Lleva más de 30 años de investigación rural en el país y en Latinoamérica, tiene decenas de publicaciones y ganó el premio Pío Jaramillo Alvarado por su trayectoria.
Cuando Manuel Chiriboga decidió estudiar sociología rural, su familia pensó que estaba condenado al hambre y desempleo de por vida, pero esa profesión, más su pos- grado en Economía, ambos logrados en la Universidad de Lovaina, Bélgica, le abrieron las puertas para una faceta de investigador a la cual le ha dedicado más de 30 de sus 57 años, y que le ha permitido estudiar las realidades y transformaciones del campo de nuestro país y de Latinoamérica.
Es un amante de los libros, gusto que cultivó –asegura- desde su niñez. “Mi abuelo Ángel Chiriboga, que era un militar, sin embargo, fue un historiador de prestigio y también fue diplomático, él me hizo conocer, a través de su investigación de la historia de la independencia, lo valioso del estudio e influyó en mi afición a los libros, aunque murió cuando yo aún era niño, pasaba mucho tiempo en su biblioteca”, resalta.
Nació en Cuenca (el mayor de 7 hermanos), pero vivió la totalidad de su niñez y juventud en el norte de Quito, estudió la primaria y la secundaria en el colegio privado-católico Spellman.
Es sobrio, de hablar pausado y voz tenue, de caminar lento. Viste informal, casi siempre con un abrigo o suéter. Su rostro dibuja fácilmente una sonrisa y se caracteriza por oír a los demás.
¿Cuándo surge el interés por la investigación, especialmente en el aspecto rural y agrícola?
Hay dos momentos que explican mi afición. Primero, me gradué de la secundaria a fines de los años sesenta, cuando había muchas revueltas sociales y sobre todo estudiantiles, frente a lo que poco después fue la dictadura de Velasco Ibarra (1968). Estaba claro que los regímenes democráticos que habían precedido a la salida de la Junta Militar del 64 no estaban enfrentando temas que para esa época eran cruciales, como la reforma agraria.
Segundo, vino la clausura de la Universidad Central (por orden de Velasco Ibarra) y tuve la suerte de conseguir una beca en la Universidad de Lovaina, Bélgica.
Cuando regresé al país, a mediados de los setenta, el movimiento campesino luchaba fuerte por la tenencia de la tierra y se produjo la masacre de los trabajadores del ingenio azucarero de Aztra, y en ese momento me vinculé a ese grupo del campesinado, que en ese tiempo se llamaba FENOC y que ahora es la Fenocin.
Durante la secundaria y universidad -reconoce- participó en protestas. Lanzó piedras a los policías desde la Universidad Central, gritó contra la guerra de Vietnam en Lovaina y rechazó en Davos, Suiza, una de las reuniones del Foro Económico Mundial.
Cuando se juntó con el movimiento campesino, ¿qué es lo que deseaba conocer, cuál iba a ser su aporte?
Tenía una aspiración académica, porque quería comprender cómo las grandes haciendas de la prerreforma agraria estaban transformándose, cuáles eran las que se disolvían, y por lo tanto, eran puntos débiles para ingresar y recuperar tierras. También quería conocer la diferenciación entre los campesinos, y esa era la gran pregunta que nos hacíamos con la gente que comenzamos a investigar, como Fernando Velasco, Francisco Ron y Rafael Guerrero, porque se estaba constituyendo un campesinado con posibilidades de salir adelante, especialmente aquellos que accedieron a la tierra.
Con base en esa investigación fuimos (con su grupo de amigos) construyendo una relación con el movimiento campesino.
¿Esa participación y cercanía con los movimientos sociales no le generó resistencia de sectores de derecha o del Gobierno de turno?
En la época de León Febres-Cordero era profesor de la FLACSO y por él, aunque no sé si de forma directa o indirecta, a mí y otros dos colegas nos botaron de la universidad por nuestro papel comprometido con los grupos sociales.
¿Ustedes dentro de la cátedra hablaban del desarrollo y de la lucha de los derechos de los pueblos?
Claro, era una academia comprometida, pero sin desmejorar la calidad de la investigación por objetivos políticos. Nosotros teníamos una militancia totalmente contraria al Partido Social Cristiano, y en ese tiempo habíamos sacado un libro que se llama Ecuador en las urnas, donde hacíamos una crítica a ese partido, que al final nos costó el puesto en la universidad.
¿Eso afectó su trabajo de investigación?
Se nos cortó la capacidad de hacer investigación en el marco de una institución, pero por suerte en ese mismo período se había constituido una serie de organizaciones dedicadas al trabajo agrario, y yo me involucré rápido a Centro Andino de Acción Popular, que había contribuido a formar años antes.
¿Lograron resultados con todo ese trabajo que efectuaron?
¡Ah, indudablemente que sí! Porque el fenómeno del latifundio no es solo una estructura económica, sino que es de control social y cultural de la población vinculada a la siembra. Entonces, a través del proceso de apoyo que dimos a los campesinos, logramos desarmar ese manejo que ejercía el sistema de hacienda, y se iba liberando la forma de pensar del campesinado que aprendió que tenía derechos, lo cual fue un cambio más importante que la misma reforma agraria. Fueron miles de beneficiados.
¿De las publicaciones que realizó, de forma individual o en conjunto, cuáles fueron las que más contribuyeron al proceso sociológico de estos sectores?
Una fue muy importante, salió un libro que sacamos junto con Alberto Acosta que se llama El mito del desarrollo, en esa publicación hice un artículo donde relevaba el papel de los campesinos y pequeños productores de los alimentos, eso tuvo una consecuencia de muy largo plazo en el término de la visualización del rol que tienen estas personas en el desarrollo del país.
