El montañista ecuatoriano se ubicó como uno de los dos latinoamericanos que subió los 14 picos más altos del mundo sin oxígeno.
No considera una simple casualidad oficiosa el hecho de que haya sido, entre todas las posibles, el 1 de mayo (Día de los trabajadores) la fecha en que puso sus pies -a las 12:00, hora de Nepal- en la cima del Dhaulagiri, a 8.167 metros de altitud. Sin oxígeno, a una altura donde solo los ángeles se aventuran y que, entre algunas de las amenazas a que se expone el que osa treparla, está la del coma cerebral. A veces con parálisis.
Y no lo considera, porque él, Iván Vallejo R, nacido en Ambato, el 19 de diciembre de 1959, sagitario visceral, divorciado, con dos hijos, es un obrero a tiempo completo del montañismo. De hecho, sólo le faltaba esta última escalada para convertirse en el único ecuatoriano (y un solo émulo latinoamericano, en México) que ha subido 14 picos de más de ocho mil pies de altura... sin oxígeno.
Quiso ser montañista desde los siete años, cuando en su ciudad natal se arrobaba contemplando el cono volcánico del Tungurahua. “En medio de ese asombro me hacía cientos de preguntas y todas me llevaban a buscar una misma respuesta. ¿Cómo era posible llegar a la cumbre del volcán a través de semejante pendiente?”.
Por eso en unas vacaciones de verano trabajó para comprar su primer par de botas de montaña. Le costó 100 sucres: 70 que se había ganado como ayudante de imprenta, y los otros 30 obsequiados por su madre.
Ni la fama, ni el saberse dueño de un récord de cóndores, le han subido los humos a Vallejo. Este hombre polifacético, que además de subir las montañas más altas del mundo es fotógrafo, escribe sus propias crónicas de viaje, es ingeniero de profesión y alguna vez ejerció la docencia, resulta un hombre extremadamente cordial, atento a la conversación del otro y con cierta calma zen que se agradece en una ciudad de tanto estrés como Quito.
En su casa de Quito tiene un estudio confortable (donde reposan libros variados, como las Grandes Entrevistas de la historia, un clásico para periodistas) que es como su refugio cuando no está a 8.000 pies de altura. Allí escribe, baja fotos, hace sus proyectos de viaje. Y atiende a sus invitados.
¿Podría revivirme aquel 1 de mayo, a las 12:00, cuando usted llegó a la cima del Dhaulagiri, que tiene 8.167 metros de altura?
Fue más bien “cero pensamiento”, lo que hice primero fue llorar; llegar a esa cima era algo muy emocionante. Hice una cuenta regresiva de los once años que llevaba en este proyecto (Desafío 14), tuve tiempo para pensar en mis hijos que me habían mandado una carta de apoyo, y luego decía: qué lindo, me faltan diez metros, me faltan seis, tres, dos... Entonces divisé que ya estaba en la parte final y me arrodillé a llorar. Pero abundantemente.
¿Qué número de intento era este?
Era el tercer intento, por eso la emoción era mucho más grande. Había tenido dos más anteriores y lo determinante de este último era que significaba mi arribo a los 14 picos. Sabía que tenía que llegar. Por eso me puse de pie, alcé los brazos y giré 360 grados, viendo el cielo, las nubes que estaban abajo... y le di gracias a Dios y a la vida por ese momento.
¿Todavía sigue llevando el peluche de su hija Kamila, como amuleto?
Claro, lo sigo llevando conmigo. Es el Piglet de Winnie the Pooh, el chanchito rosadito; era como una especie de amuleto, un talismán, ahí está, en la cima del Dhaulagiri.
¿Lo lleva en todos los viajes o solo en los más difíciles?
No, no. Toda la vida. Es como un nexo afectivo, de hecho mi hija ya cumple 14 años, para ella ya no tiene sentido ese peluche.
Claro, ya no es una niña, se trata de un fetiche sentimental...
