquiera está terminada de grabar, pero es mi preferida. Espero que a fin de año ya esté lista. Te voy a pasar la letra, vuelvo enseguida.
Piero interrumpió por un par de minutos la charla. Se levantó del sofá y se dirigió a su habitación. Casi de inmediato su silueta, con los brazos extendidos, se dibujaba en los oscuros corredores. Llevaba dos hojas con la letra de Avisos clasificados, como si fuesen un trofeo.
“Pará un momento que te voy a leer y cantar mi nuevo tema”, advierte. Con papel en mano empezò a soltar los estribillos “avisos clasificados/ a quien pueda interesar/ si vende o me quiere cambiar progreso por seres humanos...”.
Pero alguna de sus canciones significó algo para Ud. en su momento, ¿o no?
Son todas postales de la época en las que yo empezaba a cantar. Por ejemplo Mi viejo tiene una anécdota que siempre cuento durante mis conciertos. La canción no era para mi viejo, pero se la quise cantar cuando la compuse. Más bien trata de un viejo global. Entonces, le dije al mío “escuchá este temita que saqué”. Nos pusimos a llorar y nos quedamos en silencio por un par de minutos. Y como una de las estrofas dice “ahora ya caminas lento”, él rompió ese silencio que parecía interminable y me dijo “¿quién camina lento?, la puta que te parió”.
Son canciones que han traspasado generaciones...
Reconozco que todavía tienen vigencia y eso es algo que me sorprende y a la vez me halaga. Pero hablo de esas, las que no me halagan tanto son Para el pueblo, lo del pueblo o Que se vayan ellos, que son canciones de protesta por cosas que aún siguen pasando.
¿Cosas como qué?
La violencia, lo que se come ahora. Por ejemplo, hace 50 años lo que consumíamos era sano, pero ahora lo que tenemos es comida chatarra, que se consigue en el ‘súper’ con un cáncer y montón de enfermedades. Lo que pasa es que se crece por un lado y por otro vamos para atrás. No he visto muchos cambios en estos años.
Dice que no ha visto, entonces para usted, ¿Pedro sigue siendo nadie (en referencia a una de sus canciones)?
Eso mismo, no ha cambiado para nada. Pedro Nadie es un campesino y mirá lo que pasa con el campo en Argentina, no le dan bola, está ‘ninguneado’ , a la buena de Dios.
Otra de sus canciones es Los americanos, a propósito de ellos, ¿qué futuro les avisora con el triunfo de Barack Obama?
A mí me encanta. Es algo inédito. Es como cuando ganó Evo Morales la presidencia en Bolivia, que un indígena haya ganado a 500 años de derecha. Ojalá que el tipo (Obama) maneje a Estados Unidos como lo que es, el pueblo más avanzado y poderoso del mundo. Lo que tiene que hacer el hermano más grande (Estados Unidos) es proteger a los más chicos (Latinoamérica) para lograr la unidad en el planeta y más bien no chuparle la sangre.
¿Qué prefiere, los conciertos masivos o los de sitios pequeños?
Los de gran público, barato, popular y masivo. Cuando vos les cantás a 20 personas no falta alguno que te mira mal y te distrae.
Y en esos shows, ¿olvidó la letra de alguna canción?
Alguna vez pasó. De repente se me vino una laguna, no me acordé lo que venía en la siguiente estrofa. Allí la gente te ayuda, canta por vos. Una vez hice una maldad con una canción. Resulta que movía la boca como si estuviera cantando, entonces el sonidista se volvía loco. Pero lo hice por joder. Por ahí me he equivocado en alguna palabra de la letra.
Nació en Italia, creció en Argentina, le dieron la nacionalidad colombiana e incluso le ofrecen la ecuatoriana, ¿de dónde se considera Piero?
Me quieren dar la ecuatoriana, también la boliviana, nicaragüense, panameña, se habla de la peruana. Yo soy Piero de Latinoamérica, de una sola, soy Piero de la gente. Lo que pasa es que no estamos unidos, por ahora.