Tomada de la edición impresa del 10 de agosto del 2008

FOTO: Carlos Pozo

Alicia Yánez Cossío fue, durante muchos años, sinónimo de feminismo.

Imágenes

“Nací rebelde y contestataria”

La escritora ganadora del premio Espejo repasa episodios de su vida. Grupo de Guayaquil, Cuba y otros flashazos de pura memoria.

 
Debe ser tedioso recibir a un periodista tras otro. Todos indagando, redundando, buscando algo que ya se ha dicho… Flashes fotográficos por todo lado y cámaras de televisión buscando captar en un minuto, más de cuarenta años de letras. Por fin, Alicia Yánez ha recibido el premio Espejo. “Ayer quisieron hacerme recitar un poema de mi último libro. ¡Pero si mi último libro es una novela!, dice. Y pese a su molestia, aún ríe frente a esto. ¿Más fotografías? Y en seguida, algo así como una broma flemática, sale de su boca. “Con esta cara, ¿qué foto artística va a conseguir?”.

Su figura pequeña, los cabellos canos, los lentes y su andar parsimonioso, la disfrazan de la “abuelita de cualquiera”. Detrás de esa imagen aparentemente frágil está una mujer de letras y de personalidad firme. En su voz algo pausada y ligera, el peso de los años (casi ochenta) no se revela sino en ciertos recuerdos esquivos. Los nombres. Le cuesta –o no desea- encontrar entre sus archivos ciertos nombres de escritores, lugares, o gente que pasó por su vida.
Quizá porque es una persona solitaria y le gusta que sea así. Siempre disfrutó de su introspección, incluso desde niña. “Llegaban las vacaciones y lo que anotaba en los calendarios eran los días horribles en los que tenía que salir a alguna cosa”. También lloraba cuando tenía que ir a una fiesta con sus hermanas, pero una vez ahí, disfrutaba de bailar. Boleros.

Alicia Yánez Cossío fue, durante muchos años, sinónimo de feminismo. Muchas de sus novelas -Yo vendo unos ojos negros, la más evidente- exaltaban la nueva posición de la mujer en la sociedad, por allá en los setenta y ochenta. Hoy, sin embargo, como una especie de mea culpa, dice lamentarse de lo que el abandono del hogar ha producido. Quizá los años han taimado el ímpetu de entonces, lo cierto es que demuestra un arrepentimiento propio y ajeno, por haber pensado que algún día esta sociedad sería mejor, con mujeres libres y económicamente independientes.

Sin embargo, se consuela: “Mis hijos jamás podrían reclamarme por haberlos dejado a un lado por la literatura”. Ella crió a los cinco y pese a que tuvo que trabajar en tiempos difíciles, se dio abasto para todo. Durante el día se dedicaba a la familia y la casa, y por las noches a escribir… hasta ver la luz del día, muchas veces. Y así, un día –siendo una perfecta desconocida- envía en 1971, la que sería su novela más aclamada (Bruna, Soroche y los Tíos) al premio literario de diario El Universo. Gana. Y se sorprende de sí misma. El resto es historia conocida.

La escritora dice vivir una especie de retiro en el que la ausencia de experiencias, la han hecho refugiarse en los libros, y de ahí sale su pasión por la historia. Dialogar con Alicia Yánez Cossío es hablar de su mundo privado y sus recuerdos…

Por fin ha ganado el premio, después de varias nominaciones…
Sí, durante más de siete años, me parece. Mi candidatura ha sido solicitada especialmente por grupos de mujeres dedicadas a clubes literarios, lo cual yo creo bastante importante, ya que son las agrupaciones que más conocen de literatura.

Hace una pausa y dice no conocer exactamente la cantidad que recibirá. “Es una suma jugosa… me servirá para pagar mis deudas”. Luego ríe, aclara que es una broma y asegura no deberle a nadie. Alicia hace evidente su desconfianza, sabe que a veces habla demasiado y lo recalca. “Esto es mejor que no lo ponga”, dice de cuando en cuando.

Uno de sus méritos ha sido el dedicarse a la investigación histórico-biográfica para recrear varias de sus novelas…
Me interesa mucho este campo. Cabe mencionar el caso de García Moreno, que me ha servido para ser criticada duramente por algunos sectores fanáticos de la iglesia. Desde que salió esta novela (Sé que vienen a matarme) se han dedicado a atacarme, pero yo soy en el fondo una persona bastante inofensiva.

Por desacralizar la imagen de García Moreno…
Exactamente, incluso alguien -a quien prefiere no mencionar- perdió la cabeza cuando supo que estaba nominada a este premio y empezó a llamar a todo el mundo para que me saquen de la terna en la que estaba junto con Paco Granizo y Euler Granda.

No lo lograron, obviamente…
(Ríe)

Santa Marianita de Jesús o Cuxirimay, esposa de Atahualpa, son personajes históricos femeninos que ha usado narrativamente ¿qué característica novelable ha encontrado en estas mujeres?

En general, desde la primera novela que escribí (Bruna, Soroche y los tíos) hago hincapié no en la mujer juzgada y humillada, sino en la mujer luchadora que es capaz de salir adelante. Esa es la tónica de la mayoría de mis novelas. Quisiera aclarar algo: un medio capitalino me pone que he escrito diez novelas…

¿Y cuántas ha escrito?
Doce, y quizás es el mayor número de novelas que ha escrito un ecuatoriano. Además de cuatro libros de relatos, cuatro de literatura infantil y tres de poesía.

En varios personajes de sus novelas hay un evidente choque con la religión, ¿a qué se debe?
Lo hay porque me eduqué más de doce años en un colegio de monjas, pero tuve una madre de una mentalidad amplísima, que nos enseñó a dudar y cuestionar. Además yo creo que nací rebelde y contestataria.

