Tomada de la edición impresa del 03 de agosto del 2008

FOTO: Gustavo Veloza Posada

Clara Rojas, la “escudera” de Ingrid Betancourt, dice que la libertad es visión personal, pero no hablará de nadie, ni de la guerrila.

Imágenes

“Con tolerancia podremos restablecer los lazos de amistad”

Clara Rojas, la “escudera” de Ingrid Betancourt, que estuvo 6 años en poder de las FARC, y tuvo un hijo en cautiverio, habla de su vida y del nuevo “hijo” que espera.

 
La primera imagen de Clara Rojas para este reportaje, fue en el salón de belleza del Club de Comercio de Bogotá. Ella, muy femenina, muy puntual, se acicalaba, pero no en demasía, apenas lo suficiente para mostrar a flor de piel lo que ella es: sencilla, independiente, inteligente, sensible y muy humana. Luce tranquila, sosegada. Acude a la cita con este diario sin prevenciones y en cada respuesta abre su memoria y su alma. Sin temores habla de frente para transmitir su felicidad, primero por ser madre y segundo porque goza de la libertad.


“Sí, dígalo sin rodeos, estoy feliz con mi hijo y con la libertad. Estoy radiante de dejar atrás las cadenas del secuestro y de empezar una nueva vida”, dice riendo, mientras la acaricia la suave brisa que en ese momento sacude el jardín primaveral del club donde Clara atendió a El Telégrafo.


Como sabe que el diario es ecuatoriano, dice que le encantaría ir a saludar al presidente de la República, Rafael Correa, y que si en sus manos está colaborar para mejorar las relaciones entre Colombia y Ecuador, no dudaría en hacerlo.


“Ya está bien de estar peleándonos. Hay que reconstruir un clima de confianza, que el presidente Correa confíe en los colombianos. Ante todo, somos hermanos, pero ahora hay que bajar las espadas de los odios. Ya es hora de hacer algo por restablecer las relaciones entre los dos países”, dice convencida.


Rojas lleva seis meses recorriendo el mundo, desde que recobró su libertad, pero a ella le parece un tiempo muy corto para lo que quiere hacer con su vida. A todo instante, por seguridad y por privacidad, pero más por timidez, Clara Rojas quiere dedicarle cada minuto de la vida a su hijo Emmanuel.


“No ha sido fácil estar a su lado porque siempre me está llamando para algo, pero en lo que puedo me gusta estar al lado de  mi hijo. Es un niño muy sensible, pero muy cariñoso e inteligente-, manifiesta mientras en su rostro se dibuja la imagen maternal de la mujer que hoy luce transformada. Si por ella fuera, quisiera hablar a cada instante de su hijo, de las diabluras que hace en la casa, del futuro”.


Sin embargo, sabe que la vida tiene otros ingredientes que debe afrontar para poder transmitirle a su hijo la seguridad de crecer en un hogar donde nada le va a faltar.


El rostro de esta mujer, menuda y ágil, se ilumina cuando habla de su madre, Clara González de Rojas. Aquella mujer que durante seis años luchó para que ella volviera a ser libre. La mujer bonachona que aparecía en los noticieros de televisión, transmitiendo la dignidad de los secuestrados, y que nunca perdió la compostura y altivez para reclamar por su hija y su nieto.


“Mi mamá es lo máximo de esta vida. Ella es una mujer sencilla, pero echada para adelante. Y fíjese, parece una mujer endeble por su enfermedad, pero ya quisiera yo tener su vitalidad. Ella es una parte importante de mi vida porque gracias a su comprensión puedo disfrutar de una familia para mi hijo”, sostiene Clara, quien  suspira de alivio al recordar a esa gran mujer, que es su madre.


Pero dándole una vuelta a lo que es la realidad de Clara Rojas, ella se  prepara para ser otra vez madre. Sí, parece increíble, pero ya tiene seis meses de gestación y se alista para un parto que debe llegar en enero del 2009.


Ese nuevo bebé no es de carne y hueso, sino que está hecho de letras: es su libro, ese otro hijo que hoy la mantiene ocupada hasta el amanecer de cada día.


