“Con el tiempo he aprendido a cerrar la boca”
Entrevista a Enrique Gil Calderón.
En el marco de las fiestas de Guayaquil, va a recibir la condecoración al Mérito Cultural por parte del Concejo Cantonal junto a otras personalidades de la ciudad como el escritor Miguel Donoso Pareja y los artistas plásticos Yela Loffredo y Enrique Tábara, ¿cómo recibe el galardón y qué piensa, en general, de las preseas? (el reconocimiento se lo dieron el viernes 25 de este mes).
Primero quiero decirte que esto me causa mucha gracia, porque como la gente sabe que me voy a morir, me hacen homenajes, me otorgan preseas, hacen conciertos en mi nombre y me dan flores y demás. Pero ese cariño acumulado es hermoso, no puedo quejarme. Me siento muy mimado en esta etapa de mi vida. Pienso que la actividad coral está siendo reconocida a través de mí y eso me halaga muchísimo. Los premios son símbolos, nada más... bueno, aunque hay premios económicos que ayudan mucho, sobre todo en momentos como el mío, cuando uno gasta muchísimo dinero en medicamentos, en transfusiones.
Pero este premio está justificado, son 45 años dirigiendo coros y 30 años al frente de uno de los festivales más importantes de la región...
Sí, es la época de recoger lo que se ha sembrado. No siempre fue todo color de rosa. Ahora la gente que llega al festival es muchísima. No solo repletan el teatro principal, sino -además- los otros espacios en los que ofrecemos conciertos como las facultades de la Universidad de Guayaquil, los CAMI (Centro de Atención Municipal Integral) y el MAAC (Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo). Pero al principio, cuando formé mi primer coro, el Coro de Cámara de Guayaquil, nadie sabía lo que era la actividad coral en esta ciudad. Costó mucho formar un público cautivo. Además, yo era muy bocón, no me importaba decir lo que pensaba a quien fuere, entonces tenía muchos enemigos. Imagínate, tenía todo en mi contra, era lindo, agradable, talentoso y era el promotor de una actividad que antes no existía. Me odiaban. Con el tiempo he ido dejando la vanidad a un lado. Y he aprendido a cerrar la boca.
¿Por eso se produjo la primera gran división de su coro, a los 10 años de trabajo?
Eso fue por otras confusiones. Yo hablaba de más desde mucho antes, por eso, quizás, es que no me dediqué al teatro, porque aquí no pasaba nada bueno en ese ámbito en la época que yo quería ser actor y yo hubiera dicho mucho. Fui muy amigo de Ernesto Suárez (el argentino que fundó el célebre grupo El Juglar), con él siempre hablaba de que lo que estábamos haciendo cada cual en su área, era simplemente, empezar, es decir, recién sembrar algo, no implementar un aparataje artístico.
A su criterio, ¿cuál es el estado de la música de Guayaquil en este momento?, me refiero a la académica, en general; y, en particular, a la coral
¡Huy! Ya te dije que he aprendido a cerrar la boca. No quiero enemistarme con nadie, ja, ja, ja. Imagínate si te digo ahora que ningún conservatorio, ni particular ni estatal está por el camino correcto, me ganaré un montón de enemigos. Al margen de la broma, creo que la Orquesta Sinfónica ha mejorado mucho desde que Davit Harutyunyan está al frente de ella, aunque aún tiene problemitas. No hay orquesta perfecta, claro, pero esa Orquesta es una buena vitrina para saber que el movimiento musical de Guayaquil ha mejorado. En cuanto al movimiento coral, hay muchos coros buenos y hay otros pésimos. Y gran parte del problema tiene su origen en que los directores no han tenido buena formación. En la música, como en otros ámbitos artísticos, hay muchos farsantes. Pero eso es lo de menos. Es muy difícil hablar mal de un coro, porque se hieren muchas sensibilidades de quienes ahí cantan. Decirle a un corista que su director es malo, que no logran un buen ensamble como grupo, es como clavarle una daga. Quienes no han cantado en un coro no saben las pasiones que se mueven en ese ambiente. Insisto, es un verdadero acto de amor cantar en un coro, con todo lo que implica el amor, con toda la intensidad que arrastra el amor, por eso mi teoría es que mientras más coros haya, no importa qué tan buenos sean, significa que hay más gente cantando, o sea más gente está siendo feliz.
Bertha Díaz
Editora - Cultura
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