Tomada de la edición impresa del 09 de noviembre del 2008

Xavier Torres, fiscalizador internacional.

El fiscalizador de los derechos de los discapacitados

Torres es ahora un representante mundial de la defensa de este grupo de atención prioritaria del que forma parte desde hace 20 años.

 
Con un revólver en la cintura y una dosis de dolor inexplicable en la cabeza, cualquiera puede creer que tiene la razón en sus manos y tomarla con ellas. Xavier Torres, un hombre de 45 años que desde los 26 dejó de usar las piernas, sabe que con las armas el concepto de “justicia” cambia. 
    Con ellas, la muerte parece una solución natural a los problemas. Pero no solo la muerte, sino también la discapacidad; porque, dice, en la vida hay solo dos cosas que por naturaleza no son excluyentes: “ni un crimen, ni una discapacidad. En esas categorías entramos todos, sin miramiento de raza, edad o género solo que en la última circunstancia la mayoría cree que no le puede llegar, pero llega. Yo soy un ejemplo”.

Y ciertamente lo es. A él le “llegó” en plena juventud tras un hecho de violencia intrafamiliar por el que no solo se convirtió en una persona con necesidades especiales, es decir discapacitado, sino también en uno de esos íconos que prefieren el bajo perfil para pedir que a “los otros” se los respete y que la “justicia” nada tenga que ver con las balas.


Esta semana él se convirtió en uno de los tres representantes mundiales del Primer Comité de la Organización de las Nacio-nes Unidas (ONU) sobre los Derechos de las Personas con Discapacidades y allí vigilará que todos los estados ejecuten sus compromisos de inclusión. “Quien no cumpla -dice con un tono severo que rara vez usa- tiene sanciones internacionales. Yo soy uno de los que revisará los informes y fiscalizará cada acción”.


¿Cómo llegó a convertirse en un fiscalizador internacional?
Circunstancias de la vida, pelea propia y añádale otro poquito de apoyo colectivo (responde como si se tratara de una receta de cocina). En realidad la fórmula a estas alturas ya me parece perfecta, pero sigue costando lograrla. Ecuador se convirtió recientemente en el país número 20 que ratificó la Convención de la ONU por los derechos de las personas con discapacidad y así abrió el camino para que esta finalmente tenga un instrumento jurídico para que los estados cumplan con sus compromisos asumidos. Para llegar hasta ahí a mí las organizaciones no gubernamentales y el propio Gobierno me eligieron como representante nacional, viajé hasta Washington y en una semana visité a 41 representantes internacionales para decirles lo que se hace en Ecuador y cómo buscamos concretar nuestros planes y replicarlos a nivel internacional. Luego en la ONU se hizo la elección a través del voto secreto de los 41 países y resultamos elegidos España, Chile y Ecuador.


Revisando cada uno de los ingredientes de su receta... ¿Cuáles circunstancias de vida lo trajeron hasta aquí?
Yo llegué a esta silla de ruedas cuando tenía 26 años y amaba andar en moto. Era un motociclista y un futbolista a lo loco (ríe). En fin, llegué aquí por un hecho de violencia intrafamiliar que no habría ocurrido sino fuera por la venta y fabricación indiscriminada de armas. Mi cuñado tomó el arma de su padre y en un momento de desequilibrio mental, me disparó cuando intenté proteger a mis sobrinos, dejándome cuadrapléjico. Luego asesinó a sus hijos y finalmente se suicidó. Allí empezó todo y mi pensamiento sobre estas personas de las que yo ahora formo parte, cambió.

 

"A mí me costó más de años mi rehabilitación, si yo pude, ¿por qué no habría de poder un país, si somos más?”


¿Un cambio forzoso?
Humano más bien. Para mi recuperación 45 días después del accidente, me fui con mi padre y mi hermana mayor - la que a su vez fue quien perdió a toda su familia y se llama Elizabeth- a vivir a Cuba durante dos años. Allá fui en plena crisis, cuando Rusia les retiraba el apoyo y aun así a mí me recibieron gratuitamente. Me costearon todo y allá aprendí que el cubano, en medio de situaciones inimaginables, le mete “ñeque” a todo y es incapaz de negarle ayuda a nadie. Yo estaba deprimido por mi situación, aunque ya empezaba a recuperar ciertos movimientos, pero igual deprimido, hasta que aprendí que no soy el único que tiene una discapacidad por circunstancias violentas.

