Tomada de la edición impresa del 25 de mayo del 2008

FOTOS: Amaury Martínez

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Alberto Cortez: “Un cantor popular es lo mismo que un charlatán de feria”

Una leyenda de la música latinoamericana habla de sus placeres, sus ideas, sus amigos. En fin, de su historia.


Otrora oscuro como dorso de pantera, su cabello tiene ahora un tono escarchado. Ensaya junto al pianista, sobre el escenario del Teatro Centro de Arte, para su concierto de mañana (miércoles 21 de mayo), y parece que alguien estuviera espolvoreando, desde arriba,  la luz de candileja que lo envuelve. La voz sigue vibrando como hace tres décadas; y con esa misma voz de relámpago –aunque cordial- dice, ya listo para la entrevista, a sus músicos y asistentes (que  conversan en la sombra):
¡Bueno, ahora necesito un poco de tranquilidad y silencio!

Quisiera que me diga dónde y cuándo es feliz.
En la plática. Tomando una copa con un amigo. Viendo una buena película. Mire, la felicidad es un viento fugaz, que trata de encontrar su claustro dentro del ser humano; y uno de los instantes más felices, en mi caso, en el que aquel viento súbitamente aparece, es cuando me subo en un escenario y me pongo a cantar para la gente…

… Eso se notó en el Palacio Municipal, cuando se levantó a cantar, de repente, para quienes asistieron al lanzamiento de su libro…
…Bueno, fue un impulso. Estaba muy feliz, como esta mañana, con el Presidente, quien me invitó para condecorarme. Lo chistoso es que cuando salí de allí había tal amontonamiento, ¡que la medalla desapareció! Ahora debe andar alguien por allí diciendo: “mira, tengo la medalla de Cortez”.

Sin tilde Cortez, ¿cierto?
Siempre. Y con z. Ese soy yo.

El mismo que cuando joven, allá en San Rafael, creó una orquesta con un nombre buenísimo: la “Pachamama Jazz”…
¡Ah bueno, eso fue casi una broma!

Pero resume de cierta forma su genealogía musical: una raigambre notablemente latinoamericana, pero con rasgos foráneos…
Cierto.

Y esa genealogía sugiere dos figuras tutelares: Atahualpa Yupanqui y Jacques Brel, ¿cómo se articulan esas dos influencias en su obra?
Son dos cosas totalmente diferentes. Atahualpa es un cantor de la tierra argentina. De las costumbres de ciertas zonas del interior argentino. Es, en fin, un paisajista. Brel, por su parte, es un europeo profundo, que reclama contra las cosas que no le cuadran. Además, con una especie de romanticismo, que Yupanqui intentó, pero dejó a medias. Brel es un paisajista solo en un tema llamado “Mi país plano”… porque usted sabe que Bélgica es plano… Allí dice: “país de catedrales como únicas montañas”, y es cierto: Bélgica es un país sembrado de catedrales, son sus únicas elevaciones. Una metáfora que conmueve, realmente. Y esa es la enseñanza de artistas como Yupanqui o Brel: la conmoción. El desciframiento.

De las interpretaciones que realizó de los temas de Brel, ¿cuál es la que más recuerda?
Cuando canté “La Fanette”, hace años, en un homenaje realizado en el Olimpia de París. Juro que sentí su espíritu presente.

¿Sí?
Sí, en el camerino que me asignaron, que había sido el suyo, el de Piaf, el de Becaud; en fin, el de los grandes franceses que son mis ídolos... Aunque a mí no me gusta mucho hablar de ídolos. Muchas veces resultan con pies de barro.

La amistad es un tema, se sabe, muy presente en su obra. No solo en “A mis amigos” o “Cuando un amigo se va”. En “Equipaje”, por ejemplo, usted menciona a “un amigo que se fue con el alba”; y en “Mariana”, hace las veces de consejero de un amigo que tiene un problema sentimental…
…“Cuando un amigo se va” la compuse el día en que recibí la noticia de la muerte de mi padre, sencillamente porque era mi mejor amigo. En ningún momento me hizo sentir ausente de su vida. Siempre me incluyó en sus placeres. Usted sabe que en Argentina es muy común, por ejemplo, reunirse a comer un asado, y después surge la partida de cartas, el vino, la plática… Pues mi padre siempre me dejaba participar en todo aquello, desde muy niño. Cuando lo devoró un cáncer y partió, yo estaba actuando en el Hilton de Madrid, y dos minutos antes de salir al escenario un empleado me entregó un telegrama que decía que había fallecido. No sé qué pasó esa noche, si canté, hablé, lloré… no lo recuerdo, francamente. Lo que sí sé es que al terminar me fui a caminar por un Madrid brumoso, nocturno y casi vacío. Caminé hasta el alba, y cuando regresé al hotel, me senté y escribí el texto de la canción. Después, en “Equipaje”, expresé: “porque tuve un amigo que se fue con el alba”; ya que se fue muy temprano mi padre… apenas a los treinta y ocho años. El verso siguiente dice: “y volaba conmigo compartiendo las alas”, porque era cierto… incluso cantábamos juntos.

