El teatrista que levantó el festival de Manta
Nixon García, actor, director, dramaturgo y gestor cultural confiesa su pasión por la escena, a la que descubrió mientras coqueteaba con la militancia política.
En Manta se respiran olores políticos, olores a los que él ahora no les presta atención. Su mente y -¿por qué no?- su cuerpo son del Teatro, le pertenecen a él ahora más que nunca. Ocurre lo mismo en esta época desde hace 21 años. Nixon García es la cabeza del Festival Internacional de Teatro de Manta y aunque prefiere hablar de una labor en equipo -él y La Trinchera, el grupo que en 1987 empezó a dirigir- no hay pieza de las jornadas escénicas que no se engrane sin su supervisión.
El Teatro posee a este manabita desde los tiempos en los que lideraba el colectivo cultural del colegio 5 de Junio. De eso hace ya casi tres décadas. Luego vino La Trinchera, en el 83, y con ella un sacerdocio teatral que no parece tener intención de abandonar. Convirtió a Rocío, su mujer, a las tablas, a toda su familia y ahora el teatro está en su mesa, su cama, su patio… Lo vive y lo respira antes de correr el telón y se lo lleva a la calle después de que el Chusig (su centro de operaciones y su laboratorio escénico) cierra sus puertas.
El dibujo de una sonrisa -motivada por el recuerdo de otros tiempos- le prende fuego a su rostro macizo y casi inexpresivo. Mientras recibe a las visitas, los teléfonos, convencional y celular, invaden el silencio de su oficina tapizada con los afiches de las primeras ediciones del festival. Entonces, abandona el gesto amable, se enfunda el traje de “cabecilla” y su voz serena adopta la firmeza de la de un general.
Fue creyente en alguna época, pero Lenin, Marx, Descartes… lo llevaron hacia la izquierda y se “deformó” cuando era un adolescente. “Ahora no voy a la iglesia, no creo en el dios de los católicos ni en el de las otras religiones; tengo mi propia concepción de la vida y de Dios”.
Sin remilgos se confiesa de izquierda. Estuvo vinculado con los socialistas y con el Partido Comunista, pero pronto los abandonó por el teatro, así como dejó su carrera de abogado solo en la inscripción de un cartón.
Sin maestros ni mayores referentes que le marcaran el camino, se convirtió en el motor de la escena teatral manteña. El trabajo ha sido cuesta arriba. Lo reconoce y lo asume. Pero él sabía las reglas del juego desde la época en que, sediento de conocimientos, se marchó a Quito, compartió un pequeño departamento con ocho amigos, junto a quienes entre otras cosas “pasó hambre”.
En el camino se encontró con Arístides Vargas, director de Malayerba. Él fue uno de sus primeros mentores y aún lo es.
¡Todo por las tablas! se oye desde la trinchera de Nixon García. Y la batalla es en la gestión cultural -además del Festival de Teatro Internacional de Manta organiza cada año las Jornadas Culturales Infantiles y el Encuentro Manta por la Danza-, en la dirección teatral y en las obras con las que se toma el tablado.
La trinchera empezó su actividad escénica con la representación de obras costumbristas y realistas, pero también había mucho de sátira política. Cuéntenos un poco de eso.
El grupo tenía una visión política, propia de la época. Todos éramos muy revolucionarios, de hecho, Bolívar Andrade, profesor del 5 de Junio que formó La Trinchera, era miembro del partido socialista. Sin duda llevamos esa revolución a las tablas, de pronto por ahí también viene el nombre del grupo.
Recuerdo que en época de campaña nosotros satirizábamos a los políticos y todas las obras desde entonces hasta ahora tienen una reflexión política o una posición ideológica de grupo. Esa visión se mantiene aún. De pronto ha cambiado en la forma de manifestarse, porque ahora ya no hacemos el teatro tan panfletario de los inicios. De hecho hay una interpretación y una elaboración artística muy compleja, pero desde entonces mantenemos un criterio ideológico.
¿Conserva vinculaciones con algún partido, tras varios años de militancia política?
Con ninguno. Me considero de izquierda si se entiende de izquierda a una persona sensible, solidaria, humana, consecuente con su gente y que está en contra de un sistema capitalista.
Ahora ahondemos en su trabajo creativo. La elaboración de las obras parte de un trabajo de laboratorio, en el que la escritura dramatúrgica se deriva de la práctica sobre el escenario. Es un método que exige mucha disciplina y que ya no es muy común...
Desde siempre hemos trabajado bajo esta modalidad. Muy pocas veces trabajamos sobre obras de autor. Nuestras puestas en escena toman como base textos que no necesariamente han sido escritos por nosotros, pero que sí nacen de nuestra investigación.
Arístides Vargas ha escrito algunas obras, yo he escrito otras, pero siempre hemos procurado desarrollar una dramaturgia en la que el producto teatral no nace del papel o de lo que ya está escrito, sino que surge del trabajo de la investigación y la confrontación en el escenario. Se escuchan propuestas hasta que se llega a una obra que no necesariamente está terminada con el estreno.
Dirige tres festivales escénicos al año, da clases en la Escuela Municipal de Teatro, es la cabeza de dos grupos: uno universitario “Contraluz” y otro profesional “La Trinchera” ¿cuál es su fuerte?
La dramaturgia, la dirección, la producción y la organización de los eventos.
Pero ¿cómo se define?
Siempre digo que soy un teatrista. Y teatrista para mí va más allá de subirse al escenario, es la persona entregada al Teatro totalmente. Yo creo que encajo en esa definición porque: vivo por el Teatro y desde el Teatro.
Hablemos de vicios. ¿Cuál es el suyo como dramaturgo?