¿Cómo se manifestó esa rebeldía en sus primeros años?
Fue una reacción a mi discalculia (una especie de dislexia con números). Nunca pude hacer las cuatro operaciones básicas. De hecho, los primeros años de escuela fui tomada por retrasada mental… eso me sirvió para refugiarme en las letras.

Y con la rigidez de la educación de aquella época…
Era tremenda y más que todo, absurda. Yo pedía explicaciones y me hacían callar. Desde esa época empecé a dudar y a cuestionar los dogmas.

Alicia escribe desde muy joven. Nada pudo callarla, al parecer. Sus primeros poemarios datan de 1950. Apenas salió del colegio, recibió una beca para estudiar periodismo en España. Allí conoció a su marido, el abogado y también escritor cubano Luis Campos Martínez. Vivieron un tiempo en Madrid y luego fijaron residencia en Cuba.

Usted vivió la época de transición entre la dictadura de Batista y la Revolución Cubana, de hecho salió de Cuba por este motivo ¿no es cierto?
Apenas triunfó la Revolución vinimos a Quito porque esos días fueron muy duros y crueles. Yo necesitaba un descanso ya que aquello me tenía los nervios destrozados. Acá todos nos decían que no regresáramos, que eso era comunismo. Era el año sesenta.

¿Su esposo era socialista, apoyaba la revolución?
Sucede algo curioso. Él  fue compañero de Fidel y no le agradaba su forma de ser, porque había visto que iba a clases armado.

(Por un momento duda si es correcto hablar de esto. Luego, cambia de tono y revela: “la fidelista era yo”). De hecho, llevó propaganda revolucionaria de un lugar a otro mientras los “casquitos”, el ejército de Batista, perseguían cualquier brote sedicioso.

¿Regresaron?
Pese a que la propiedad privada desaparecía y pasaba al nuevo gobierno, mi esposo dijo: Si Cuba va a ser el único país del mundo donde habrá igualdad entre ricos y pobres, no me importa que me quiten lo que tengo. Entonces volvimos. Esta actitud no era exclusiva de de él, mucha gente de clase media-alta pensaba igual. Tal era el amor a la revolución.

Sin embargo, cuando volvimos, fuimos recibidos con “alfombra roja”. Pensamos: ¡qué pasa! Éramos los únicos que retornábamos, todos se iban.

Un año les tomó volver a salir de Cuba, con la ayuda del gobierno ecuatoriano, y gracias a que a alguien se le ocurrió decir que su marido iba a dictar en Ecuador conferencias pro-revolución. Fueron una de las pocas familias en salir completas. Su tono empieza a debilitarse cuando habla de esta etapa de su vida; recuerda a su empleada doméstica a quien ayudó a salir. “Ella nunca llegó, posiblemente naufragó”. De repente y con un tono tajante: ¡Ya no hablemos más de Cuba!

Solo una cosa más… Usted escribió un libro de cuentos, “Retratos Cubanos” con vivencias de aquella época…
Yo escribía todo lo que estaba sucediendo porque pensaba –en ese entonces- que era único y extraordinario. Lo hacía con fechas y nombres, con suma precisión. La segunda vez que salimos, supuse que era algo peligroso llevarlos conmigo, entonces los escondí en la biblioteca de mi esposo.

Hay un silencio, mira a su alrededor y señala sus libros ubicados en grandes estanterías, en la sala. “Mi marido siempre tuvo grandes bibliotecas”. Allí hay de todo, literatura ecuatoriana, norteamericana, rusa, enciclopedias y colecciones. Todas con los lomos algo raídos. Son libros antiguos, muchos tendrán más de cincuenta años. Arrimados a ellos se encuentran algunas placas y reconocimientos. Y un diente de marfil mediano…

Continúa: Esa biblioteca al poco tiempo, pasó a ser pública y allí deben haberse perdido los manuscritos. Luego de treinta años sentí la necesidad de volver a escribir sobre aquello. Esos cuentos ya no tienen la fuerza de la vivencia inmediata, y en ellos trato de no poner de manifiesto ninguna tendencia ideológica, sino transmitir aquello que viví.

¿Tuvo algún contacto con el ambiente literario cubano de esa época?
Ni en ese entonces, ni ahora con el de acá. Siempre he considerado que la literatura es la actividad más solitaria que existe.

¿De dónde sale ese realismo mágico manifiesto en Bruna…?
Hay una influencia de José de la Cuadra y Demetrio Aguilera Malta, que son, quizás los primeros escritores que exploran el realismo mágico. Por lo tanto no hay por qué decir que tengo influencia de García Márquez, cuando los escritores del grupo de Guayaquil son anteriores, y varios manejaron este estilo extraordinariamente.

¿Qué otras influencias reconoce en su obra?
Mucho de la literatura norteamericana. Por ejemplo, William Faulkner, yo leí casi todas sus obras.

¿Y de ecuatorianos, además del grupo de Guayaquil?
Disfruté mucho de “Polvo y Ceniza” de Eliécer Cárdenas. Con Pedro Jorge Vera fuimos jurado del Premio Nuevos Valores de la Novela. El concurso era para menores de treinta años y yo tenía una pena terrible porque creía que ese libro no podía ser escrito por alguien de esa edad.

Pero lo era...
Pues sí, y de hecho llamamos a Cuenca a comprobar. También he disfrutado con los libros de Byron Rodríguez, y los autodenominados “generación del desencanto”.

¿Y de mujeres?
No pongamos nombres… pero creo que hay un gran movimiento femenino, y me estoy actualizando. El problema es que cuando yo escribo, no leo.
Rocío Carpio
mcarpio@telegrafo.com.ec
Reportera-Quito

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