Tomada de la edición impresa del 24 de agosto del 2008

FOTO: Alejandro Reinoso

Arturo Villavicencio.

Arturo Villavicencio: El ecuatoriano que compartió el Nobel con Al Gore

Es uno de los científicos que trabajó en el panel sobre el cambio climático con el ex candidato presidencial. Después de residir muchos años afuera, Arturo Villavicencio regresó al país para trabajar por él.


No apabulla a su interlocutor haciendo gala de su formación científica, ni de su premio. No es estridente en su forma de hablar; sus gestos más bien son tímidos, reservados, como de sabio distraído. 

Lejos de las cámaras y las grabadoras, el lojano Arturo Villavicencio, de 57 años, único Premio Nobel ecuatoriano, tiene un acento que fue influido  -inevitablemente-  por varias partes del mundo en las que desarrolló su profesión de investigador.

Trabaja hoy en una pequeña oficina de Secretaría Nacional de Planificación y Desarrollo (Senplades), que no tiene adornos; donde solo hay una computadora, un archivero y un escritorio. Ahí elabora el Plan Nacional de Desarrollo 2022 y un proyecto de energía renovable para Galápagos, aunque prefiere hablar de su afición secreta, el jazz.

Arturo fue uno de los miembros del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (Intergovernmental Panel on Climate Change), al que le otorgaron, en 2007, el Nobel de la Paz, junto al estadounidense Al Gore, que se encargó de promocionar el proyecto en foros y el documental llamado, una verdad incómoda.


¿Por qué se vinculó a esa lucha por la defensa de la naturaleza?
Empecé trabajando en el campo de la economía y la energía. A partir de los años ochenta y noventa, cuando comienza una preocupación sobre los problemas ambientales, se nota que el desarrollo energético tiene impactos. Hay la constatación de que el petróleo contamina y la hidroelectricidad altera el entorno por la construcción de las grandes represas. Yo no era ecologista. No había estudiado economía ambiental, pero empecé por cuestiones prácticas de mi trabajo a adentrarme en esos temas. Luego, especialmente por la cuestión del cambio climático, entré en ese campo y empecé a investigar sobre el tema.


El cambio climático era un tema muy lejano para la gente ¿En qué punto se develó que era un problema grave para la humanidad?
Empieza en los años ochenta, cuando comunidades científicas en diversos centros de investigación comienzan a alertar al mundo de que es muy posible que la atmósfera se esté calentando. Que haya una interferencia de las actividades humanas en este proceso. Antes no se había pensado en algo así. Nadie creía que era posible que los humanos afectáramos al clima. Debido a esa controversia, las Naciones Unidas, por medio de su  Asamblea General, deciden crear el Panel Intergubernamental del Cambio Climático, que estaba compuesto por profesionales de todos los campos.
Se lanzaron reportes cada cinco años. En el tercer y cuarto informe, ya no se admiten ambigüedades, sino la certeza de que hay incidencia de las actividades energéticas, industriales, agropecuarias y del uso de combustibles fósiles.


¿Cómo pudieron constatar con pruebas que eso estaba sucediendo?
Los fenómenos climatológicos cada vez se hacen más intensos. Asoman de repente los huracanes y sequías prolongadas en ciertos sitios. Hay inundaciones más frecuentes y más severas. Asia, Australia y África producen menos alimentos y eso ocasionó una crisis respecto a la alimentación. 


¿Y en Ecuador el cambio climático ya nos afecta?

Todavía en Ecuador no podemos decir cómo nos está afectando. Hay una variabilidad climática que no está fuera de lo normal, pero Naciones Unidas, junto con el Ministerio del Ambiente, han investigado el tema mediante modelos que anticipan lo que podría pasar. Y se ha podido comprobar que tanto los niveles de lluvia como deslizamientos de tierra afectarían al país en el futuro.


¿Usted cree que en el país y el mundo esta realidad se puede cambiar?
Es un problema social muy grande. Ya se está hablando de refugiados ambientales, poblaciones que tienen que desplazarse. Una isla del Pacífico ya tuvo que ser evacuada. La gente se está quedando sin tierra donde vivir. Algunas islas de la Micronesia están destinadas a desaparecer. El cambio es irreversible y hay que hacer adaptaciones. Otra medida es mitigar, es decir, hacer menos severos los orígenes y las causas.


