Patricia González, lleva 40 años como reina indiscutida del bolero. El miércoles pasado volvió con un concierto dedicado a Los Panchos.
Cuando siente el timbre desciende del segundo piso para abrir, ella misma, la puerta de su casa en Puerto Azul. Vestida con una blusa blanca de bordados, un collar, jean y sandalias esboza una media sonrisa, da los buenos días e invita a subir. Y ahí está ella. La que deja trozos de piel cuando sube al escenario (como hacía La Lupe y sigue haciendo Chavela Vargas), la que le dice enano a Manzanero en los conciertos, la que le dedicó Ojalá que te mueras a Lucio Gutiérrez, la que lanza pullas políticas en los conciertos y distribuye ella misma sus discos. La que se atrevió a decirle a García Márquez que no había leído sus libros, pues se había quedado en La pequeña Lulú.
Patricia González, la mujer de voz privilegiada y raro feeling a prueba de cursilería, tiene ya 65 bien cumplidos; es una mujer que odia que la llamen diva y que se ha paseado por el pasillo, el bolero y el vals peruano, dejando más su huella en el bolero. Una mujer que, según sus palabras, ha vivido intensamente y ha hecho lo que le ha dado la gana. Todo esto en una ciudad más bien conservadora (Guayaquil, la suya) en donde muchas veces la transgresión se paga caro.
Patricia es como La Estrella, aquel personaje creado por Cabrera Infante en sus Tres Tristes Tigres, que no necesitaba música, pues la música la llevaba ella adentro.
Ahora Patricia se ve relajada, después de haber dado el miércoles un concierto en el Centro de Arte dedicado a la música de Los Panchos. En noviembre tiene previsto presentar un disco con sus 20 boleros preferidos y ya planea convertir en disco su homenaje a Los Panchos, inclusive con el trío que hizo junto a Mirella Cesa y Beatriz Gil, sus “panchitas”.
Su conversación está salpicada de “carajos” (orgullosamente castizos) y a cada rato dice “ñanita”. O “ñanito”. Pero vaya uno a saber por qué, enseguida aclara: “Mi madre es una mujer que jamás dice una mala palabra, ni es una persona que tiene el temperamento de mi hermana o mío. Las dos tenemos un temperamento muy fuerte, de parte de lo que es González-Avellán”.
Dicen ciertos escritores que no existen las malas palabras porque estas son castizas.
Claro, para mí las palabras no existen, lo que existe es, ¿cómo te digo? Yo siempre he dicho que las malas palabras son una interjección, ja ja ja.
¿Usted se siente cómoda diciéndolas?
Me siento cómoda, por eso las digo. Porque yo siempre digo que no hay mala palabra sino mal interpretada.
¿Es verdad que una vez se encontró con Gabo y le dijo que no había leído sus libros porque se había quedado en La pequeña Lulú?
Me quedé en La pequeña Lulú. Y que le dijera eso le pareció fascinante. Porque Gabo es un tipo con mucho sentido del humor. Indiscutiblemente un premio Nobel como él… bueno, él es caribeño y yo soy de la Costa, entonces siempre hay una conexión entre eso.
¿Y es verdad que usted no lee o lo dijo por provocar?
Yo no, yo digo la verdad, yo no leo, porque tengo un problema muy grande, que es la dislexia. Entonces tengo problemas para leer, para escribir, a veces me trabo un poco, pero eso lo supe manejar con los años. Yo tengo 65 años muy bien vividos y si a mí mañana la parca me alcanza, me voy disfrutando absolutamente de todo lo que hay en este mundo.
Voy a atrapar al ocaso antes que sea ese pendejo el que me atrape a mí. Si la parca me alcanza me voy bien vivida.
Bueno, con 65 todavía no está para pensar en eso
No, pero tampoco estoy de 40, que quisiera. Mire, yo la vida la he sabido llevar, y es más, el otro día me preguntaron si sería una locura pensar en el retiro. Tengo una voz muy clara, soy una mujer que está entera, activa, pero todo comienzo tiene su final y yo voy a atrapar el ocaso antes de que ese pendejo me agarre a mí.
Usted se emparenta con el escritor colombiano Fernando Vallejo cuando habla de la “puta vejez”
¡Ah, sí!, es que esta puta vejez trae todo, a una se le cae todo… por eso es que hay muchas que se hacen esas cirugías y van como en un carro a alta velocidad, se estiran tanto que creo que...
