Tomada de la edición impresa del 06 de julio del 2008

FOTO: PAÚL NAVARRETE / El Telégrafo

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Elsie Monge Yoder: La monja que lucha contra el olvido

Está al frente de la CEDHU, que cumple 30 años, y lidera la Comisión de la Verdad, que busca señalar responsables de crímenes y torturas desde 1984.

 
Si yo le digo ahora mismo “Huehuetenango”, ¿qué me dice usted?
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Sonríe y guarda silencio Elsie Monge. Sonríe toda ella: labios que se expanden, manos que se juntan, arrugas que se marcan como surcos gruesos, en un rostro delgado gobernado por ojos de ese azul que los quiteños suelen decir que es el de su cielo. Sonríe y se toma unos segundos. ¿Qué pasa por su mente cuando se ve obligada a retroceder cuatro décadas? ¿Qué rostro, qué voz, que imagen? Regresa Elsie Monge, la activista de derechos humanos más reconocida del país, de su paso mental por lo que fue el inicio de su oficio de misionera. Regresa, y cuenta: “Huehuetenango fue el inicio de mi acción de misionera, allá en las montañas de Guatemala. ¡Fue una experiencia muy rica con el sector indígena campesino de ese país hermano! También triste: allá hubo casi un genocidio, y aún hoy la violencia es tan fuerte... Fue una experiencia de vida única”.


Y tanto que la marcó. Era principios de los 70....

El  principal responsable de garantizar derechos es el Estado. Y cuando él no cumple, es el primer violador


 En Guatemala hubo una masacre de novela en los años setenta...
 Ufff. En Guatemala hubo una violencia increíble. Y sigue presente, es muy dura. Allí hubo un genocidio. Arrasaban todo: no quedaba piedra sobre piedra. No es que mataban a unos cuantos: mataban a todos, no dejaban a nadie vivo.


¿Cómo pudimos tener esa masacre a la vuelta de la esquina y no darnos cuenta?
No sé, oiga. Una tragedia así es algo casi inexplicable...


Nosotros hemos visto limpiezas étnicas por televisión. Vimos la masacre de Kosovo, la carnicería de Ruanda, el éxodo de Albania. ¿Cómo no pudimos “ver” el exterminio que se daba en Guatemala? ¿Cómo pudimos ser tan cómplices?
Fuimos cómplices, es verdad. Lo fue el establishment, y todos quienes le responden. Latinoamérica es responsable de no haber visto eso. No lo vimos porque no nos gusta ver algo así. Nosotros mismos, en Ecuador, preferimos no ver lo que pasa. Decimos: “eso no puede pasar aquí. Acá somos una isla de paz”. Queremos dar una imagen de total paz. Y eso no es así...


¿No?
No. Yo siempre digo que, en derechos humanos, no se puede relativizar. Atentado a la vida es atentado a la vida. La diferencia no está entre uno, cien y mil. Está entre uno y cero...

 

De Guatemala y el genocidio, partió para Santiago de Veraguas, en Panamá, la zona donde conoció a un activista de estatura continental: Héctor Gallego, luego desaparecido en el gobierno de Omar Torrijos, pero por órdenes de Manuel Antonio Noriega (lo echamos al mar, dijo luego el verdugo), el  que después ejercería una dictadura sangrienta en el Itsmo.


A Veraguas volvió hace poco, luego de 35 años de ausencia. Hoy ya no hay lo que entonces: hay caminos pavimentados, muchos campesinos viven en Panamá pero sin descuidar sus raíces indígenas, la pobreza ya no se ensaña, los pobladores están más unidos. Volvió porque se recordaba un aniversario de la desaparición de Héctor Gallego.


Esa “desaparición” la dejó hondamente impactada; fue la primera de otras tragedias que la han marcado, viviendo como vive, cerca de los excluidos, abandonados, torturados...


“Esto es una opcion de vida. Y hay que asumirla con todos los riesgos y dolores; las dificultades y también las satisfacciones”, dice Elsie Monge como quien recita un credo.


Pero a su credo, ¿qué lo sostiene? ¿A los dolores, qué los mitiga?
La fe, claro. Mi motivación es una motivación de fe: es eso lo que me da fortaleza. Yo creo en el mensaje liberador de Cristo.