¿Cómo?
Consumir menos energía. Eso nos lleva a pensar que los países del norte tienen que cambiar su estilo de vida; dejar de consumir, porque los productos están incorporados a un sistema que necesita energía para generarlos. Ya no es posible, estamos saturados.
Imagínese si  China o la India alcanzaran las cifras de motorización que tiene Estados Unidos o Alemania, donde hay un vehículo por habitante, se aceleraría la catástrofe


Pero si en Ecuador y el resto del mundo, cada vez tendemos más a imitar el modelo de vida que tiene Estados Unidos…
Exacto. Ese es el problema. Las clases medias y altas en los países en desarrollo cada vez tratan de consumir más. De imitar ese modelo de vida. Cuando el objetivo sería lo contrario. Tratar de evitar esos esquemas de desarrollo de los países del norte, que son parcialmente los causantes de este problema.


¿Cómo cambiar la percepción de la clase media, entonces?
Llevará tiempo. Una posibilidad es a la fuerza. (sonríe). Que haya una catástrofe en la que vayamos tomando consciencia. Otra es que entendamos antes que hay que convivir con la naturaleza, respetarla. Nosotros somos pasajeros, vienen generaciones nuevas y hay que dejarles algo. 


¿En su vida personal qué ha hecho para contribuir a contrarrestar ese proceso?
(Un largo silencio en que baja la mirada) Una pregunta bastante difícil. (Risas). El objetivo de mi vida no ha sido acumular riqueza. A lo mejor podría haberme dedicado a realizar actividades más lucrativas. No digo que me he sacrificado, pero sí me he llevado por lo que dice un autor norteamericano: “La mayor ambición de un ser humano es dejar el mundo, aunque sea una millonésima de milímetro, mejor de cómo lo encontró”.
Entonces es necesario un receso en el que cuenta que nació en Loja. Que desde niño se inclinó por las ciencias puras. Que por esas casualidades de la vida ganó una beca con la que se formó como matemático, en la antigua Unión Soviética. 
No quiere hablar mucho de su vida. Más bien le preocupan las burlas respecto “a los capítulos del buen vivir que se propone en la nueva Constitución”. Esa idea dice ya se discutió en Europa desde hace muchos años. “Es que la finalidad no debe ser consumir, sino vivir en un sistema más justo”.


¿Qué percepción tiene de la nueva Constitución en cuanto a los artículos que se refieren a la parte ambiental?
No creo que la Constitución sea, como se dice, de grandes principios o de temas que pueden ser hasta un poco líricos. Tiene puntos muy concretos que van a normar nuestra conducta en los próximos años.


¿Cuáles, por ejemplo?
Uno de ellos es el tema de los transgénicos, porque se prohíbe su uso en el país. Pueden ser la bomba nuclear de la ecología con catástrofes de las que poco se conocen los efectos. Respecto a la polinización usted tiene una planta transgénica y puede contaminar a cultivos que no son transgénicos. El maíz tradicional se contaminó en México. En Argentina, los productos transgénicos evolucionaron en una súper mala hierba, que comienza a diseminarse en todo el campo. Y como son productos diseñados para ser muy resistentes a los herbicidas y pesticidas, no hay cómo controlarlos.


Pero en Europa se pueden consumir productos transgénicos…
Europa prohibió la importación de ese tipo de productos y tuvo una gran discusión desde hace unos cinco años o más con los Estados Unidos, que quería exportar transgénicos.  La Comisión Europea llevó el asunto a  la Organización Mundial del Comercio. Me parece que se flexibilizó totalmente la introducción de estos productos, pero fue por las grandes presiones de Estados Unidos y detrás de ellos, todas las grandes transnacionales de la alimentación (Monsanto, Aventis). Hay un interés de un grupo de corporaciones por controlar el mercado mundial de la agricultura y de la alimentación.

¿Hay algún antecedente de un país que  haya prohibido transgénicos como Ecuador?  
Le doy el caso de Zambia, un país del África muy pobre que hace algunos años estaba en una situación muy grave de hambruna. Estados Unidos les quiso enviar maíz transgénico y en Zambia no lo aceptaron.