Pero parece que usted se lo toma con humor, no la sufre
Por supuesto, no lo estoy sufriendo porque primero no me he hecho la cirugía en la cara. Ni creo que me la voy a hacer al paso que voy porque soy una mujer que guardo mucho las cosas que te trae la vida. Yo creo que una mujer de 65 ó 70 se puede hacer algo, pero no para quedar de 40.
Además del juego y la complicidad con el público que usted establece en sus conciertos también hay una serie de confesiones autobiográficas. ¿Por qué las hace?
Porque a mí me gusta contar. El público a veces no alcanza a conocer muy bien a su artista. Entonces a mí me gusta contar cosas para que a su vez tengan algo que contar de mí. Yo me río hasta de mi propio hermano, al que le dije el novio del año. Y de mi hermana que se pone a trapear a las 3:00 a.m.
¿Cuántos hermanos son ustedes?
Mi madre la primera vez se casó y somos tres González Avellán del primer matrimonio. No existen más. Vitucho, Patricia, la que habla y Fabiola, la viuda, ja ja ja. Mi madre, en segundas nupcias, se casó con un señor Abad Valenzuela. De ahí son mis otros hermanos, Abad Avellán, que son unas mellizas, María Auxiliadora y María Lorena, y también mi hermano John Abad Avellán. Otros parientes tengo porque no los puedo negar como Pedro al Señor, pero no los conozco.
Usted dijo que en el mundo había muy pocas condesas con el apellido González
Y además ahora, como el país está cambiando tanto, yo tengo un apellido tan corriente, que me siento de lo más contenta.
¿No tiene el riesgo de que le digan pelucona?
¡Jamás!, aunque me dicen por ahí...
Aunque lo sea...
Aunque lo sea, me vale un pepino. Yo no soy, ni quiero ser, pelucona.
¿Cuándo descubre su vocación por el canto?
Desde muy niña. Nosotros venimos por el lado paterno de una familia muy, pero muy musical. Mi casa quedaba en Luis Urdaneta y Escobedo. Cuando todavía vivía en el centro, yo vivía en una casa grande, donde creo que había más pianos que camas. Mi familia pensaba que yo iba a ser una gran concertista. Porque yo toqué piano desde los 4 años hasta los 12. Me sentaba a ver a mis tíos, a mi abuelo, me fascinaba el piano. Luego mi mamá nos cantaba y después llegaron Los Panchos, que fueron, creo yo, el boom del siglo pasado.
(Hace una pausa, sus ojos inquietos hacen un parpadeo intermitente y aclara que quiere repetir el concierto dedicado a Los Panchos, en jean y camiseta, y en un espacio más popular).
¿Lo haría en el Guasmo?
No, porque en el Guasmo no hay un teatro de verdad, que si lo hubiera, me fuera para allá. A lo mejor en el Centro Cívico, a lo mejor en el MAAC, que son sitios que abarcan otro precio. Otro público.
¿Nunca ha compuesto?
¿Para qué? Sería un desastre. No, yo tengo mis limitaciones, el componer es algo que requiere un talento maravilloso.
¿Lee música?
Yo soy empírica, pero como me dijo Gabo: una empírica de primerísima clase.
¿Qué bolero suyo prefiere Gabriel García Márquez?
A él le gusta Soy lo prohibido.
En la polémica entre Cuba y México, que se disputan el origen del bolero, ¿con cuál corriente se queda usted?
México tiene una característica musical maravillosa, de ahí nació Manzanero, Lara. Pero Cuba para mí tiene algo especialísimo, igual que Florencia es la cuna del arte, para mí Cuba es la cuna del bolero. Ese es mi concepto.
En Cuba, Patricia fue amiga de Isolina Carrillo, la autora de Dos gardenias; también de Marta Valdés, a quien llama su prima, pues es González, como ella.
Viéndola en el escenario, se creyera que usted nació en el, no para el, bolero. ¿Cuando era niña alguna vez tuvo coqueteos con otro tipo de música?
Cuando era niña mi mamá nos cantaba los boleros, y en mi casa, un tío mío tocaba música tropical. El otro tocaba clásicos, mi abuelo cantaba pasillos, mis primos cantaban boleros. Pero cuando alguna vez llegó a mis manos un disco de acetato de la cantante peruana (que yo la creía inalcanzable), Chabuca Granda, antes de que llegara a ser el éxito que llegó a ser, me dediqué mucho al vals peruano. Al pasillo me dediqué después.
¿Usted ha sido una mujer triste propiamente?