Pero ella se identifica, dice: “es que mi papi me está llevando a la montaña”. Antes tenía una connotación; hoy ya es otra, pero lo bueno es que siempre significa que mi hija está conmigo, yo a través del piglet me conecto con mis dos hijos, o sea que por A o B razón los veo con el rabo del ojo, y me digo: Ahí están ellos, eso es lo más importante.
Imagino que a esa altura y en una tierra donde está el Budismo tan presente, las conexiones espirituales se hacen más fuertes.
Bueno, en términos generales es la montaña el escenario.
En esos momentos en que usted está pensando en alguien, o ese alguien le intenta mandar un mensaje, ¿cómo se hacen esas conexiones?
El principal elemento de la conexión es que yo quiera ser parte de ella. Para usted hablar por teléfono con una persona tiene que contestarle alguien al otro lado, pues no habría comunicación, entonces lo que yo hago cuando voy a la montaña es ir como con un cuaderno con una hoja en blanco, para que ella pueda escribirme, a través de las sensaciones que tengo. Yo voy mucho más abierto, si usted quiere, voy como un vaso vacío para que se llene de sensaciones. La montaña es un escenario que a mí me permite sensibilizarme mucho más por lo que puedo ver, sentir, por las situaciones extremas que a veces se viven. Y al quedar mucho más sensible como que despiertas todos los sentidos, te haces más abierto a la convivencia. Entonces una carta que me envían mis hijos, un saludo de mi hermana a través del teléfono, el peluche que llevo, la bandera, inmediatamente toman un valor y peso mayores para lo que estoy haciendo. Y si por alguna razón llega la preocupación, la angustia, esos elementos son los que me ayudan para poder caminar.
Usted ha contado que a los siete años, mirando una tarde el volcán Tungurahua, sintió el deseo de ser montañista. Pero también quiso ser torero, futbolista, es ingeniero químico. ¿Por qué se decidió a apostarle todo al montañismo?
Buena pregunta. Siempre me gustó ser torero, pero claro, ya veía que el camino para eso estaba bastante templado, no contaba con los medios económicos, me dije que por ahí no iba el camino para completar mis sueños. Lo bueno es que la misma fuerza para ser torero la tuve para convertirme en montañista. Yo estuve, digamos favorecido porque estaba en un medio de montaña; abría los ojos y me las encontraba, tenía ese escenario por todas partes. Para torear necesitaba una vaquilla, un traje, todo eso; para la montaña solo mi mochila, mis botas y mis gafas.
¿Cree que el haber nacido entre montañas determina el carácter de una persona? ¿La hace más fuerte?
No necesariamente, eso ya viene en el ADN yo creo, con los cromosomas, lo que pasa es que se puede desarrollar porque tengo el escenario ahí, a la mano. El tema de ser soñador, de tener disciplina y voluntad eso viene para cualquier ser humano.
Usted tuvo una breve etapa de profesor.
No tan breve, 12 años en la Escuela Politécnica Nacional, estaba en el área de Matemáticas, ahí daba Álgebra Básica, Introducción al Cálculo, Ecuaciones diferenciales.
¿Era cordial con los alumnos pero un poco mano dura? ¿Algo severo?
No, la palabra severo, no. Esto lo dirán más bien mis alumnos, pero de lo que me han dicho tienen un recuerdo muy grato del trabajo que hice con ellos, muy humano, pero obviamente era estricto. Los que me he topado tienen el recuerdo de que fui muy humano con ellos.
Francisco Febres-Cordero dice que su madre era una mujer joven, ilusionada y ambateñamente pobre que lo insufló a usted de dignidad y de coraje. ¿Por qué no hablamos un poco de ella?