Cuando llegó al Laboratorio Nacional de Energía Risoe en Dinamarca, para trabajar en algunos proyectos, pensó en adquirir un auto, pero el tiempo le enseñó que era más agradable transportarse en bicicleta y por varios años optó por esa alternativa. Arturo logró ser escogido entre mil científicos europeos del centro en el que trabajaba. En 1996 fue designado representante de Dinamarca ante el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.


¿Por qué regresó al país, si había logrado algo importante con el Panel?
Cuando fui a Dinamarca pensé quedarme unos pocos años. Dos, tres años, máximo. Pero era tan interesante el trabajo que fui postergando el regreso. Adquirí una residencia y un trabajo permanente. Nunca tuve la intención de emigrar. No porque sea chauvinista, no se me había ocurrido nada más. Y bueno, ya pasó mucho tiempo (13 años) y creí que había acumulado experiencia y conocimientos para poder contribuir con el país 


En Dinamarca, ¿existía respeto para la naturaleza?
Sí, en ese país desarrollaron una conciencia ambiental muy grande. Es un país muy pequeño, son islas, quizá debe ser por eso que están muy desarrollados en el tema. En los años setenta, ellos tuvieron un referéndum igual o muy parecido al que vamos a vivir nosotros y decidieron decirle no a la energía nuclear, que se veía como la salvación económica del planeta. Había ocurrido la primera crisis con el petróleo y se aceleró todo el programa de centrales nucleares en Europa. Suecia construía centrales y Francia tenía el plan más ambicioso. Por todos los lados proliferaba la energía nuclear y en un país pequeño no optaron por lo que se ofrecía. Al final, el tiempo les dio la razón. 

¿A usted  le parece válida la lucha del ecologismo más activista?
Totalmente. Me parece que debe ser más combativo y más radical. Recién empezamos en ese sentido. Recién se creó una conciencia de que la naturaleza es parte vital de los humanos.

¿En Quito puede funcionar un sistema de bicicletas como alternativa?
Vamos a llegar a la fuerza a eso. Va a llegar un momento en que como el tráfico está creciendo cada vez más, la ciudad saturará el espacio disponible. En Quito los distribuidores de vehículos están felices porque venden cada vez más autos. Todavía no llegamos al nivel de Lima o Bogotá, pero estamos dando pasos agigantados para alcanzarlas.

Arturo recuerda que a finales de los años sesenta hubo un problema de sequía que desplazó a los habitantes de Loja “a El Carmen Santo Domingo y después toda la parte oriental y hasta se formó Nueva Loja. Eso fue toda una tragedia de la que no se ha escrito nada, ni se le ha prestado la atención debida”. Son muchos años que no ha regresado a su tierra natal.


¿Por qué no volver a Loja?

Voy a volver este mes, porque mis ex compañeros del colegio Bernardo Valdivieso me han invitado.
Hace muchos que no he ido.
Dicen que ganaron un premio ecológico reciclando basura y eso es bastante.

¿Sus hijas siguieron su mismo camino?

Una de ellas (Eva, de 33 años) se quedó en Dinamarca. Hizo su vida ahí (es ingeniera en biotecnología). La otra (Ana, de 29) está viviendo en Hawaii y trabajando en asuntos de medio ambiente y política.


¿Es verdad que usted dijo alguna vez que cree en la reencarnación?

No, es algo que escribió un periodista que se confundió. Yo dije en broma que en algunos lugares sentía que estaban mis antepasados. Soy ateo. Aunque no creo que valga aclarar eso…


De todos los sitios en los que desarrolló su profesión ¿cuál fue el que más le impactó?
He visitado países exóticos, extraños y diferentes. En la India experimenté un shock visual, auditivo y del olfato. Me impresioné al visitar ruinas de civilizaciones antiguas como Cambodia, Angkor, donde conocí La Ciudad Perdida. Ahí vivía gente que tenía nuestras mismas aspiraciones y necesidades y de pronto llegaron a un nivel y colapsaron. Me hice una pregunta, entonces: -¿A nuestra sociedad le va a pasar lo mismo?.

Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero

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