¿Cuál es el rasgo que más aprecia, pues, en los amigos?
Quisiera referirme, más bien, a la amistad en general: es la forma de amor más auténtica del ser, porque es incondicional. Uno puede amar a una mujer, pero está siempre allí el otro lado de la moneda: el sexo, el atractivo natural entre hombre y mujer. Con un amigo, o los amigos, la cosa es absolutamente incondicional. Si yo quiero a Daniel –extiende la mano para señalar a Daniel Frega, su manager, sentado junto al piano y ataviado también con luz de candileja- no me importa si él me quiere, ese ya es un asunto de él. Yo me dedico a vivir y conservar la intimidad de mi sentimiento.

Tiene usted incluso un disco en el que comparte versiones de sus temas con algunos compañeros de vida y carrera… destaca aquella de “A mis amigos”, sostenida solo con su voz y la guitarra de Paco de Lucía…
…Bueno sí, siempre quise compartir algo de mi obra con gente cuyo talento respeto.

¿Y qué ha aprendido de la generación de intérpretes de la llamada canción social o popular a la que pertenece?… hablo de Serrat, Sabina, Heredia, Aute…
…Si me permite un gesto de vanidad, debo decir que yo estuve antes que todos ellos. Durante el tiempo que pasé en el centro de Europa, bebí de la canción francesa, y cuando me fui a España, quise hacer en castellano lo que hacían los intérpretes franceses. Comencé entonces tocando la obra de los grandes trovadores argentinos: Yupanqui, Jaime Dávalos… y luego intenté mi propia producción, procurando imprimirle un registro poético a mis canciones. ¡Hablo como un vanidoso!... quizá lo sea, aunque prefiero pensar que son palabras más de orgullo que de vanidad. Orgullo de haber iniciado una corriente de “gran canción”, ya que hasta ese momento interpretábamos temas muy triviales. Éramos versioneros de canciones americanas a las que se les añadía un texto más bien superficial: “dile que/ mi amor es solo suyo/ dile que/...” Luego fue distinto. La primera vez que escuché a Serrat, cantando “La tieta”, en catalán, algo en el centro mismo de mí, aunque no hablo dicho idioma, me dijo: “ese también es el camino”.
 
Pero las cosas han cambiado. ¿Cree que los Cortez, Cabral, Serrat o Aute representan hoy una especie en vías de extinción?
No. Fíjate que son muchos los jóvenes que vienen a nuestros conciertos. El otro día estuve viendo “Dos pájaros de un tiro”, en México. Serrat y Sabina en estado de gracia. Y había muchísimos jóvenes, en un espectáculo que se pensaría más bien para adultos. Yo me preguntaba: ¿por qué vienen los jóvenes? Pues porque están un poco hartos de toda la vacuidad que existe dentro del mundo de la música, cada vez más carcomido por las plagas de la comercialización. La búsqueda poética, genuina, siempre convocará a la gente.

¿Y cuáles son los poetas de su predilección?
Mi poeta de cabecera es el argentino Pedro Bonifacio Palacios, “Almafuerte”. Luego están los españoles de la Generación del 27 y del 98.
 
En su vida y en su obra hay una clara presencia de la hispanidad: tiene abuelos de origen vasco y gallego, vive en España hace cuarenta años, es hincha del Madrid…
…Bueno, de algo hay que morirse...

Cierto… Ha musicalizado algunos textos del Siglo de Oro, en fin. ¿Cómo ve actualmente la relación entre españoles e inmigrantes, y hacia dónde cree que va la sociedad ibérica respecto de ese tema?
Creo que el latinoamericano en España es un hombre de paso. ¡Nadie se va de su tierra sin querer volver! Es alguien que llega con la idea de hacer algo de dinero e irse. Eso se nota, no solo con los ecuatorianos, sino con los peruanos, los chilenos, los argentinos… los latinoamericanos en general. Y por eso mismo, resulta difícil una integración exitosa.

En México, hace años, ante la pregunta de: “¿cuándo se retirará de los escenarios?”, usted utilizó una metáfora en la que se comparaba con un chimpancé de circo… ¿recuerda lo que dijo?
Sí. Le comenté a Ricardo Rocha una anécdota: un día fui a un circo y vi varios chimpancés que hacían malabares y cosas. Pero había dos que no hacían nada. Entonces pregunté: “¿qué pasa con esos dos?”, y me contestaron: “son muy viejos”. Cuando volví a preguntar que entonces por qué no los sacaban, me dijeron: “porque necesitan del aplauso, sino se mueren”. Lo recuerdo perfectamente. Me identifico con esos chimpancés.