No, no, no. He sentido momentos tristes cuando he perdido un ser querido, como una tía mía, amigas que han fallecido, pero de ahí soy una mujer que no conoce la depresión. Es natural en mí.
¿Lo consigue con algún tipo de ayuda?
Eso es mío. De repente si me pongo con alguna pena, no dejo que me invada, enseguida me la sacudo. ¿Qué haces aquí, carajo? ¡Vete! Entonces cuando yo escucho que alguien tiene depresión, soy tan animal que yo digo “este se está haciendo”.
¿No cree que alguien pueda tener depresión?
No le creo porque nunca la he tenido. No entiendo, entonces yo de las personas huyo. Pero no por mala persona, sino porque soy incapaz de entender.
¿A usted le gusta en sus conciertos instar a las mujeres a que sean rebeldes?
Yo pienso que la mujer latina es muy dada a ser casi servil con los maridos. Yo estuve viviendo en Francia un tiempo. Yo iba mucho a comidas diplomáticas, y cómo te parece que las esposas de los embajadores se servían y el esposo iba por su cuenta y pedía la copa al bar. Y yo dije: ¿cómo es esto que en mi país los maridos se quedan bien sentadotes y van estas bobazas a llevarles la comida? Si ellos tienen las mismas piernas. Yo siempre trato no de levantarlas sino de hacerles conciencia de que ellos también pueden y deben caminar.
Ha dicho que no se considera una diva. Sin embargo, y a pesar de usted, tiene mucho de diva.
¿En qué cosa?
En ciertas actitudes. En lo que representa, en cómo maneja al público (y este le perdona todo).
Bueno, pero esa parte es mía y personal que yo trate así, pero en ningún momento se me ha pasado por la cabeza que eso sea para que me digan diva porque, vuelvo y te repito, esa palabra la detesto.
¿Y en el fondo que le digan diva no le da un poco de vanidad?
En lo absoluto, me molesta. Yo soy una persona muy creyente, católica, voy a misa, pero no comulgo ni me confieso. No porque viva en pecado sino porque soy una persona que tengo una vida muy abierta, viajo mucho y creo que aunque no comulgue no voy a estar al lado de Dios.
¿No cree en ese rito de la confesión?
No, no creo, no creo. En lo absoluto. Yo las veces que he comulgado ha sido, “Señor, quiero estar contigo. Tú sabes que no seré una Magdalena, tampoco soy una Virgen María, pero en todo caso te pido mil perdones, creo que voy a hacer uso de tu cuerpo para limpiarme el alma”.
¿Si la pusieran a escoger entre la Magdalena y la Virgen María, de cuál de las dos se sentiría más cerca?
De ninguna de las dos. La una, la Magdalena, muy atormentada, y la otra demasiado buena, que no está para mí. Yo estoy en la mitad, en el equilibrio.
Usted se jacta de ello. ¿Cuántos centímetros tiene en su garganta?
Yo no le debo sino a mi garganta, que son 5 cm, toda mi carrera. No le debo a ningún gobierno, a ningún mánager, ni a ninguna casa disquera. Cuando yo comencé a cantar me fui a una empresa que se llamaba Ifesa, pedí dinero prestado a un banco, contraté músicos, guitarristas, alquilé el estudio de Ifesa e hice mi disco. Yo misma iba y los vendía en una camioneta que tenía. Yo era todo. A mí no me afecta trabajar. En algún momento me tengo que jubilar y voy a poner un restaurante.
¿Le gusta cocinar?
Me gusta mucho la comida internacional. Risotto. Una carne, un buen pescado y una pasta. No más platos porque después de cinco platos todo es un mierdero. Yo vi en Londres un restaurante que se llamaba ‘Les amies’ (los amigos). Algo así quiero montar.
Va con usted, que le ha dado tanta importancia a la amistad.
Es que los amigos son lo que Dios me mandó. No tengo dinero.
Su amigo Gabo dice que escribe para que sus amigos lo quieran más. ¿Aplica en usted con el canto?
Si me llama un pobre para alguna fundación no le cobraría. Pero si me llaman mis amigos, a esos sí yo les adeudo la ternura. Para mis amigos yo sí soy todo corazón.
¿Cree usted que esta época es la del fin de la familia?
Sí, como la conocemos. Y del mundo también. Porque el mundo está totalmente distorsionado. Hasta el clima. Mira que esa noche (la del miércoles) llovió.
¿Por qué ha escogido Guayaquil, una ciudad pequeña, pudiendo vivir en Bogotá, Ciudad México o Miami?