Para lograr que ese parto llegue como está planificado con sus editores, Rojas ha tenido que luchar con un gran enemigo que le sigue los pasos, incluso desde que permaneció secuestrada: el tiempo.


“En cautiverio uno quiere que el tiempo pase rápido. Los días son una verdadera rutina, donde a veces se caminaba hasta quedar rendidos y otras veces permanecíamos quietos, encadenados, esperando a que pasara el tiempo. Allí un día de secuestro es un siglo de vida. Y hoy cada minuto que paso en libertad, lo valoro como si fuera el último de la vida”, dice mientras piensa en esos seis años que pasó alejada de sus seres queridos, obligada por las cadenas y la terquedad de una guerrilla que perdió el rumbo entre la manigua.


Ella, con su impaciencia que le brota a ráfagas, quiere hablar de su libro, que es como una fuente de agua que hoy le inyecta una alta dosis de vitalidad para seguir con su vida y dejar atrás esa parte de su pasado…


Hoy, con la sensibilidad desplegada en todo su ser, descubrió, que tiene facilidad para escribir como para incursionar en el mundo de la literatura.

 

¿Por qué un libro?
Porque quiero mostrarle al mundo, mi vivencia como mujer secuestrada. Quiero dar a conocer mi visión, sin atacar a nadie, sin hablar mal de mis compañeros de cautiverio.

 

¿Es fácil escribir un libro sobre ese hecho que ha marcado su vida, tanto en la vida personal como pública?
No es fácil escribir un libro, pero como siempre he sido una gran lectora y algunas veces escribí publicaciones académicas, entonces he retomado esa senda. La verdad es que no quería escribir, sino dedicarme a mi hijo y empezar a construir un futuro, pero la editorial francesa me buscó y me convenció. He acudido a algunos amigos que me han dado indicaciones sobre algunos pasos que debo dar como escritora, pero sobre todo ya he adquirido la disciplina para trabajar en el libro.


En su cautiverio tomó notas para luego transformarlas en un libro?
Si, varias veces tomé anotaciones, pero me tocó quemarlas, unas veces por seguridad y otras por miedo. Un mes antes de recobrar mi libertad, tenía unas anotaciones, pero los guerrilleros me dijeron que debía quemarlas porque de pronto se iba un mapa que describiera dónde estábamos. Pero afortunadamente mi Dios nos da una capacidad de memoria, en la que guardamos las cosas que luego queremos contar. De allí es que estoy sacando todo lo que va a salir en el libro.

 

¿De qué va a hablar?
Hablaré de lo que significa para mí la libertad. Es mi visión personal, pero no hablaré de nadie, ni de la guerrilla. Yo ahora sé y estimo cuánto vale la libertad sin estar atada a las cadenas. Por eso no descansaré en trabajar para que mis compañeros queden libres de esas cadenas-, sostiene. (Sobre este aspecto, Clara indica que en el poco tiempo libre, sigue trabajando en causas o iniciativas que conlleven a obtener la libertad de las otras personas que todavía permanecen secuestradas por las FARC).

 

¿Cuál es su opinión sobre la situación actual de Colombia?
Es una apreciación muy positiva, tanto en el aspecto político como social. Colombia es un país que a pesar de sus dificultades y problemas sociales, va hacia delante, pero es indudable que debe mejorar sus relaciones con los países vecinos.

 

Con Ecuador, por ejemplo...
Sí, es claro. Yo sé que el presidente Rafael Correa es un hombre con un gran corazón y él está en capacidad de abrir sus brazos hacia este país hermano. Yo sé que con un poco de tolerancia y esfuerzos podemos reestablecer esos lazos de amistad que siempre hemos tenido.
Sobre Ecuador puedo comentarle que alguna vez cuando estaba en Londres antes de mi secuestro, entré con unos amigos a una de las pocas discotecas de salsa que había en esa ciudad. Allí conocí a un ecuatoriano que confundí con un colombiano porque bailaba muy bien, al ritmo de Celia Cruz. Con esto quiero decir que a los dos países, como al resto de latinoamericanos, nos une la cultura, la música y las raíces. Eso no lo puede cambiar nadie.