 

En efecto, Torres aprendió en Cuba, específicamente en los hospitales Julito Díaz y Hermanos Ameijeiras que la pólvora, ya sea que venga en forma de bala, bombas o minas, es una de las causas por las que más se cercena derechos. Porque quita partes vitales para la vida. A Xavier le arrebató sus piernas, al menos mecánicamente, pero allá vio que otros ni siquiera las podían ver más. En esos centros de salud conoció a víctimas de guerra de Nicaragua, Angola, y otros tantos países con violencia interna y externa, es decir: una lista inacabable. “Esas personas por la violencia estaban desfiguradas y ciegas, algunas sin piernas y a la vez sin brazos o sin orejas. Pero felices, la guerra se les llevó sus partes corporales, pero nunca el espíritu y allí yo recobré el mío”.


Supongo entonces que esa visión fue la que lo trajo acá...
Por supuesto. Acá empecé desde lo más bajo, siendo solo socio de la Asociación de Parapléjicos de Pichincha, luego tesorero, secretario, presidente y así fui subiendo a federaciones provinciales, luego nacionales, ahora soy vicepresidente del Consejo Nacional de Discapacitados (Conadis) y bueno mi responsabilidad en la ONU. Pero lo importante no son los cargos, sino que yo vine conociendo que el discapacitado no es una persona con necesidades especiales ni espaciales, porque no somos anormales.


Somos normales y podemos desenvolvernos, eso aprendí en Cuba y lo transmito aquí. A nosotros no nos tienen que “hablar” para decirnos “vamos a hacer por ustedes esto”. Nos tienen que decir: qué quieren hacer y qué proponen. Así nosotros accedemos a recursos y hacemos nuestras cosas. El discapacitado no está imposibilitado, puede desenvolverse, pero claro, aquí todo el tiempo se los marginó y por eso yo vine a un país donde la discapacidad se relaciona directamente con la pobreza y he visto morir incluso a amigos a los que no los atendieron en los hospitales porque no tenían cómo pagar. O a gente arrastrándose por no tener ayuda técnica. Eso no va más, aquí hay que respetar, no solo por solidaridad, sino por ser ecuatoriano y hay que saber que ningún ecuatoriano es un “arrastrado”.


Pero cuando uno vive una tragedia familiar y de violencia no basta con la ayuda técnica, usted lo sabe.

Por supuesto, ahí hay que aplicar ayuda incluso familiar y eso se logra educando a la gente. Lo estamos haciendo con la educación inclusiva y esto va a mejorar. En mi caso yo ya había tenido educación, pero la parte familiar fue durísima, pero siempre estuvo y eso yo sé que se debe incentivar. La familia a uno jamás lo abandona. Yo vi a mis padres sufrir, pero apoyándome, a mi hermana sin familia, pero junto a mí, a mi novia (su actual esposa Sandra Yépez) incluso pidiéndome matrimonio cuando volví a Ecuador y yo le dije que no y ahora sigue junto a mí. Esa fortaleza se logra valorando lo que se tiene y eso se da con educación. Ecuador va rumbo a eso, todo es un proceso, no me pidan resultados ya, pero yo le digo: a mí me costó más de dos años mi rehabilitación y míreme que pude, ¿por qué no habría de poder un país, si somos más?.


¿Qué parte de esa “pelea propia” (otra parte de su receta) fue la más dura de asumir?
Ver a una familia doblemente destrozada, pero fuerte. Yo incluso al principio ni siquiera sabía  que mis sobrinitos habían fallecido. Les grababa cassettes diciéndoles cómo estaba en Cuba, a los seis meses pregunté por qué no me respondían y ahí me avisaron. Era increíble cómo aún así incluso mi hermana, la madre de ellos, había permanecido a mi lado. Entonces también me di cuenta de que había que seguir adelante porque incluso yo tuve mucha suerte. He estado con Fidel Castro al menos unas seis veces, él con su uniforme de militar y todo fue solidario conmigo, sé que de lejos hay otra imagen, pero yo tuve una cercana y a mí me ayudó. Aparte de eso, cuando yo tuve mi accidente incluso el destino me acompañó. Un viernes me había sacado un seguro de vida y ya el lunes fue la tragedia familiar, con ese dinero me compré mi carro adaptado y ahí empecé a arriesgarme por la vida, pero en la lucha de derechos.