También hubo un estudio sobre los movimientos campesinos e indígenas en el Ecuador, en donde identifiqué dos procesos, uno que denominé descentralización, porque no solo estaba el movimiento nacional sino organizaciones territoriales: provinciales y cantonales, y dos, ya en los ochenta, el inicio del movimiento indígena que en los noventa apareció totalmente.
¿En la década de los noventa continuó ese trabajo con las comunidades?
Ahí tuve momentos diferentes. Prioricé la investigación académica regional. Hice estudios sobre México y Perú, participé en seminarios en Brasil y en casi toda América Latina. Y comencé a comparar la situación agraria ecuatoriana con la del resto de países, lo cual me ayudó para escribir dos textos –con apoyo de otros colegas-: Desarrollo rural microrregional y Hacia una modernización democrática incluyente de la agricultura en América Latina y el Caribe.
Esta militancia lo llevó a vivir en varios pueblos del litoral, a su memoria le viene su estancia en Vinces y Baba (Los Ríos), en Zhumiral, aunque también vivió en sectores rurales de la Sierra, por ejemplo en zonas de Cayambe. “Más me dediqué al trabajo de la Costa”.
En cambio, su profesión lo condujo a Estados Unidos, donde fue invitado para ser profesor de la Universidad de Wisconsin durante seis meses. Estuvo en Costa Rica 6 años y pasó períodos más cortos (meses), en Argentina, Chile, Brasil, México.
¿En 1992 Estados Unidos comenzó a mirar a América Latina como mercado, entonces inició los acuerdos comerciales que buscaban el desmonte del sistema de protección de la agricultura. ¿Cómo fue asimilando eso en su trabajo?
En 1993 pasé en México tres meses investigando el sector agrícola y rural porque ya se hablaba del NAFTA (Acuerdo de Libre Comercio de Norte América). Entonces sacamos un libro con esos estudios y la idea básica que me formé fue que la fortaleza de las instituciones públicas para apoyar a estos sectores era lo que limitaría una afectación de estos tratados de libre comercio, que en el caso mexicano los potenciales riesgos estaban en el maíz, trigo, arroz y azúcar..
Hablemos del Tratado de Libre Comercio que negoció Ecuador con Estados Unidos. Usted, que era reconocido por su militancia con los grupos de izquierda, acepta ser el negociador agrícola de ese tratado vinculado con el capitalismo y la apertura comercial. ¿Por qué aceptó?
(Ríe) Hay momentos en la vida en que uno debe bailar con la más fea, así no le guste. Mi reflexión entonces fue mejor estar dentro de una negociación tan compleja, que no estar, porque si no la atendía con detalles, no se veían los productos sensibles y se implementaban políticas públicas, esa negociación iba a ser un desastre y eso me llevó a aceptar. Sabía que ese tema no era popular y que muchos de mis amigos me iban a criticar muy fuerte.
Ahora viene el porqué más grande. ¿Por qué aceptó ser el jefe de toda la negociación?
Yo había básicamente renunciado de la negociación en el gobierno de Lucio Gutiérrez porque no estaba de acuerdo con su golpe a la Corte Suprema de Justicia porque consideraba que era un acto dictatorial, pero vino el gobierno de Alfredo Palacio. En ese contexto, el ministro de Industria y Comercio Exterior, Oswaldo Molestina, me invita a participar.
Pero esa sí fue la decisión más complicada de mi vida, porque en la anterior me invitaron al tema agrícola, que era mi campo. Pero jefe negociador era un espectro más amplio, pero fui aprendiendo con los diálogos de las comisiones negociadoras y aprendo rápido, por supuesto, con dedicación, pues eran trabajos de 14 y 15 horas.
¿Cuando Estados Unidos se levantó de la mesa de negociación (mayo de 2005) del TLC por la decisión del Gobierno ecuatoriano de declarar la caducidad al contrato de explotación de la petrolera Oxy, sintió alivio?
(Suspira, ríe) Sí. Sabía que con esa decisión se paraban los diálogos y pensaba si el Estado ecuatoriana estaba listo para un tratado de tanta importancia, más aún con gobiernos relativamente débiles, creo que me sentiría más seguro ahora con este Gobierno donde veo una planificación.
Treinta años de investigación. ¿Cuándo recibió el primer reconocimiento?
En el mundo académico, uno recibe muchos reconocimientos. En 1987 fui nombrado coordinador de la Comisión de Estudios Rurales del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, para 1997 me nombraron miembro de la Coalición de Lucha contra el Hambre. Esos han sido reconocimientos importantes. También lo fueron las publicaciones que hice en el país y en el exterior: En Latinoamérica, Estados Unidos, Europa, y ahora en enero saldrá un libro con publicaciones mías en la India. Eso me da satisfacciones.
¿Y premios?
He recibido diplomas, menciones, pero el premio Pío Jaramillo Alvarado que me entregó la FLACSO (el pasado 8 de octubre) ha sido el más importante.
¿Cuáles son los profesionales o investigadores que más han influido en su trabajo?
Los autores de los cuales he tenido la influencia más grande son el americano Eugene Havens, que me impulsó mucho a la investigación, y un francés americano, Alain de Janvry, que es un profesor de la Universidad de Barclay, con el cual tengo una interacción más o menos constante; también está un boliviano-chileno, Alexander Schestman, que trabajó en la FAO y la CEPAL, que tiene muchas publicaciones en los aspectos agrícolas y rurales. Más reciente, Julio Berdegué, que ha hecho estudios sobre los nuevos actores en el sector agropecuario, pero ellos han jugado papel muy importante en mi formación.
Actualmente es el investigador principal del Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural y director del Observatorio de Comercio Exterior. Dedica más tiempo a su familia, pero su vida es la investigación y los libros, el campo y el desarrollo. Para ello lee, estudia, escribe y aconseja.