Tomada de la edición impresa del 15 de junio del 2008

FOTOS:CORTESÍA Y PAÚL NAVARRETE / El Telégrafo

Luis Yanza y Pablo Fajardo lideran un juicio contra Texaco.

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Dos hombres contra una multinacional

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Luis Yanza y Pablo Fajardo lideran un juicio contra Texaco y son los únicos ganadores de un Nobel en Ecuador: el Goldman Prize del ambiente.


Sucumbíos: la tierra que “nace” en la década del 60 en medio del descubrimiento del petróleo y la riqueza de uno de los sectores de mayor biodiversidad del país. La selva en la que el obispo Alejandro Labaka hacía su trabajo cristiano, para luego aparecer muerto, en 1987, tras ser atravesado por las lanzas de los Tagaeri. La provincia que colinda con Colombia y que recibe a más refugiados del vecino país del norte. Pero, sobre todo, la zona en la que se abrió el primer pozo de Ecuador que generó más de diez millones de barriles de crudo y donde, aun así, más del 50% de su población vive con menos de dos dólares diarios.

Allá, en la provincia del “oro negro”, se libra una de las batallas ambientalistas más importante de la actualidad: El caso contra ChevronTexaco. Sus líderes son Luis Yanza y Pablo Fajardo, dos hombres que llegaron al Oriente ecuatoriano en aquella época en que Sucumbíos era casi el equivalente a la “Madre Patria” de los actuales migrantes.

El tiempo en el que se concebía que ese “oro” aunque negro, seguramente sería más brillante. Y sí, puede serlo o al menos lo fue para Texaco, actualmente Chevron, que cuando llegó del lejano oeste, Texas, incluso se convirtió en la empresa que bautizó a la capital de la provincia con el nombre de la misma localidad donde nació: Sour Lake, que en español se traduce “Lago Agrio”.

Al país la petrolera llegó desde 1964 aunque el área empezó a verse afectada en 1972, cuando Fajardo nacía en Manabí y el azuayo Yanza ya había cumplido 10 años. Y se fue en 1992 después de que, según ambos, habían convertido el oro negro en divisas verdes, y más de 2.735 km2 de selva verde en masa tóxica y negra. 

Por eso ahora en los tribunales enfrentan a Chevron para que cancele, en primera instancia, un monto de US$16 mil millones que el informe pericial, al que la transnacional califica de inconsistente y erróneo, recomienda  para enmendar el daño ambiental. Pero que para Fajardo no son suficientes. Para él, la empresa de la estrella blanca sobre el círculo rojo debe pagar al menos 21 mil millones.

La batalla se inició en 1993 al crearse el Frente de Defensa de la Amazonia que tiene sedes en Lago Agrio y en Quito. En cualquiera de las dos, a Yanza y Fajardo, se los encuentra de casualidad, y la que atinó para esta entrevista fue la Capital.

Luis Yanza fue elegido presidente de la organización cuando, reconoce, “no tenía el más mínimo nivel de conciencia sobre lo que enfrentaba”. Solo aceptó, dice, porque el instinto de confrontación y lucha le vino así de nacimiento o, al menos, de crianza.

Desde los cinco años vivió en Morona Santiago  y ayudaba a su padre, Jacinto, en el cuidado del ganado sobre los pastizales que le arrendaban a los Shuar. “Me pasaba en su casa tomando chicha, en realidad los Shuar me criaron. La rutina era tomar chicha, ir a la cacería y aprender todas sus costumbres que son guerreras y rebeldes. Así me hicieron y menos mal que me hicieron así”, comenta ahora que se convirtió en uno de los “David” que lucha contra “Goliat”.

Cuando las ganancias de la leche y el ganado no daban para más, su papá se dejó llevar por las noticias que anunciaban a Sucumbíos como la tierra soñada dentro del tercer mundo. A Luis lo dejó con los Shuar, pero solo hasta el 77 cuando ya lo obligó a ir para que esté junto con sus padres y sus 7 hermanos.

