El maestro Enrique Gil Calderón, festeja sus 45 años como director coral y está próximo a celebrar la trigésima edición del festival internacional de coros que fundó.
Enrique Gil Calderón se desplaza desde el patio de su casa hasta su habitación. La escalera de por medio no es precisamente su cómplice, pero sí de quien desea fijar en la retina una primera imagen actual de este hombre que hizo de Guayaquil una ciudad donde el movimiento coral bulle, y que últimamente lucha contra una feroz enfermedad. La pijama que lleva puesta no lo hace lucir, de ningún modo, como aquel tipo que es un histrión en escena. Más bien, parece que “Kily” -como lo llama la gente del medio musical- hubiese hecho un pacto con la fragilidad.
En medio de la corta caminata, quien es hijo del célebre escritor Enrique Gil Gilbert y de la pintora Alba Calderón, lanza un saludo casi al aire y pide que se lo espere unos minutos. En pocos menos de lo supuesto, el músico sale de la habitación con una camisa semiabierta y un pantalón de vestir. En el borde de las escalinatas y como si hubiera dejado botada debajo de la cama a la leucemia con la que carga desde hace varios meses, suelta coquetamente: “¿estoy listo para la foto?”... La sonrisa de ‘dandy’ le ilumina el rostro al director del coro de la Universidad de Guayaquil, quien baja los pocos escalones que lo llevan a la sala principal de su casa. “Kily” luce ahora con la fortaleza de un roble. No hay cabida para la primera imagen.
... Suena el primer acorde:
¡Recién salido del hospital y con ese semblante! (tres días antes del diálogo, el músico había estado internado)
Sí, porque no fui al hospital por una recaída real, sino porque agarré una infección. Cuando uno tiene esta pendejada, debe estar atento a todo. Por lo menos, yo ya me acostumbré. Una vez a la semana me hacen transfusiones de plaquetas, de sangre y listo. La enfermedad no me da problemas, solo que provoca que me salgan estas manchas (se señala unas que tiene en los brazos) que me hacen parecer un leproso -suelta una carcajada-. Pero esas son tonterías. Bien saben mis amigos: yo estoy bien, solo que tengo leucemia.
¿Parece que no hace caso a los coqueteos de la enfermedad, de la muerte?
¿Para qué? Todos debemos morirnos. No he conocido a alguien que haya cumplido, al menos, 200 años. Yo ahora no le tengo miedo a la enfermedad porque no me ha vuelto decrépito. Si me hubiera vuelto un inútil, quizá le temiera.
Entonces, ¿no ha dejado de dirigir el coro?
No. ¡Jamás! Ahora estamos ensayando mucho porque el 11 de agosto inicia el Festival Internacional de Coros. Son 30 años los que cumplo con el Festival este año. La gente me ha dicho que debería hacer algo diferente por el aniversario, pero me negué a eso porque el concepto filosófico del festival está establecido desde hace mucho, así que pensar en una función sinfónico coral, por ejemplo, hubiera sido caer en el show y yo no he buscado eso. Nuestra realidad es hacer música ‘a capella’. El festival es una reunión de personas que están felices de cantar, no de hacer espectáculo. Es gente que canta y farrea -suelta otra carcajada-. Por eso el nombre del festival es perfecto “El canto coral hermana a los pueblos”.
¿Quiere decir que la clave para que un espacio artístico se mantenga vivo radica en establecer un concepto filosófico?
Sí, sí, claro, aunque la verdadera clave está en hacer todo con amor, pese a que suene cursi. El canto coral es un gran acto de amor.
¿Cómo se enamoró de los coros? Usted viene de una familia de gente de letras y de plástica, no precisamente de músicos.
Mi papá cantaba espantoso. Oía un ‘la’ y reproducía un ‘re’. Mi mamá cantaba mejor, pero tampoco sabía mucho de música. Lo que sí es cierto es que ambos disfrutaban de oír buena música y fue por eso que me motivaron siendo niño para estudiar en el conservatorio. Enseguida me fasciné por la música coral. En la adolescencia formé parte del Coro de Cámara Guayaquil, que dirigió el maestro Rayki.
¿Cuándo dejó de ser cantante para convertirse en director?
Eso ocurrió de modo un poco azaroso. Tenía 23 años y ya un par como comerciante. Imagínate, había dejado la música por las ventas. Me iba muy bien, ganaba entre 3.000 y 3.500 dólares mensuales vendiendo maquinarias. Trabajaba con Miller Martínez, Heinz Moeller, entre otras personas, hasta que repentinamente mi papá me dijo que me había conseguido una beca para estudiar dirección coral en Moscú, a través del Partido Comunista. Y fue así que nos fuimos con la Parra (en referencia a la soprano Beatriz Parra, su primera esposa), a estudiar en la Unión Soviética.
¿Su padre no esperó nunca que fuese un hombre de letras?
Lo único que él esperaba es que yo no sea un burgués, con todo lo que implica serlo. Si alguien ha tenido apoyo de sus padres -y del destino-, ese he sido yo.
Y su madre, ¿no lo intentó acercar a las artes plásticas?