Cristo. Lo conoció cuando era una niña y, aunque tuvo otros amores, a ninguno le fue más fiel. El Cristo que veía en el accionar solidario de una mujer que admira, su abuela materna, una de las pioneras de la Cruz Roja capitalina, María Elvira Campi de Yoder, determinante en su niñez y adolescencia. Tanto como sus padres: de ella, Grace, guarda la solidaridad; de él, César, la rectitud, el respeto por la palabra empeñada.


Estudió en Guayaquil, pese a su nacimiento capitalino. Allá hizo la escuela y parte del colegio. Se fue al extranjero y volvió cuatro años más tarde a la universidad, también en Guayaquil. Era una chica normal. “Seguro, cómo no”, remarca.


En el puerto conoció a José Gómez Izquierdo, el amado “padre Pepe” del barrio San Pedro, pero antes de que fuera el emblema de los pobres en Guayaquil. Lo conoció cuando solo era un joven que tenía lo que cualquiera a su edad: ganas de amar. Fueron enamorados, luego novios, y se separaron cuando, casi simultáneamente, emprendieron con sus respectivos destinos: ella a las misiones (la orden Marynoll), él al sacerdocio. La pasión por Cristo pudo más.


El “padre Pepe” lo lleva a otro sacerdote emblemático, más bien a dos, cuyos ejemplos hoy le parecen imborrables, imprescindibles para entender el proceso, largo pero fructífero, de conciencia y cambio social: Leonidas Proaño, en Ecuador, y Óscar Arnulfo Romero, el obispo de San Salvador, asesinado por la dictadura mientras daba una homilía dominical.


De Romero se queda con su valor, que tanto la ha inspirado porque, como él, piensa que los cuerpos mueren, pero “la voz de la justicia perdura”. Y de Proaño, mucho, todo.   “En el ’74 venimos a Ecuador, donde él, a quien yo había escrito previamente pues quería seguir su línea de acción y trabajo social. Él nos dijo algo propio de su modo de ser: ‘vengan, vean, y decidan’. Entonces vinimos (con una compañera extranjera), estuvimos con él seis meses en Riobamba...”.

Parece poco tiempo...
Es que tuvimos dos dificultades (estamos hablando de los años ’70, recuerde). La una era la pinta (en ese tiempo había mucho conflicto entre indígenas católicos y evangélicos). Pero yo pienso que eso no era más que una pantalla: el conflicto religioso era un pretexto para no develar  problemas más de fondo: reparto de tierra, división de familias, poder local... A nosotras nos veían como evangélicas, por la pinta, así que teníamos que ir con el padrecito, para que digan “estas chicas están bien,  son de confiar”. La segunda dificultad era el idioma: nosotros no teníamos un dominio del quichua. Lo comentamos con monseñor Proaño y él nos dijo que viéramos otras alternativas en el país. Fuimos a Los Ríos, con los misioneros vascos, y después a Quito, y finalmente al Chota. Allí nos quedamos cinco años.


Volvamos a Riobamba. Estuardo Remache (ex presidente de la Ecuarunari) me contó un día que monseñor Proaño jamás tuvo una actitud paternalista con nadie. Que él no fungía de “el padrecito”. Que hacía del trato igualitario, fraterno, una vivencia cotidiana... ¿Usted lo recuerda así?

¡Seguro! Tal cual. Mire este detalle: en Santa Cruz (Riobamba) vivíamos todos. Allí hacíamos los cursos y los talleres. Allí comíamos. Y por turno, cocinábamos y lavábamos los platos. Monseñor también. Y cuando desayunábamos temprano (usted sabe: los indios son muy madrugadores), el les decía: “vengan, vengan, siéntense y coman con nosotros”. Era muy generoso, muy solidario.

Eso que llaman vivencia: hacer del discurso un hecho.
Exacto. Él los reconoció como sujetos, iguales a nosotros. ¡Como lo que son! Eso significó muchísimo para ellos, para su autoestima. En él no había discursos: había vivencias, exactamente.