Desde su llegada, en agosto de ese año, ya casi Texaco se convirtió en su “rival”. La empresa, según recuerda Luis, regaba las carreteras con los residuos del crudo y “los hacía pasar como mantenimiento vial”. Así es que a él le chocó que el Oriente donde no nació, pero que siente tan suyo porque ahí vive hasta ahora, pase de agua limpia y hojas verdes a “un aceite de olor fuerte y color negro. La primera visión que tuve de Lago Agrio fue la de un pueblito pequeño de tonos oscuros. Me pareció un panorama terrible aquel que llamaban de pujanza económica”.

A Pablo Fajardo le pasó casi igual. También se movilizó con su familia desde su natal Manabí hasta otra provincia, Esmeraldas, en busca de formas de subsistencia y como no las encontraron pasaron a Shushufindi en Sucumbíos. Allá aspiraban a sobresalir y cuando llegaron se dieron cuenta de que “la familia seguía siendo grande (10 hermanos) y la comida muy chica”.

Como Pablo no había conocido la región Oriental previamente, a él lo impresionó el estado en que vivía la gente incluso que dependía del petróleo. Él hasta fue uno de ellos. Después de haber sido despedido de una empresa pamicultora, del colegio y hasta de la Iglesia, pasó a ser un “misceláneo de empresas petroleras, que significaba encargarse de limpiar tuberías y un sinnúmero de derrames”.

Como él, habían muchos “mal comidos, mal pagados y maltratados. Todo mal”, dice entre risas y añade que desde que en su vida entró el petróleo no hay oro que brille, ni mujer que lo aguante. En el primer caso porque por más que vivió a 500 metros de la principal central de Texaco, solo respiraba el gas de los hidrocarburos, incluso mientras estudiaba a distancia para ser abogado. Y en el segundo caso, porque desde que es el defensor legal de los afectados afirma que no tiene tiempo para nada ya que “los adúlteros, perdón los adultos, vivimos siempre ocupados”, se delata entre carcajadas.

Ese humor se mantiene entre ambos y hasta permite decir que vuelve menos crudos los instantes en que brevemente olvidan el juicio que llevan adelante estos ecuatorianos que empezaron como líderes comunitarios y ahora son los ganadores del “Nobel verde” Goldman Prize por el medio ambiente. Además, de ser los héroes anónimos de la cadena norteamericana CNN, pero los ídolos con nombre y apellido de una población a cuyos habitantes, sin discriminación de edad han visto morir.

Cuando lo natural atenta contra la propia vida  
Si hay algo que no se consideran estos dos personajes es ambientalistas de extrema. Ambos saben y reconocen que el país obtiene gran parte de su riqueza económica por la extracción de recursos naturales.

Lo que no toleran es que dentro de esa extracción también se consuma la vida animal, vegetal y humana. Por esa intolerancia a Luis, su propio padre lo tildó de comunista, lo expulsó de la casa y hasta ahora su familia no le habla. 

A Pablo, el caso también le ha traído un costo familiar muy alto, pero distinto. En el 2004 su hermano Wilson fue asesinado a través de torturas y los demás parientes de Pablo están seguros de que a quien realmente buscaban era a él. 

Aun así ninguno de los dos se arrepiente de estar vinculados al caso en el que ya llevan 15 años, que les significa no ver a sus hijos y el que les demuestra que cuando la tierra es perforada sin cuidado alguno, cobra sus “cuentas” también con la vida.

El informe del perito independiente, Richard Cabrera, determinó que debido a las malas prácticas de explotación del crudo y la eliminación de los residuos se han producido efectos en la salud de la población. Se encontraron actualmente 97 niños con malformaciones genéticas, el 89,65% de los pobladores tiene familiares con cáncer, la incidencia de abortos espontáneos se presenta en más del 65% de las familias. Además, 133 niños fallecieron en sus primeros treinta días de vida, otros 125 en su primer año y así, la muerte, ahora solo graficada en números, sigue dentro del documento.

Pero Luis y Pablo no la vieron en cifras, sino en términos de agonía.