Sí, pero de un modo natural. Es decir, me hacía partícipe de su proceso creador. Yo me acuerdo que me llevaba al barrio Garay, que quedaba muy a las afueras en esa época. Ella iba para allá para retratar las casas de la zona. Recuerdo que llevaba todo su material a cuestas y yo la veía pintar. A mí eso no me parecía nada del otro mundo. Mi mamá simplemente pintaba. Incluso, nunca le presté mucha atención a lo que conversaba con su mejor amiga, Aracely Gilbert. En la infancia no tenía conciencia de que yo oía las charlas de dos de las más grandes pintoras del país de todos los tiempos.
Ya que menciona a sus padres, cuénteme de esa ‘otra’ formación que tuvo, la que le llegó por parte de ellos, esos dos grandes intelectuales y férreos militantes del Partido Comunista.
A mí me da risa pensar en mis padres como intelectuales. Claro, lo eran y luego descubrí cuánta suerte tuve por nacer de su unión. Tampoco fueron intelectuales, para mí, sus amigos con los que también me crié, me refiero a los escritores del Grupo Guayaquil. Me acuerdo que nos íbamos a una hacienda. Si supiera la gente, ellos jugaban como niños, a las escondidas, por ejemplo. Ahí estaban siempre Aracely Gilbert, Alfredo Pareja, Demetrio Aguilera y Joaquín Gallegos Lara (escritores), Carlos Zevallos Menéndez (arqueólogo)... Con ellos aprendí que el ser intelectual es solo un accesorio.
Así como la relación con las artes se tejió de modo espontáneo, ¿se formó naturalmente su vínculo con la izquierda?
Mis padres eran izquierdistas, claro, y yo no pude zafarme de eso. Pero con el paso del tiempo estudié el marxismo por mi cuenta y pude comprobar si era o no correcto simpatizar con él. El resultado es que me convertí en un marxista, leninista y materialista dialéctico. Lo único que no hice, como todo hombre de izquierda, es ser disciplinado. Ciertos sibaritismos que se me presentan en la vida me lo impiden (ríe entre dientes).
Por cierto, tiene fama de buen cocinero...
Sí, me gusta cocinar, pero sobre todo me gusta probar. También he sido un gran borracho, ja, ja, ja.
Un degustador de sabores...
Sí, de todos los placeres carnales, de TODOS, ja, ja, ja. Y no podría decirte cuál es el que más disfruto. Yo soy un esteta, por eso cuando veo a una mujer bella debo buscar la manera de disfrutar de esa estética. No hay más remedio, no tengo remedio.
¿Eso heredó de su padre?
No, no, no. Él decía: yo soy un monógamo consuetudinario y reincidente. Era un hombre muy fiel, muy leal. Yo lo veía a mi padre fiel hasta la estupidez, a pesar de que mi mamá era obsesivamente celosa. Él decía, yo soy feliz junto a ella y moriré con ella. Y así fue.
¿Cuándo descubrió al Enrique Gil Gilbert escritor?
En mi adolescencia, cuando también descubrí la literatura de todos los del Grupo de Guayaquil.
... Entonces miró diferente a la gente del ambiente donde había crecido.
¡Obvio! Imagínate que yo jugaba con el Joaco (refiriéndose a Joaquín Gallegos Lara) cuando era niño. Él era el pana de mis padres, el tipo al que yo iba a buscar para dejarle unos papelitos que le mandaban ambos. Mis papás adoraban a Joaquín. Por eso yo también forjé una relación muy intensa con él. Fue todo un descubrimiento cuando empecé a leerlo, me estremezco solo de recordarlo, de pensar en esas épocas...
No hagamos esto tan dramático, maestro, mejor acepte jugar un poco. ¿Qué tal si intentamos con una parte del cuestionario de Bernard Pivot?
Encantado.
¿Cuál es su palabra preferida?
Amor.
¿Y la que menos le gusta?
Odio.
¿Cuál es su sonido favorito?
El de un coro.
¿Bien afinado?
No importa, solo el de un coro.
¿Cuál es el que menos le gusta?
Mmm, no sé, el de una pésima música llena de mala percusión, a muy alto volumen.
¿Qué profesión aparte de la suya le hubiera gustado ejercer?
Ni hablar, ¡actor!
¿Y en la que jamás hubiera incursionado?
Policía.
Si Dios existe, ¿qué le gustaría escuchar de él al llegar a las puertas del cielo?
Te das cuenta, ¿si ves que existo?
¿Nos falta algo, Kily?
Sí, que vayan a mi cuarto a escuchar buena música.
Un equipo que incluye un tocadiscos antiguo está a la entrada del cuarto. Está conectado a una computadora y a unos parlantes inmensos. En el escritorio contiguo hay partituras corales dispersas y discos de música de varios géneros. Las paredes de la habitación están decoradas con fotografías que protagonizan él y sus hijos, en diversas etapas de sus vidas. El maestro Gil pone un disco de acetato y Franz Schubert invade el ambiente... En medio de los acordes, el director coral dice: -¿sabes?, no me gustaría morir luego de haber estado muy mal, es decir, no quisiera recaer y que la gente diga: ¡pobre, estaba sufriendo mucho, ya debía morirse! Quiero que me extrañen, quiero hacerles falta, mi vanidad no me permitiría menos...