Vigente, con un nuevo libro sobre Mayo del 68, celebra hoy su cumpleaños “78”. Y explica por qué sigue aferrado a la esperanza.
Un buen vodka, una buena comida, un buen puro, una buena compañía… La imagen, idílica, gloriosamente mundana, no parece encajar con la realidad física de quien la suelta: un hombre frágil, casi encogido, víctima de cuatro infartos (“pero de los benignos, supongo, porque aquí estoy”) asaeteado de arrugas en un rostro que tiene como papel de biblia la piel y como de niño la sonrisa: cálida y fácil.
No parece encajar y, sin embargo, encaja. Quizá porque él logra lo que los verdaderos poetas: que la palabra sea. Y la dice él, con voz en tono de permanente confidencia, para justificar su vicio irredimible de fumarse unos puros cubanos, ahora y hasta siempre, aunque le posterguen la tos terca que le sale del súper abrigado pecho.
Un buen puro, repite. Y cuenta: en un viaje a la Isla en el ’99, le regalaron una caja de 25 y “con qué avaricia los habré fumado que el último lo encendí en enero de 2001”.
Más que avaro, goloso, el poeta dice que después de una buena comida, y en buena compañía, no hay nada como un buen puro. “Lo único malo -recalca- … es que casi siempre comemos en casa…”.
Poeta de las cosas esenciales, de la denuncia social y del amor, de la memoria como recurso y argumento, escritor que usa la pluma como espada y no como armadura, ‘Jorgenrique’ Adoum (Ambato, 1926) ha labrado a punta de trabajo el puesto que hoy le reconocen, casi sin fisuras, lectores y críticos, colegas y rivales.
Desde “Ecuador amargo” (1949), Notas del hijo pródigo (1953), Los cuadernos de la Tierra (1964), hasta su último pan caliente: “Mayo de 1968 (¿siglo XXI?)”, su evocación al mayo francés, y pasando por su cima narrativa (“Entre Marx y una mujer desnuda”, 1976) Adoum -“turco querido”, como le dicen sus amigos; “turquito”, como le llama Nicole, su compañera vital desde hace décadas- ha escrito una veintena de obras en varios géneros: narrativa, poesía, ensayo, periodismo, testimonio; supervisado decenas de traducciones; elaborado antologías.
Ahora mismo está corrigiendo las pruebas de “De cerca y de memoria” (para publicar en Venezuela); reescribe, también, “Ecuador: Señas particulares”, que va a tener el doble de páginas. Y acaba de aparecer un libro-entrevista sobre su vida, presentado hace pocos días en Quito, así como una antología en México.
Por si esto fuera poco, recientemente regresó de un coloquio universitario en Boulogne-sur-Mer (Francia). Dos días de ponencias dedicados íntegramente al estudio de… “Yo no sé cómo decirlo: si uno dice ‘mi obra’ parece pedante; y si habla en tercera persona, como lo hacía Lucio Gutiérrez, parece que está hablando como los reyes… pero no tengo otra manera de decirlo”.
Nada mal para el mes de su cumpleaños “78” (y el día también, sí, hoy domingo los cumple) que lo sorprende con el mismo humor afilado de siempre, un poco de tos, y frío. Mucho frío. Pero con una memoria más larga que la del capitán Ahab, el héroe trágico de Moby Dick, que le alcanza para recordar aquellos días agitados del mayo francés cuando vivía en París, cerca de donde se produjeron las barricadas y los enfrentamientos de los estudiantes con la Policía. “Frecuentemente tenían que huir de la tropa, como si estuvieran en América Latina, algunas veces se refugiaron en el estudio que yo tenía. Como ya era primavera, tenía la ventana abierta y una noche nos arrojaron bombas, pues se dieron cuenta de que había estudiantes. Fue uno de los momentos más hermosos que he vivido”.
¿Queda algo de aquel momento, de aquel Mayo del 68 más universal que francés? Pues sí, dice Adoum: “Si hubiera que resumir en una palabra, yo diría que queda la esperanza”.
Claro que después se volvió a caer en la misma sociedad, dice, “con el mismo consumismo.... pero creo que algunas cosas (la relación entre profesor y alumno, entre marido y mujer) cambiaron para siempre”.
¿Cómo vio a París después de tantos años, ese que alguna vez fue cuna de escritores y artistas y hoy es una ciudad xenófoba, con todas esas leyes de Extranjería? -En París las inmigraciones han aumentado mucho. Casi todos los choferes de París son negros, y el servicio en restaurantes es de latinoamericanos y eslavos. (Desde antes) había cosas realmente molestas que no pude percibir, pero que deben haberse agravado”.
Adoum pertenece a una generación mítica de escritores latinoamericanos –la de “El boom”: García Márquez, Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar- que defendió el papel activo de los escritores en los procesos políticos. Una generación que se fragmentó ideológicamente y jamás volvió a unirse.
Algunos soñaban una América Latina, con gobiernos de izquierda, avanzando en su integración, muy parecida quizás a la que hoy parece consolidarse.
¿Siente usted que este panorama le ha llegado muy tarde? ¿Quién puede establecer plazos, cronogramas? Llega tarde para nosotros: yo me he pasado esperándola más de 60 años. Ahora me parece inconcebible en América Latina una dictadura militar, por ejemplo; que países como Bolivia, Paraguay, Venezuela hayan dejado de ser lo que siempre fueron. Incluso, en América Central, este cambio hubiera sido insospechado hace 20 años, cuando estábamos llenos de esas dictaduras antropomorfas del sur. En cambio ahora, en América del Sur solo está un gobierno como el de Uribe, de los que son sirvientes de Estados Unidos. Pero yo creo que América Latina avanza hacia una definición que no habíamos tenido.