Como desde antes de cumplir la mayoría de edad se vincularon a movimientos de defensa de los Derechos Humanos, visitaban a los pobladores para conocer sus condiciones de vida. Una vez que ingresaron como los rostros principales del juicio contra Texaco iban de vuelta donde esas familias y “en algunos casos ya era tarde” menciona Luis, se le corta la voz, tapa su cara y le pide a Pablo que continúe.

Fajardo retoma la conversación y cuenta: “Allá se ve morir a niños, que nunca siquiera jugaron,  debido a la leucemia; se ve la agonía de 500 adultos con cáncer, se ve lo injusto. Y en el futuro, lo que se va a ver es que cualquier sentencia que se dicte será injusta. Con excepción de los términos judiciales, nosotros en la vida real no tenemos posibilidad alguna de ganar, porque ya muchos se han ido, han muerto”.

Luis se recupera e interrumpe para contarlo tal como cuentan sus temores los colonos del Oriente.

“Si uno toca la puerta para ver cómo siguen de salud los cuatro enfermos de cáncer que tiene una sola casa, sale uno de los que logra sobrevivir y responde: se acuerda de... bueno, ya marchó (murió). Y así me pasa en mis visitas de todas las semanas”, dice mientras sus ojos se vuelven acuosos.

Algunos de esos que “marcharon” también fueron los demandantes iniciales e incluso los que se expresaban en movilizaciones populares para exigir que de ahora en adelante se cuide más el ambiente y los que dormían incluso en la calle “con grandes tumores que se los llevaban en cuestión de meses”.

Todo eso hizo que la pugna que en principio parecía solo ambiental, se convierta de forma vital en una cuestión de supervivencia humana.

Ya en este término ambos quieren hablar casi a la par. El uno completa la respuesta del otro porque la pérdida de las vidas de amigos y desconocidos, pero al fin y al cabo todos afectados, la han visto juntos.

Reconocen que una de las cosas que los motiva a esperar, quizás por un año y medio más un pronunciamiento del juez, es ver la realidad de lo que pasa. “Nosotros bien podríamos luchar en este tipo de cosas por dinero, pero lo cierto es que es imposible sacar una remuneración que te devuelva toda una vida en la que desde pequeño piensas que te puedes morir con cáncer como se mueren los de la casa de al lado”, dice al principio Luis.

La idea la remata Pablo: “Tienen que saber que el contexto de lo que  hacemos es por convicción y porque tenemos conciencia de la realidad que viven los nuevos niños que nacen ahí, entre ellos nuestros hijos”.

Y en efecto, sus vástagos (los tres que tiene Pablo -Viviana, Denise y Hamilton- y la única que tiene Luis -Shuyana o Tiempo de esperanza-) viven en Sucumbíos y Orellana. Ambos piensan que en el fondo los dejan vivir en medio del riesgo de “algo que hay allí”, pero ninguno se plantea trasladarlos a otra ciudad que también podría prometerles riqueza y futuro como se los auguraron a ellos de pequeños cuando iban camino a Sucumbíos y luego notaron que las ganancias del “boom petrolero” a ellos nunca les llegó.

Además, ya saben lo que es enfrentarse a una transnacional y a estas alturas están seguros de que cualquier forma de huir, por más personal que parezca, no será más que el símbolo de un par de cobardes y ese gusto no quieren darle a una empresa que por primera vez se enfrenta a los del “tercer mundo”.

Por eso cuando a ambos se les pregunta si no les pareció utópico ponerse a buscar una victoria con un rival del tamaño de la Texaco, ninguno de los dos demora en dar su respuesta.  

Pablo Fajardo no lo duda y de golpe dice: Simplemente no. Tuve problemas en todas partes y cuando lo que se reclama es respeto a la vida, ahí no hay utopías, hay una realidad.

Luis Yanza lo apoya y afirma que al menos algo bueno sacó de su padre: le enseñó a no ser un “mandado” y menos cuando la tierra le pertenece a él y no a un “extraño”.

Mariuxi León
mleon@telegrafo.com.ec
Editora - Diversidad

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