Con más de una docena de libros escritos sobre paisajes y gente de Ecuador, Jorge Anhalzer es fotógrafo, piloto, mecánico, cronista, asesor editorial y aventurero.
Una vez lo confundieron con el presidente de la República cuando se disponía a realizar un aterrizaje en su ultraligero (una pequeñísima aeronave parecida a las que se usaban en la Primera Guerra Mundial) que él mismo pilota por el país mientras toma cientos de fotografías. Lo esperaba una nutrida comitiva, pero al darse cuenta de que no era el presidente quien llegaba le pegaron un regaño y enseguida le hicieron cambiar a su aeronave el número de la serie. Otra vez quedó inconsciente después de un accidente, y en otra ocasión cayó en plena selva y salvó la vida gracias a los nativos, teniendo que dejar abandonada la nave a su destino aciago.
Si a algún personaje se parece Jorge Anhalzer (nacido en Quito, en 1959) es a Denis Finch Hatton, el aventurero que aparece en Memorias de África de Isaac Dinesen y que fue personificado en el cine por Robert Redford. Pero Anhalzer sonríe. “No, yo no puedo ser aquel aventurero porque él era alto, rubio y guapo, y yo no soy así”.
Así es Anhalzer, un tipo que no se toma muy en serio pese a su trayectoria. Él ha logrado, como nadie, combinar un interés por la naturaleza, la ecología, la geografía y las costumbres ecuatorianas con su trabajo como fotógrafo, guía de aventura, buscador de tesoros perdidos, cronista gráfico del Ecuador y camarógrafo. Colaborador y realizador ocasional de varios documentales.
Él mismo se autodefine: “Aunque enemigo de las etiquetas, los himnos, uniformes y otros tipos de encasillamiento, si alguna palabra se utilizaría para describir mi trabajo, quisiera que fuera simplemente la de cronista. Captador de imágenes de gentes y sitios más o menos recónditos, de hechos y paisajes bellos, y lamentablemente a ratos también de acontecimientos y sitios en peligro de desaparición. Pero en verdad lo mío, más que la fotografía, es la aventura, así comenzó y así continúa”.
Jorge Juan Anhalzer, casado, con tres hijos, vive en Laica, un pequeño pueblito cerca de Tambillo (a unos 40 minutos de Quito), en una hacienda construida por él mismo: de paja recubierta con lodo. Materiales que a simple vista no se notan para nada. El mismo Anhalzer sale a buscar a los visitantes al parque para conducirlos a la finca. Es un hombre que conserva un aire adolescente y distraído; viste informalmente y lleva chaqueta y zapatos cómodos.
“Yo me crié aquí”, comenta mientras llena sus pulmones del aire templado que corre esa mañana. “A Quito voy muy poco, solo para lo necesario. Así quemo menos combustible y le hago menos daño al planeta”, dice. Y en él eso no es una simple pose. No hay más que mirar las fotos de alguno de sus libros: Cuentos del Ecuador, Ecuador a vuelo de pájaro, Ecuador. Panoramas, entre otros, para darse cuenta de que este hombre, que nació con una montaña frente, lleva la ecología en su organismo como su propio ADN.
En su hacienda tiene una pista por donde despega en su ultraligero norteamericano. Y un huerto orgánico de donde salen las lechugas y coles que se sirven en el restaurante de su mujer.
Cuando ya no queda tiempo para el asombro es que Anhalzer pregunta: ¿Y cómo así vienen ustedes a entrevistarme?
Y hay que ensayar un raquetazo de coyuntura. Por su próximo libro (sobre paisajes de Perú), por los diez años de la revista (Terra Incógnita, de la que él es miembro del consejo editorial), para conocer más de su vida fascinante.
- Ah, bueno. E invita a pasar, después de que los tres Gran Danés desaparecen del panorama.
¿Podría hablarme de cómo transcurrió su infancia en Tambillos?
Bueno, yo me crié en un poblado de Tambillos que se llama Uyumbicho al que le otorgan cosas fabulosas e improbables. Pero como la palabra se ha desvirtuado a través de los años, no le encuentro un significado. Me crié con esa montaña enfrente que usted ve ahí: se llama el Paso Choa, que quiere decir “el viudo solitario”.
Usted vive aquí desde niño. ¿Nunca se ha despegado de esta zona?
Claro, viví una época en Quito por los estudios. Y pasé un año en Estados Unidos de educación superior. Más nada.
¿Cómo se vincula usted con esta fotografía de paisaje, tan telúrica?
Lo que pasa es que yo fui muchos años montañero, andinista, hay una historia larga. Cuando yo era niño la gente tenía la leyenda de que en ese cerro había oro, un jardín de mazorcas de maíz de oro. Y aquí se personifica la montaña y Paso Choa, que lo cuidaba, bajaba a oír misa el viernes santo en un pueblito de más allá y dejaba abandonado el maíz. Un grupo de vecinos se organizó para ir a robarse el maíz de oro. Según la leyenda el número de visitantes tenía que ser par. Ellos estaban impares, nadie quería abandonar el puesto y me fueron llevando a mí. No descubrimos nada. Después, poco a poco, me llevé una cámara.
¿Cuál fue su primera cámara?
Mi papá me regaló una Canon sencilla, con esa me quedé, me ha funcionado bien y me he portado fiel, ahí me he quedado.
¿Qué edad tenía?
Unos 16 años.
¿Aprendió la fotografía por su cuenta o tuvo algún tutor?
Yo soy totalmente empírico, y sigo aprendiendo. Como no he aprendido de golpe entonces me toca seguir aprendiendo hasta ahora, a gotas.
¿Usted cree que el haber nacido entre montañas le ha dado una personalidad especial?