El tema del aporte de mi madre es muy importante porque cuando yo decido ser torero (era una gran figura Manuel Benítez El Cordobés y soñaba con ser como él), le dije a mi mami (Olga Ricaurte, todavía vive) que necesitaba una muleta, y lo que hizo ella fue llevarme a un almacén de telas y me compró una tela roja, otra amarilla y con eso hice la muleta. Yo organicé muchas tardes de toros con mis amigos del barrio. Obviamente tenía que ser el triunfador de la tarde.
¿Y hoy considera que hubiera sido un gran torero?
De hecho, ya he toreado dos veces, David.
¿Toreado de verdad?
¡De verdad! Y torée hace tres meses y gané el festival, entonces no puede decir que no he toreado. Pero después dejé el tema de los toros, decidí que quería ser montañista y un 19 de diciembre ella, en su modestia de recursos, me obsequió un juego de cubiertos para campamentos. Con esto mi mami me estaba diciendo: Esto es lo que te puedo aportar para que puedas ser alpinista.
¿Es cierto que la primera vez que llegó a Nepal quiso subir montañas de forma clandestina?
No tenía plata, valía 2.000 dólares el permiso...
Estuvo a punto de hacerlo, pero se arrepintió. ¿Qué pasaba si lo agarraban haciendo eso?
Me iban a pescar in fraganti inmediatamente porque había mucha gente, y eso significaba una multa y estar preso en Katmandú, a 26.000 kilómetros ahí botado, y además entiendo que en ese momento parte de la pena era el impedimento para entrar a Nepal por un par de años. Y sabía que Nepal sería un escenario muy importante en mi vida, que se vería truncado por aquello. Fruto de retomar ese proyecto fue cuando le dije a mis amigos: vamos a subir aquella montaña.
Montañista, fotógrafo, cronista de sus propias aventuras, torero, ingeniero, profesor. ¿Alguna otra cosita por hacer?
A ver, en mi signo de zodiaco, el día que nací, la hora, de acuerdo a la señora que me hace la lectura de la carta astral...
¡Ah!, ¿se hace la carta astral?
Sí, me gusta, creo en eso absolutamente. Entonces en ese tema está que como sagitario tengo mucha tendencia a aburrirme si es que no hay mucho movimiento en lo que hago. Necesito siempre estar haciendo cosas y cuando elijo algo, me gusta hacerlo bien.
¿Nunca pensó en convertirse en un hombre de acción?
¿En qué sentido?
Un revolucionario, un tipo decidido a cambiar el estado de cosas con las armas...
Ah no, no, no, eso no, siempre he tenido claro la fuerza interna que tengo y cómo ponerla a mi servicio, que en mi caso ha sido la montaña. Escribir me parece un complemento fundamental. Incluso en la escuela me gané un premio por redacción. Y en literatura me fue muy bien siempre. Con el tema de la montaña descubrí que de lo que se trataba era de compartir mis experiencias con los demás.
Uno de los mayores riesgos en su profesión es el edema cerebral. ¿Alguna vez estuvo cerca de eso?
No, gracias a Dios no. Para nada, nunca, nunca, nunca. Me ha ido muy bien. Creo que el mayor respaldo para eso han sido los muchos años entrenando.
¿Cuántas horas entrena al día?
Por lo menos dos horas y media. Después pasan a tres y cuatro. Corro, bicicleta, natación, subo montañas.
Usted dice que cuando pasa mucho tiempo en la montaña se vuelve torpe, falto de reflejos en los actos cotidianos.
Sobre todo está en entender la dinámica de la ciudad, a esa torpeza me refería, porque de la montaña bajo a veces con el corazón en la mano. Regreso acá y me pierdo.
¿Se siente incapaz de hacer cosas pequeñitas en la vida cotidiana, al lado de las hazañas en la montaña? Arreglar un bombillo o una tubería...
Claro, en esas soy un inútil, ahorita mismo tengo dañada una llave de agua caliente que no la puedo arreglar. Entonces llamo al fontanero y le digo: vea, maestro Manuel, estoy en sus manos, contésteme las llamadas y venga a arreglarme la llave. (Ríe).