Muy buena pregunta. Yo jamás he pretendido vivir en ninguna parte, y como no soy una megaestrella, yo quiero vivir en mi tierra, por eso me quedé aquí.
¿Ha vivido libremente en una ciudad que todavía no supera ciertos prejuicios como Guayaquil?
Porque a mí me valen un carajo los prejuicios. Así de fácil. A mí los prejuicios no me interesan. No cuentan para mí.
¿Ha sido afortunada en el amor?
Yo he sido muy afortunada en el amor. Tuve muchos enamorados, la juventud que tuvo toda persona, y era muy coquetona, y me encantaban los hombres bonitos.Tengo la satisfacción de haber sido muy, pero muy bien amada.
¿Le puso alguna vez límites al amor?
Yo creo que cuando tú pones límites a algo, ya deja de ser. Y un país con límites es una pendejada. Al amor yo creo que no porque si no, no hubiera tanto amor en el mundo, sea de gente que estando casado se enamora –de otra o de otro-, yo creo que las cosas con límites hay que hacerlas, pero no en el amor. El amor es libre.
Aunque en sus conciertos se desdobla y se vuelve irónica (sobre todo en temas de actualidad) en la entrevista prefiere la prudencia en cuanto a temas políticos y dice expresamente que no quiere abordarlos. “Es que yo no entiendo mucho de política”, dice la artista, quien prefiere centrarse en sus proyectos venideros.
¿Cuál será su próximo disco?
Es uno que se va a llamar Mis mejores veinte boleros. Es un disco que yo he vuelto a reeditar porque hay mucha gente que se ha quedado sin ese disco. Todos los discos que yo saco cuestan USD 5.
¿Cómo ve usted el hecho de que aquí haya tanta piratería?
Los piratas existen y yo siempre digo: los primeros piratas fueron las casas disqueras, que se comían al artista, lo explotaban al máximo. A mí me hace una gracia de ver que para ese tipo de cosas, que debe haber autoridad, o cárcel, se siguen vendiendo (los discos piratas). A mí no me molesta porque yo no soy Shakira, ni Luis Miguel. Yo soy una simple Patricia González que saco mis discos a USD 5 y los vendo.
¿Usted vive de su arte?
Yo vivo de mi arte, estoy muy complacida, muy contenta, a mí no me agrandan ni me achican, ni me interesan los trofeos. Yo no vivo de los trofeos, yo vivo de lo que canto.
Políticamente, ¿de qué lado se siente?
Yo no pertenezco a ningún partido, es más, me han querido tentar alguna vez y yo les he dicho: Mira, a mí no me jodas la vida, que a mí me gusta poner la cabeza en la almohada y quedarme dormida. Jamás me ha interesado, ni me va a interesar.
¿Cómo es su relación con las disqueras en Ecuador?
Es que no quedan, y nunca fui yo de las disqueras.
¿Cómo ve la relación entre el artista y las nuevas tecnologías?
Hay gente a la que le gusta eso, Ah, me tienen en Internet. Pero a mí no me interesa el Internet, no tengo ni celular, lo detesto. Me compré una computadora y se la regalé a mi sobrino porque no di pie con bola. Yo no quiero ni mail, extraño el correo, embarrar la estampilla y pegarla. Era muy lindo leer una carta de puño y letra de alguien.
¿Qué siente a sus 65 años que le falta por hacer?
Te diría que muy pocas cosas que ni siquiera las estoy pensando. Pero lo que quiero hacer ahora es este disco, La González le canta a Los Panchos. Incluido el trío con Beatriz y Mirella, hablando con ellas previamente. Y de ahí me quiero dar un buen paseo por Europa. En diciembre me voy a Madrid. El martes a Perú y luego a Estados Unidos.
¿Su fe le impide pensar en opciones como el suicidio cuando el tiempo pase y la vida se haga más onerosa?
No, yo tengo una familia tan maravillosa que no me siento nunca sola, ni me voy a sentir. Entonces esa parte de la vejez yo la dejo. Pero si algún día me toca el ‘alemán’ (Alzheimer) que me pongan en un sitio con una enfermera que tenga lo mismo, pues ellas se molestan cuando les piden cien veces la misma cosa.
¿Cómo es la historia de ‘señorita González’?
Hay gente que me dice Señora González y yo le corrijo, Se-ño-ri-ta. Ay, no lo cuides tanto, se va a oxidar, me dicen. Y yo digo: Es que el mío es de acero inolvidable.