Veo. ¿Podría intentar una síntesis de lo que aprendió en sus años con Cabral?
De él aprendí, fundamentalmente, la desfachatez. Salir al escenario de cualquier manera, cosa que yo no hago. Le admiraba ese aspecto de su propuesta, porque lo demás –me he dado cuenta a lo largo de los años- me resulta ligeramente repetitivo. Facundo está en el escenario contando historias, baja, vamos al restaurante, y sigue contando las mismas historias. Llega un momento en el que uno se satura de todo eso. De él tengo muy buenos recuerdos, me parece un excelente profesional, aunque he terminado por coincidir cada vez menos con lo que hace… pero lo respeto.

¿Cuál es el rasgo que menos le gusta de su propio carácter?
… Que soy un charlatán. Lo dije hace muchos años: quisiera que alguien me diga la diferencia esencial entre un charlatán de feria y un cantante popular.

Físicamente, ¿qué es lo primero que le ve a una mujer?
(Mira a Daniel, masculla una sonrisa. Cruza los brazos.)… El porte, en general… y del porte en general podemos descender a lo particular…

Ha dicho que no le interesa la política, ¿se mantiene en dicha afirmación?
No es que no me interese, soy un ciudadano como cualquiera. Lo que pasa es que utilizo los medios que la democracia pone a mi disposición, para participar… Y prefiero, si es el caso, quedarme solo con la urna, ya que no quiero que mi escenario se convierta jamás en una tribuna política.

Quizá esa postura le ha permitido ser amigo de personajes tan disímiles como Rafael Correa y Carlos Menem.
El caso de Menem es especial. No lo juzgo políticamente, no hablo del estadista. Hablo del amigo que me salvó la vida. Cuando tuve un problema de carótida, sabía que a él lo habían operado de lo mismo. Entonces mi manager llamó al Secretario de Presidencia para averiguar sobre el equipo de médicos que había hecho el trabajo. Él se enteró y dio orden presidencial de que dicho equipo me atendiera gratis. Y la cosa no quedó allí: durante la convalecencia, me prestó la finca presidencial para tener absoluto reposo. Esas cosas se agradecen.

¿Qué lo hace llorar?
Huuuuyyyy, soy muy llorón… Hoy, por ejemplo, me costó no llorar frente al discurso de Rafael Correa, hecho con retazos de mis canciones. ¡Quién pensaría que a un niño del pueblo de Rancul, a quien el viento lastimaba en las rodillas a la hora de ir a la escuela, lo iba a condecorar un presidente de un país americano!... pienso en esas cosas y me emociono.

Habló de la infancia, ¿cuál es el olor que lo devuelve a ella?
El olor de las tardes de invierno, en  la Pampa, y el de la leña, quemándose en las estufas para paliar el frío.

Sé que le gusta el fútbol, ¿cuál es la hazaña deportiva que más lo ha conmovido?
La “obra” de Alfredo Di Stefano, a quien he tenido la suerte de ver, y de tener hoy como un entrañable amigo. Luego, la magia de Zidane.

Algunas de las preguntas sueltas que le he hecho son de los cuestionarios de Gatopardo y Proust. Quisiera ahora hacerle el de Bernard Pivot. ¿Cuál es la palabra que más le gusta?
Barlovento.

¿La que menos le gusta?
Mentira. 

¿Cuál es el sonido o ruido que más le gusta?
¿Ruido?, no no… el sonido de la música.

¿Y el que menos le gusta?
El de los tambores… no sé, creo que alguna vez descendimos del árbol, y siento que cuando la gente se vuelve loca con los tambores, es porque está buscando formas de regresar.

¿Qué lo enciende emocional, intelectual y espiritualmente?
La verdad y la belleza.

¿Qué lo desanima de la misma manera?
La mentira.

¿Qué profesión aparte de la suya le hubiera gustado ejercer?
Piloto de avión.

¿Y cuál nunca le hubiera gustado realizar?
Pues… policía urbano…

¿Cuál es su mala palabra más frecuente?
Son escatológicas…

Dígalas.
¡Me cago en la leche!

Si Dios existe, ¿qué le gustaría escuchar de él al llegar a las puertas del cielo?
(Vuelve a cruzar los brazos. Los ojos como un mar en calma). Pasa, tu vida ha valido la pena.
Fabián Darío Mosquera
fmosquera@telegrafo.com.ec
Coordinador

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