 

¿Cómo conoció a Íngrid Betancourt?
(A Clara Rojas vuelve y se le ilumina el rostro al recordar a su gran amiga de tantas luchas…)
La conocí mucho antes que ella se metiera en política, porque compartimos trabajos y amigos. Lo que más me llamó la atención de ella fue su temperamento y su impaciencia por cambiar al mundo. Eso fue lo que me motivó a seguirla. En realidad fue ella la que me metió en la política entre 1991 y 1992.

 

Ahora sé y estimo cuánto vale la libertad sin estar atada a las cadenas. Por eso no descansaré en trabajar para que mis compañeros queden libres

¿Qué vio en el movimiento Oxígeno que la hizo tomar su ideología y convertirse en asistente de Ingrid?
Vi un movimiento independiente que se fundó mucho después de ser amigas. Me pareció que era una corriente nueva, fresca, que se identificaba con mi forma de ser, autónoma, independiente y segura de lo que hago.

 

En el momento del secuestro, las autoridades le habían advertido a Íngrid y su comitiva que no debían meterse por esa zona, pero ella no hizo caso y fue secuestrada. ¿En algún momento usted le advirtió que lo que harían era una verdadera locura?
A Íngrid le di la información necesaria que tenía a mi mano. Me preocupó su seguridad, pero aún así decidí acompañarla al sitio donde luego nos secuestraron. Lo que pasó ese día era, como el comercial, es que estábamos en el lugar equivocado en ese momento.

 

Cuándo el periodista Jorge Enrique Botero sacó su libro “Últimas noticias de la guerra”, y habló por primera vez del pequeño Emmanuel, el hijo que usted tuvo con un guerrillero, su familia lo negó y se armó un gran alboroto en Colombia. ¿Qué opina ahora?
Mi familia leyó sobre ese tema, pero en una entrevista con la revista Semana, mi mamá dijo que si su hija había tenido un hijo, ella nos recibiría con los brazos abiertos y eso lo cumplió, porque fue lo primero que hizo cuando recobré la libertad.

 

¿Cuándo usted estuvo secuestrada pensó en algún momento en quitarse la vida?
No, no lo pensé en ningún instante porque creo que la vida es lo más hermoso que nos ha regalado mi Dios. Tuve momentos de depresión, pero mis compañeros de cautiverio me levantaban el ánimo diciéndome que debía vivir para criar a mi hijo. En realidad mi hijo se convirtió en un verdadero motor para mi vida, de allí el compromiso con la vida. Mi hijo es lo máximo.
Él, Emmanuel, me salvó la vida, porque gracias a su existencia, pude seguir adelante para luego recobrar mi libertad.

 

¿Si Íngrid mañana decidiera fundar otro movimiento político, usted volvería a trabajar con ella, o las penurias del secuestro acabaron con sus aspiraciones políticas?
Cada día trae su afán. Yo prefiero tomar las cosas con calma y esperar. Ahora estoy desarrollando mi vida de escritora. Pero hacia adelante necesito analizar las cosas que se me presenten.

 

¿Usted cree, como escribió el columnista Antonio Caballero, que la única alternativa que le queda a Uribe es aferrarse al poder?
Yo no lo creo, el presidente de Colombia, Álvaro Uribe, tiene muchas alternativas.

 

La verdad es que no quería escribir, sino dedicarme a mi hijo y empezar a construir un futuro, pero la editorial francesa me buscó y me convenció

¿Le conviene a Colombia otra dosis de Uribe o ya es hora de que se vaya?
Por fortuna Colombia ha demostrado ser un país democrático. Yo creo que las urnas son las que deciden. Esta es una sociedad que evoluciona y la mayoría son los que deciden, así lo establece nuestra Constitución.

 

¿Este secuestro le hace pensar que en Colombia no vale la pena la política?
Yo nunca he pensado eso. Yo creo que la política va ligada al ser humano, en cada actividad que realizamos. Cualquier decisión que tomamos tiene que ver con la política, y eso sucede en Colombia o en cualquier lugar del mundo.

 

Por último, Clara, cuál es su mensaje para el pueblo ecuatoriano…
Que les tengo un inmenso cariño, y que los admiro como un pueblo noble, valiente. Para todos los ecuatorianos va mi inmenso cariño…

Gustavo Veloza
gveloza@telegrafo.com.ec
Corresponsal en Bogotá

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