Tomada de la edición impresa del 02 de noviembre del 2008

FOTO: Miguel Castro

Jorge Dávila Vásquez

El escritor que repiensa Cuenca

Con el trasfondo de los 188 años de la Independencia de su ciudad, el intelectual reflexiona sobre ella y también sobre la creación.


La risa estrepitosa de Jorge Dávila se prolonga en un eco contagioso que se escucha simultáneamente al sonido del reloj  de péndulo que da la hora cuando se le antoja. “Así es ese...”, dice mientras nos recibe en su oficina de la Casa de la Cultura, en la calle Presidente Cordero 789. A las tres de la tarde de un miércoles, Cuenca duerme la siesta y permite el silencio inexistente en las grandes ciudades. El despacho del presidente de la Casa de la Cultura Núcleo del Azuay es tan silencioso a esa hora como la calle. El único ruido, además del que emite el “reloj loco”, es el que provocan las suelas de nuestros zapatos cuando hacen contacto con el piso de madera.

El autor de Eurídice y Orfeo (1975), María Joaquina en la vida y en la muerte (1976), El círculo vicioso (1977), Este mundo es el camino (1980), Las criaturas de la noche (1985), y  ensayos como Ecuador: hombre y cultura (1990) o César Dávila Andrade: combate poético y suicidio, es un escritor multifacético que va de un género a otro con soltura. Los estudios formales de Literatura empezaron cuando tenía 25 años porque a los 23, ya estaba casado con Eulalia  Cordero y habían nacido sus dos hijos. Recuerda  todavía la época en que trabajaba en el Banco del Azuay,  hasta que se vinculó  con la cátedra de literatura de un colegio gracias a la sugerencia del rector, que ajustó los horarios para que pudiera dictar la materia de 7 a 9 de la mañana.  Ya son 16 años desde que Jorge  Dávila Vásquez trabaja en la administración cultural en Cuenca.

¿Cuál es el recuerdo más antiguo de usted escribiendo? ¿En qué momento sintió que quería ser un escritor?
Eso ocurre cuando yo estoy en quinto grado de escuela. Tenía entre 10 u 11 años y era mayo. El profesor pide que escribamos un poema a la madre. Yo hago un poema muy chiquito. El profesosor me dice que es copiado; yo le juro y me pongo en cruz y le digo que no, y el profesor que sí. Yo digo siempre que me hice escritor para llevarle la contraria al profesor y demostrarle que no había copiado ese pequeño poema. Estoy escribiendo desde que tenía 20 años como para publicar;  antes tengo un montón de trabajos que ganaron concursos intercolegiales, pero los he revisado y por pudor no los publicaría.

A los  18 ó 19 años escribí una pequeña pieza de teatro sobre Edipo.  Mi amigo Edmundo Vásquez Navas, que era mi director teatral, me dedicó un libro de Eurípides con una frase que decía: A ti para que escribas sobre un Edipo al que le salgan nuevos ojos. Creo que debe haber sido muy mala esta pieza, pero en ese momento yo decido que realmente quiero escribir. A los 19 años ya había escrito Donde comienza el mañana.

 ¿Y cómo se recibe en su familia esta afición por la literatura?
Muy bien. Mi madre fue realmente excepcional en eso; ella estaba entusiasmada con la idea de que yo leyera mucho. Yo tenía un tío muy enciclopédico, sabía de todo y me proveía de libros, pero con condiciones. ¿Quieres leer Gilberto Santillana? Pues muy bien, pero primero lees la Divina Comedia y me haces un resumen,
Ellos, hablo de la familia de mi madre, me estimularon mucho.  Eran grandes lectores, y contadores de cuentos. Mis tías tenían una brecha económica muy grande, pero para mi cumpleaños una de ellas empastaba los libros y me los regalaba. Era un detalle muy hermoso. Luego cuando recibí reconocimientos ellos estaban muy contentos.

¿En qué género se siente más cómodo?
Me siento más cómodo en la narrativa. Soy ese tipo de personas a las que les gusta nadar contra corriente. Voy  a publicar curiosamente una antología de mi poesía. Es una antología de libros no publicados. Es un poco absurdo, pero cuando de la Casa de la Cultura matriz me pidieron que fuera parte de esta colección de poesía contemporánea que hay, yo acepté y entramos a revisar con mi mujer que en la computadora había 10 libros que eran editables. El primero de la década del ochenta que se llama Libro de horas, después de La canción de Eurídice.