Esa es una pregunta que es tan difícil responderse, ¿no?, ¿qué hubiera pasado si uno nacía en otro lado? No sé, de todas maneras es una suerte.
¿Pero siente que tiene algo de esas características que usted ha observado en ellas mientras les hace fotos?
¿Será que uno quiere proyectar lo que es en la montaña, o es la montaña la que lo influencia a uno? Esa línea es muy difusa.
¿Usted estaba un poco escéptico con dar el paso a la fotografía digital?
No, escéptico no. Uno de los miedos que tenía es que fuera demasiado tecnológico, y esa tecnología te iba a robar el romanticismo, o la parte artesanal, pero no fue así la verdad. Creo que la vacuna fue haber empezado con el rollo y volverte un francotirador de la fotografía, no usar una metralleta.
Usted dice que en nuestra tierra los volcanes sobresalen aislados. Y que las imágenes logradas solían ser retratos aislados de los volcanes, donde apenas se percibía la naturaleza circundante. ¿Tanto protagonismo se roban en las fotos?
Cuando empiezo a tomar fotos, mi cámara se va al volcán, que es la mayor fuerza en el paisaje. Inconscientemente aíslas al resto, que es tan importante.
Hay un viajero del siglo XIX (Frederic Shurtz) que vino al Ecuador a pintar cuadros, y logró integrarlos con los páramos, las selvas y los valles. Cuando vi las pinturas suyas me di cuenta de que eso era lo que quería hacer.
¿Como pintor?
No, como fotógrafo.
¿Se siente un pintor frustrado?
No, yo me he quedado en la fotografía documental, les envidio a los pintores que pueden recrear tantas cosas que uno no puede, pero cada quien con su lenguaje.
¿Cómo es la historia del zopilote, el avioncito que usted pilota y con el que toma las fotografías?
Es un avioncito... tú sabes la historia de El Telégrafo, que trajo el primer avión que voló en Ecuador (un avión biplano de los que se usaban en la Primera Guerra Mundial). Muy rústico, muy elemental.
¿Hace sus fotos desde ese avioncito?
Claro, todas las fotos de mi libro Ecuador: Panoramas son tomadas desde ahí.
¿Cómo se pilota un avión y se hacen fotos al tiempo?
Ya ese avioncito tiene experiencia y ya va por donde le dicen (ríe).
¿No es difícil?
No, no es difícil. Más difícil es hacer la vaina editorial de un periódico y ahí está que lo haces, ¿no?. Sí, hay gente que me ayuda, yo siempre hablo en plural de mi trabajo, detrás hay un montón de gente que me ayuda. Pero cuando vuelo por montañas tengo que ir solo.
¿Cómo logra reflejar la magnitud de los paisajes?
La intención es lograr eso: integrar la montaña con el paisaje circundante. Lo que hago es ir volando (todas las tomas son aéreas) y cuando llego al punto adecuado entonces hago un giro muy cerrado en el avioncito, y mientras voy girando voy tomando fotos, tatatatatatáááááá.
¿Cuántas veces perdió el control del zopilote y tuvo un mal rato?
¡Ah!, lo que pasa es que yo soy piloto como soy fotógrafo: empírico, y ahí aprendí de la manera mala. La verdad es que me caí algunas veces, me he revolcado. He perdido la dignidad y el orgullo y he quedado hecho lápida.
¿Desde cuándo lo pilota?
Desde hace 25 años.
¿A quién se lo compró?
Yo lo armé.
Armó su casa. Arma y pilota aviones. ¿Usted es como esos inventores que andan cacharreando aquí y allá?
No es que te inventas el avión pero lo compras desarmado y lo vas armando. Le haces cambios según tus necesidades.
¿Cómo empezó el interés por hacer libros?
Hace mucho años un amigo montañero vino con la inquietud: hagamos un libro sobre montañas. Y yo ya hacía fotos y las montañas son bellas, era una época en que no había muchos fotógrafos de montaña. Ahora hay más. Hicimos un libro y salió muy bien. Era sobre los Andes.
¿Ha recorrido todo el Ecuador?
Claro, todo el Ecuador. Hace dos meses estuvimos haciendo fotos de Perú, volamos hasta el Titicaca, en un mes, parando y parando.
¿Y cómo se portó?
Se fue y regresó. No tengo ninguna queja, oye.
¿Qué se necesita para ser un buen fotógrafo de paisajes?
Madrugar. Salir, caminar, ver. No puedes ser fotógrafo si te quedas en la casa.
¿Qué ha logrado usted con su fotografía?
Quiero creer que lo que he logrado yo con la fotografía es invitar a un número impreciso de gente a salir y conocer el original. Eso es lo que más me llena a mí. Cuando conozco a un muchacho y me dice que quedó impresionado con mis libros y que salió a conocer.
¿Más un motivador que un esteticista con la calidad de sus fotos?
Sí, quiero que conozcan y por eso desarrollan un cariño, un amor. Y porque quieren, protegen. Porque si no conoces... Hay un problema muy grande y es que la gente no conoce el país. ¿Entonces cómo lo va a proteger, entender y a querer? Yo acabo siendo un cronista de cosas que se van. Yo he llevado a mis hijos a conocer sitios en que yo estuve hace 20 años, y ya no existen.
Eso dice Al Gore, en el documental Una verdad incómoda.
Pero eso es Al Gore que ya tiene su edad y habla de su abuelo. Yo hablo de la misma experiencia mía hace 20 años. Y ya no existen.
A ver, dígame alguno.
¡Oye!, cantidad de sitios. Hablando del campo nomás, la cantidad de haciendas fastuosas y señoriales -joyas arquitectónicas del país- ya no existen; las han tumbado.