 

Se fue, contaba: Los Ríos, Quito, El Chota. Allí se encontró con personas alegres y tierras buenas pero secas. Así que la primera y principal gestión fue cómo conseguir agua. Y, claro, entender una cultura que, en principio, la descuadró un poco. Ella lo explica así: “los indígenas han tenido todo un bagaje -cultural, de costumbres y tradiciones- que lo transmiten, oralmente, a sus generaciones. Pero a los negros, no. A ellos la memoria como pueblo les cortaron de raíz. Los arrancaron. Fíjese que se acordaban, a lo sumo, de sus abuelos... Hicimos una investigación y comprobamos que, a diferencia de los negros costeños, los de El Chota vinieron desde Colombia, contratados como esclavos para trabajar en las haciendas de los jesuitas, cuando esta tierra era tan fértil que se cultivaban olivas y se producia vino...

Impunidad jesuita entonces...
Naturalmente, impunidad. Pero hay que ponerla en el contexto del siglo (XVII) en que se daba. Se entiende eso, pero no se justifica.

Y a usted, ¿le resultó más fácil convivir con los indios o con los negros?
Es distinto simplemente. Pero déjeme decirle esto: el negro de El Chota se parece más al indio que al negro de Esmeraldas: es más reservado y eso se explica porque su experiencia de vida es como la del indio: se da en torno de la hacienda. Los negros de Esmeraldas eran ‘cimarrones’ si se quiere. Eran como más libres...

¿Libres?
No, no, no. Cuando uno se muere de hambre no puede ser libre. No tenían, digamos, esa relación estrecha de dependencia. En lo que sí se diferencian (indios y negros) es en el carácter. Si el indio dice “sí” es “sí” para siempre; en los negros, no tanto. Y en cuanto al humor, los negros son tan alegres, ja, ja, ja.

 

Ríe, abiertamente, Elsie Monge. Acompaña la declaración con una serie de gestos: mueve los brazos como si bailara, moviliza el tronco, expande sonrisas y semeja esos chiquillos que recuerda: “los negros bailan desde que nacen, ¿sabe? Tienen el ritmo en la sangre”.
Hoy, casi 30 años después de esa experiencia, “la hermana Elsie” es la cara de la Comisión Ecuménica de Derechos Humanos (Cedhu), una organización social que se creó hace 30 años, gracias al concurso de iglesias de múltiples vertientes (católica, luterana, presbiteriana...), organizaciones sindicales, de mujeres, gremiales.


Ese abanico se abrió por una masacre que conmovió al país: 120 zafreros fueron asesinados en el ingenio Aztra, mientras participaban en una huelga,  por fuerzas “del orden”.


Durante 27 de los 30 años de existencia de la organización (los acaba de cumplir) Elsie Monge ha estado allí y ha sido su representante más visible. Miles de denuncias (una de las tareas es brindar asesoría legal para las víctimas de violaciones a los derechos humanos) y un reguero de favorecidos avalan su trabajo. Pero también permanentes, constantes críticas de sectores que etiquetan su trabajo como funcional a posiciones ideológicas contestatarias al poder.

Sus críticos dicen que -para ustedes- solo los delincuentes tienen derechos humanos.
Esa crítica, tan recurrente, es un cliché interesado. Es un modo de socavar y desacreditar, sin fundamento. Para nosotros, todos tenemos derechos, y todos tenemos el derecho a las mismas oportunidades. Ahora, cuando hay un conflicto entre ciudadanos, hay todo un andamiaje jurídico que los puede resolver, que funciona y existe. Pero, cuando el problema es entre el ciudadano común y la autoridad, el común de los mortales no sabe qué hacer muchas veces. Está en desventaja...

Atentado a la vida. La diferencia no es entre uno , cien o mil. Es entre uno y cero


Del mismo modo, decimos. “todos, sea quien sea, somos responsables de nuestros actos y debemos responder por ellos. Si alguien ha cometido un delito, debe pagar por sus actos dolosos. Debe ser sancionado, pero dentro de la ley. Nadie tiene derecho, por más autoridad que sea, a torturar a otro, ni puede violar sus derechos so pretexto de castigar una infracción. No estamos a favor de los delincuentes, estamos a favor de los derechos de las personas. De todas.

 

 Empecé preguntándole qué me dice usted si yo le digo Huehuetenango. Ahora termino: ¿qué me dice usted si yo le digo Jesús?
......
Un largo, hondo silencio llena a la misionera. Inclina un poco la cabeza y enlaza sus manos. Cuando regresa de él, muchos segundos más tarde, sus ojos azules están bañados. Y su rostro sonríe. Y solo dice, quebrada la voz:  “el hermano mayor”.

Rubén Montoya Vega

Director

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