¿Cuál fue el primer riesgo?
Un poco retomando lo que dije anteriormente, fue empezar a trabajar con los discapacitados pero desde abajo. Porque yo, teniendo posibilidades, puede haberme dedicado a mí, pero la vida es en sociedad y por lo tanto comunitaria. Entonces administré un sitio de ayudas técnicas, empecé a conocer los problemas de los discapacitados en su pobreza y a vincularme para estar donde se cuecen las habas, porque de lo contrario uno no logra concretar proyectos. Hay que estar en el fuego, para que los proyectos sean realidades. 


 ¿Qué apoyo colectivo ha tenido en ese ámbito?
Primero está la confianza de las propias personas con discapacidades. Desde allí se van iniciando planes cuyos resultados deben verse. Incluso fui hasta la Asamblea para plantear lo de que seamos grupos de atención prioritaria, no vulnerables.

Somos prioritarios porque ya fuimos últimos mucho tiempo, así es que ahora toca que la sociedad nos vea primero. Además, incluso el apoyo colectivo ha estado en esos empresarios que sí están cumpliendo con la integración laboral de los discapacitados. Eso es ahora una ley que se concreta solo con colaboración.


Cuando yo llegué no había ni un papel que diga que éramos parte productiva de la sociedad, ahora hasta el 2010 el 4% del personal productivo de cada entidad será una persona de este grupo de atención prioritaria.


Usted tiene otra faceta que no se conoce mucho y es la de su lucha por evitar la adquisición de armas entre el ciudadano común.
Sí, la verdad es que me he dedicado más fuertemente al tema de la discapacidad, pero lo cierto es que también apoyo a IANSA (International Action Network on small arms: Red de Acción Internacional sobre armas portátiles) en esa lucha de no considerar a la justicia asociada al uso de armamento. Y en realidad la discapacidad se vincula a esto, por eso soy un convencido de que no se logra bajar la violencia blindando a los policías.

 

Para Torres, Ecuador ya está suficientemente armado y no requiere más municiones. Y aunque no hay una cantidad certera de cuántos discapacitados han llegado a esta situación por el uso de armas, en el Conadis, en la Encuesta Nacional de Discapacidades de 2004, ya se llegó a saber que a 3.893 individuos les cambió la vida tras una situación violenta. Ecuador, entonces, sí parece un país bien armado. 


¿Cuál es su papel en este campo?
Para empezar yo estoy convencido de que no debería haber uso de armas porque eso provoca más asesinatos y violencia incluso en el ámbito familiar, como en mi caso. Luego, yo doy conferencias sobre el tema porque en IANSA presenté mi caso públicamente y así voy ejemplificando por qué es horroroso el fácil acceso a las armas portátiles que solo convierten al ciudadano común en un posible criminal. 


¿Pero combatir a la delincuencia sin armamento parecería contradictorio y el país vive justamente un proceso de reestructuración en el área de seguridad?
Lo sé y aun así me opongo a que a los policías los doten solo de armamento. Sé que se han destinado más de 300 millones para el área de la seguridad, pero no olvidemos que el policía también es ciudadano. A ese policía entonces lo que hay que darle es un mejor sueldo y hay que asegurarle que cuando quede discapacitado por un disparo no lo van a jubilar, porque eso hacen, ya no lo dejan trabajar. Mi papel de guardián de los derechos de los discapacitados también pasa por esos policías que son personas potenciales a convertirse en lo que yo soy. A ellos hay que brindarles protección incluso familiar, asegurarles que si ellos son víctimas de la violencia no dejarán desamparados a los suyos.


Habla de prevención entonces, pero sin armas...
Claro. Me parece bien que se busque reestructurar las cárceles, pero hay que hacerlo ya. Si seguimos mandando a gente a que se especialice en delincuencia dentro de los centros de reclusión y seguimos sacando policías a la calle, mañana estamos muertos todos. Si yo quiero pelear por los derechos discapacitados, lo que tengo que hacer entonces es prevenir que la misma sociedad no provoque que existan más y de eso me voy a encargar.

Mariuxi León
mleon@telegrafo.com.ec
Editora - Diversidad

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