Sus primeros cuentos muestran a Cuenca como una ciudad de ambiente conventual, más pueblo que ciudad.
¿Hay alguna evolución en este sentido sobre la idea que tiene de su ciudad?
Empecé a vivir de manera consciente cuando la ciudad  tendría tal vez 30 ó 40 mil habitantes. La ciudad era pequeñita; podías caminar por la media calle y no pasaba nada porque de tiempo en tiempo pasaba un taxi, un auto particular, pero no había ni la milésima parte de los autos que hay ahora. Los números telefónicos tenían cuatro dígitos y eran patrimonio de muy pocos. Había un sentido comunitario inmenso. Tú decías: Llámeme a los números de fulanito de tal... no es el mío, pero puede dejarme mensaje. Los chicos de los barrios pobres como San Blas, en el que yo nací, jugaban mucho en el parque porque las casas no tenían un patio.  Mi hermano, que era muy aficionado al fútbol, tendía la ropa suya y la de alquien de otro equipo con el que jugaba como señalador de los arcos; si se descuidaban les robaban la ropa,  los zapatos. Era un pequeño pueblo. Era tan pueblito que cuando nos cambiamos, mi escuela era a 20 pasos de aquí, y luego,  el local nuevo de la escuela era muy cercano al campo. Había lagartijas, sapos, toda clase de  bichitos. Salimos de San Blas 10 años después. A una cuadra empezaba el campo, había un gran llano en el que después se construyó el Hospital del Seguro. Hoy tenemos casi 500 habitantes. El tráfico está espantoso.  Eso sí, de todas maneras, me parece que hemos tenido un crecimiento ordenado. Las autoridades se han ocupado siempre de la infraestructura. Aquí no se ven las conexiones de agua, las subterráneas de luz, y tampoco las alcantarillas. Lo que se ve es lo que está en la superficie. Eso ha hecho de Cuenca una ciudad con un crecimiento acelerado, pero ordenado.

 ¿Hay una visión de Cuenca como una ciudad religiosa también?
Era muy religiosa y muy conservadora, pero después hubo un giro. Creo que en los cambios generacionales la gente se dio cuenta de que no se podía seguir siendo eternamente conservadores. Había que cambiar hacia otra forma de pensar. De ahí que la ciudad haya sido bastión de la Izquierda Democrática, por ejemplo.

Yo creo que la ciudad sigue tendiendo hacia lo moderado, hacia la izquierda. La gente fue realmente conservadora, aquí hubo manifestaciones anticomunistas y cosas de esas.

¿Cómo es posible que hoy se perciba a la ciudad como progresista?
Las nuevas generaciones fueron las que marcaron las pautas. Hay cosas que tienen que ver: la propia comunicación, el cine, la migración. El que vuelve lo hace con una mentalidad cambiada.

Hay un fenómeno migratorio que es evidente en esta ciudad
Muchos han salido, pero han regresado también. Hay una gran migración del campo a la ciudad. Cuenca es un centro de migración. La mentalidad ha cambiado enormemente. Hubo antes una forma de ser beata y retraída. Mi mamá nos prohibía hacer ruido o jugar en Semana Santa. Pero de todas maneras, por más grande que haya sido el crecimiento, Cuenca mantiene ese matiz provincial.

 ¿Nunca pensó en salir de esta ciudad? ¿Alguna vez sintió que le quedó pequeña?
No, no. Mi ciudad me ha dado todo. Ha nutrido la temática de mis obras, me ha mantenido cerca de los míos, que es importantísimo, pero en algún momento tuve ofertas, más bien, para ir a trabajar a Quito.

Esta primera presidencia suya de la Casa de la Cultura tiene una buena aceptación de varios sectores. Miran su labor como algo interesante, cosa que no ocurre con las Casas de otras ciudades del Ecuador...
Es muy difícil estar frente a ella. No hay muchos recursos, entonces recibimos una asignación gubernamental de 20 mil al mes. 17.500 son para sueldos, 2.000 para gastos corrientes: luz, agua, teléfono, internet; 500 dólares para actividades culturales al mes. 

¿Entonces cómo funcionan?
Gracias a los arriendos de la parte baja de este edificio, y gracias a una que otra asignación.

¿Cómo toma usted el hecho de que la Casa de la Cultura haya perdido su autonomía y forme parte del Sistema Nacional de Cultura?
Es el fin de la Casa.

Pero es una decisión que ya está tomada
La Ley de Cultura puede modificar ciertas cosas, pero no puede devolverle autonomía a la Casa. ¿En qué consistía la autonomía? En la posibilidad de la planificación libre y sin dependencia de nadie. En la posibilidad de crear proyectos propios y además en ser lo que Benjamín Carrión quiso siempre que fuera: ese espacio libre en donde los actores pudieran crear. Entendido actor como escritor, pintor, etc.

¿Si se pierde la autonomía esto ya no sería real?
Ya no habría esa posibilidad.  Los bienes pasarían a integrar a este ente rector, según el Art. 328, que es clarísimo en ese sentido. Y ese ente es el Ministerio de Cultura.

¿Acaso provoca dudas la administración de estos organismos estatales?
Pienso que el Banco Central del Ecuador y la Casa de la Cultura son la papa caliente en las manos del Ministerio de Cultura. Este organismo no va a saber qué hacer con la Casa, que tiene 64 años de vida. (Se refiere a la del Azuay).