Nunca fue muy amigo de aceptar cargos públicos los que, por su prestigio intelectual, le ofrecían, predisposición que se incubó a sus 20 años. Pero esa negativa la rompió cuando Gonzalo Abad, entonces ministro de Educación en el Gobierno de Carlos Julio Arosemena, lo llamó a colaborar en la Dirección General de Cultura. Estuvo allí 13 meses.
“Si la poesía ha sido siempre subversiva, ¿cómo hace el intelectual para multiplicarse o dividirse entre subversivo y, por otro lado guardián del orden?; ¿entre el saboteador, si se quiere, y por el otro lado, gendarme? Pero cuando coinciden esas actitudes, entonces se dan los casos de Neruda embajador, en Francia, o Paz en México. Nunca nadie criticó eso porque entendíamos que llega un momento en que hay que aunar fuerzas para que la Revolución se haga”.
No acepta cargos. Su rol de ‘saboteador’, de contumaz subversivo se lo impide: Adoum escribe como quien respira. Pero antes, hace muchas lunas, ejerció otro oficio, uno que le facilitó su padre: “Él me consiguió un trabajo en lo que era The Guayaquil & Quito Railway Company, y era en Contabilidad. Para mí los números siempre han sido como alambres de púas. Había una organización que era la Hermandad Ferroviaria, entonces les dije a los compañeros que era 1940 ¡y nosotros hablando todavía de Hermandad! Armamos el sindicato, sacamos un periódico que se llamaba Rieles, luego fundamos la Federación Ferroviaria del Ecuador. Yo me salí de Contabilidad y me fui a la Federación. Tenía que recorrer toda la vía, recogiendo reclamos y preocupaciones de los ferroviarios, y lo hice con mucho placer porque estaba enamorado de una chica que vivía en Guayaquil. Así podía verla dos veces por semana”.
Ríe. Puede que cuando camine 15 ó 20 pasos se sofoque con la altura de Quito. Pero el sentido del humor, ese jamás se le sofoca.
Lo vuelve a hacer al recordar la frase de Neruda, del que fue su secretario particular, cuando el chileno dijo que “el turco” era el mejor poeta de América: “Demasiado elogiosa. Neruda hizo esas declaraciones para un diario de Guayaquil, que tituló a ocho columnas. Yo lo encontré en un congreso de escritores y le dije: Mira, no me hagas daño. Si vas a hacer declaraciones de este tipo en mi país, en el que yo humildemente publico con tanto sacrificio y esfuerzo, la gente va a decir: ¿Y este es el mejor poeta de América? Entonces yo mismo me encargué de que eso se aplacara. Seguramente muchos de los que me odian lo harán por esa frase”.
Al gran Pablo lo conoció cuando tenía 19 años. Tal vez por eso sepa lo vital que es mantener relaciones con los poetas más jóvenes, quienes acuden a él para que les escriba notas de portada, presentaciones, elogios sin cuartel... “Y entonces, poeta, ¿cómo ve la poesía de los jóvenes?” Adoum se lo piensa, sonríe, como si recordara que fue él quien sentenció que los audaces de hoy cometen versos, perpetran poesías... “Mi problema es que me parece que están equivocados, me siento obsoleto”, dice, como para no echar más leña a la hoguera.
¿Obsoleto? ¿Por qué? ¡Porque cuando veo lo que están escribiendo!... yo no soy así... no puedo usar malas palabras en la poesía, no puedo escribir sobre yo-yo-yo. A mí me interesan los problemas sociales, me interesa un Yo que pueda simbolizar a muchos, si no a todos.
¿Y en cuanto al erotismo?
El primer poeta del que nos ha quedado algo se llamaba Safo de Lesbos, el nombre de una procedencia que ha llegado a ser muy elocuente; ella ya se ocupó de poesía erótica. Pero ahora las muchachas… yo les aconsejo que escriban sobre erotismo ‘después de’ hacer el amor, no ‘en lugar de’. Y, claro, tienen una actitud como si estuvieran descubriendo por primera vez la anatomía.
Ríe de nuevo. Prende por enésima vez el tabaco, lo inhala con placer, alargando las volutas de un humo que paga en aroma su veneno ¿mortal?
Les aconsejo a las muchachas que escriban sobre erotismo “después de” hacer el amor no “en lugar de” ...
El poeta luce muy delgado y camina lento, pero trata de no limitarse los gustos. Sale muy poco de su casa, pero en ella recibe a quien quiera una charla, un buen vodka, una copa de vino.
Anteriormente, en sus cumpleaños, solía hacer un almuerzo para 70 personas. Pero en el actual será distinto. Se puso a pensar en los amigos que lo habían visitado en estos últimos tres años, los que habían llamado. Y constató que eran los mismos pocos de siempre. ¿Y los otros? “Puede ser un problema de edad, unos se habrán cansado, no sé. Otros lo hacen por un respeto mal entendido. Y los jóvenes por miedo”.
El escritor ahora se levanta y firma libros y, de pronto, dice como quien recordara algo: “Por qué no vienen ustedes a tomarse un vodka conmigo? Hay casa abierta, de 5:00 a 12:00. Pero esta vez solo tengo sánduches y trago. ¿Se animan?”.
Son ochenta y dos, ¿verdad?No, yo sigo el consejo de Alberti. Cuando él llegó a los ochenta empezó a reducirse los años...
Ajá. entonces (hoy) cumple 78.Exacto, 78 nomás.