Pues que cada texto que llega a mis manos lo reelaboro, lo reescribo. Eso lo hago con Contraluz, y con La Trinchera.
¿A qué obedece esa reelaboración?
Obedece a la necesidad de lo que quiero hacer. Por ejemplo, como dramaturgo quiero decir cosas que de pronto el texto literalmente no aborda, pero sí el subtexto, entonces junto con el grupo nos introducimos en una obra desde lo que no está literalmente.
¿Cómo sobrevive el grupo a la cotidianidad?
Hemos tenido muchos problemas que van desde crisis grupales hasta otro tipo de obstáculos que han hecho peligrar la vigencia de La Trinchera. En el 92 fuimos al festival de Caracas y a raíz del viaje hubo divisiones internas. Eso generó la salida de Raymundo Zambrano, uno de los fundadores de La Trinchera.
Llegamos a pensar que el grupo se disolvía, pero regresamos de Venezuela y nos replanteamos.
También hemos tenido crisis de pareja. Mi esposa y yo nos dedicamos al Teatro y lo llevamos a todas partes, entonces a veces nos harta. Este arte nos ha quitado y nos ha dado mucho. Ha sido el que nos ha unido y nos ha separado.
¿Puede el Teatro separar?
Sí... (Hay un marcado tono de obviedad en su respuesta).
¿Cuándo?
Cuando no sabemos diferenciar nuestra vida teatral con nuestra vida familiar y llevamos los problemas de un campo al otro.
Una vez que se apagan las luces y baja el telón ¿cómo vive el Teatro?
Conversando con la gente, pensando qué voy a hacer mañana, leyendo obras. Cuando se apagan las luces del escenario vengo a la oficina y aquí también hay Teatro por hacer; al día siguiente tengo clases con niños y jóvenes y también hago teatro... En fin, siempre hay un entorno teatral en todo sentido.
¿Se puede vivir de las artes escénicas?
Yo soy feliz en el Teatro. No se puede ser rico con esto, pero sí se puede vivir dignamente. Quizá no puedas vivir de la taquilla, pero el Teatro no solo es eso. En nuestro caso nos inventamos todo, proponemos a distintas entidades talleres, funciones y tenemos mucho trabajo. Lo que pasa es que bajo el pretexto de ser actores no podemos ser marginales.
Entonces, ¿hay que adaptarse al sistema?
No, no se trata de eso, porque podemos ser contestatarios, tener nuestra visión y nuestra manera de entender las cosas y hacer que eso se respete y se dignifique.
¿Cómo ha logrado incluirse e incluir sin perder el norte?
Siendo consecuentes con lo que hacemos, siendo mejores actores, mejores artistas, manteniendo una disciplina a prueba de todo. Cada día nos proponemos lograr que la gente vea nuestro trabajo y diga ¡ah! ellos nos están atacando políticamente, pero lo hacen bien. Lo que queremos es que valoren lo artístico de la propuesta..
Ustedes como grupo reciben apoyo de varias entidades. ¿Cómo han logrado mantenerse sin ceder a las presiones?
No hemos permitido que se nos presione y menos bajo la premisa de ‘les damos esto pero a cambio de esto otro’. Nosotros hacemos hincapié en que si el Municipio o la Prefectura dan dinero para un festival o una obra, no nos lo da como una limosna, sino que el grupo con ese dinero está haciendo algo que ellos tienen la responsabilidad de hacer.
¿Alguna vez han dejado de recibir apoyo por esa postura?
Sí, fue hace algunos años, en una de las pocas veces que el gobierno intentó apoyar económicamente al festival, a través del Ministerio de Educación y Cultura. Nosotros le planteamos al Ministerio el proyecto, pero después vino un delegado de esa cartera y quiso hacer un acto de entrega. La cantidad era una cosa tan mínima que aquel funcionario pudo haber gastado más en sus viáticos para llegar hasta acá.
¿Y qué hicieron?
Le dijimos que se lleve su dinero, porque no queremos limosnas.
Usted se ha confesado de izquierda. ¿Cómo ha manejado esa ideología desde las tablas?
La ideología está y no está. No necesariamente está implícita. Es como una manera de entender la vida, como una filosofía que se manifiesta en la creación de los personajes, en los diálogos y hasta en las imágenes de una puesta en escena. Pero ocurre que el actor no lo racionaliza, quizá el director o el autor sí, pero el actor lo que hace es asumir esa carga ideológica desde su realidad. Nosotros respetamos mucho eso porque no somos un partido político y no imponemos nada.
¿Qué elementos se mezclan en la filosofía de Nixon García?
Yo conocí la televisión cuando tenía diez años de edad. En mi pueblo, Pichincha, se contaban cuentos y no había energía eléctrica, solo una planta de luz que se prendía a las 6 y se apagaba a las diez. En ese entorno muy tradicional de cercanía con el ruido, con los animales... fue en el que yo me crié y eso me ha marcado, ha sido mi sustento. Lo otro, que es la Literatura, lo adquieres después, por lo que lees.
¿De qué manera resumiría su tradición teatral?
Cuando estuve en un taller con Eugenio Barba, en Brasil, por el 95 o 97, él nos dijo que resumiéramos en tres líneas nuestra tradición teatral. Yo tenía que recurrir a todos los autores que había estudiado. Y escribí algo así como Becht fue la cortina que corrí, Stanislavski la ventana que abrí, Meyerhold fue el sol que empezó a entrar por la ventana y María Escudero, Arístides y Charo Francés fueron los que me empujaron.
Fátima Cárdenas
fcardenas@telegrafo.com.ec
Reportera - Guayaquil
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