Pero hay varios sectores que han cuestionado la administración que hacen las Casas de la Cultura también.
Es posible. Aquí los presidentes de la Casa presentan informes todo el tiempo. Estamos sometidos a Contraloría. Acaban de irse hace 15 días los de Contraloría.  Les dimos una oficina con teléfono, archivos y computadoras para que hagan un examen de los movimientos de esta institución. Los fondos están sometidos al presupuesto y no se puede dilapidar el dinero del Estado. Éticamente no puedes disponer de un solo centavo del estado. Puedes auspiciar, organizar los programas. Particularmente jamás he negado nada a nadie que me haya pedido algo aquí, en la medida de lo posible. Hay gente que viene y dice que necesita 5.000 y yo le digo que eso no tengo, pero sí 500. Nosotros trabajamos por proyectos. Tenemos uno que está pendiente que es el Sumak, para grabar cd’s de música académica ecuatoriana del siglo XX. Es un proyecto importante, tenemos problemas de dinero, tenemos una pequeña sala que estamos restaurando al frente,  la sala Alfonso Carrasco, para teatro de cámara. Esa sala tiene 30 años de vida, pero jamás le pusieron un clavo; dejaron que se deteriorara. Tenemos pequeños talleres y el proyecto librería que es la primera en su género en la que solo o esencialmente se vende publicaciones nacionales. Tenemos una colección llamada Paralela, que tiene  o que da cabida a una serie de manifestaciones que en otros lados no pueden ser editadas.

¿Qué pasará cuando ya pasen a ser parte del Sistema Nacional de Cultura?
El Ministerio va a determinar la línea cultural dentro de la que tiene que desarrollarse cada institución, lo cual es terrible. Esas cuestiones verticales, son incluso peligrosas. Ahorita estamos en una democracia.

¿Estamos?
Sí, sí estamos. Pero de todas maneras esa democracia impone una línea de trabajo y ¿qué pasa si viene un  gobierno autocrático?

¿Pero hay sectores que catalogan a este régimen como autocrático?
No, no, ni de broma. No, pero mira piensa lo que es eso, un Ministerio de la Cultura al servicio de un gobierno totalitario. Piensa en lo que pasó en la época de Stalin… o si pasa lo que ha ocurrido bajo los gobiernos de carácter fascista. Es decir, la Cultura se pone al servicio de los intereses del régimen.

A usted le parece que eso no ha ocurrido ni va a  ocurrir...
Puede ocurrir porque la Constitución está facilitando las cosas.

¿Le parece?
Claro, no tienes  más que leer a partir del Art. 377 y ver todos los peligros que puede haber a futuro. Hay un historiador que publica precisamente en El Telégrafo y que dice que las alarmas fascistas son falsas. No son falsas. Es una persona que yo aprecio, pero que dice que al hablar de la autonomía de la Casa de la Cultura, esto de hablar de alarmas es una falacia. No es una falacia.

¿Usted y otros intelectuales han hecho alguna propuesta en este sentido al Ministerio?
No he tenido ninguna oportunidad de eso. Yo he hablado con Galo Mora, a quien respeto y quiero mucho y le he dicho, Galo, por favor, hablemos y él me ha ofrecido que se establecerá un diálogo.

¿Hace cuánto tiempo le pidió eso?
Hace una semana. Él dijo que sí, pero un diálogo a nivel de Ministerio. Porque lo que pasa es que los mandos medios yo no creo que estén en capacidad ni de decidir nada ni tienen una opinión muy clara de lo que está pasando. Nosotros, como Casa de la Cultura, tratamos de defender la autonomía. Estuvimos en Montecristi, hablamos con la gente de la mesa 7, que era la que discutía el asunto de la Cultura. Nos ofrecieron mantener aquello de la autonomía, luego el buró político borró la autonomía y quien tuvo que ver mucho en esto fue Tania Hermida que es una mujer de Cultura, pero que se cerró completamente en cuanto a la autonomía y que ha hecho algunas de estas declaraciones absurdas de que las instituciones que reciben fondos del Estado no rinden cuentas. Eso es absurdo, no sé de dónde lo sacan. Estamos obligados a rendir cuentas. Además estamos internamente presididos por un sentido de lo ético que es importante. Yo estoy en la administración cultural muchos años. Estuve 16 años en el Banco Central; nunca me faltó un centavo, y yo fui ordenador de grandes  gastos como por ejemplo una de las restauraciones de Ingapirca, o para obras en el parque arqueológico de Pumapungo. Hay que tener  consciencia de que se está manejando una plata  que no es nuestra, un dinero que es del pueblo.

María Paulina Briones
mbriones@telegrafo.com.ec
Editora de Cultura

Otros



Rss
Weather Image 28 ° Guayaquil, Ecuador Weather Image 16 ° Quito, Ecuador Ver más Powered By The Weather Channel