Ciudad de Dios: la tierra “prometida”
Donde no hay casas hay estacas, que cubren la mayoría de la tierra “invadida” que pareciera no tiene lugar por dónde desfogar.
No está registrado en ningún lugar y mucho menos en un mapa. “Pero acá nadie está invadiendo. Nos dan papeles, así que la cosa es legal”. Lo dice Jorge de la Cruz, un hombre que se apoya en su única pierna y mete sus brazos en un par de muletas carcomidas.
Perdió la pierna en un accidente en motocicleta en su tierra natal, Esmeraldas, y aún no para de lamentarse. Sale con dificultad de su actual morada: cuatro paredes de caña sostenidas por clavos, levantadas sobre un terreno irregular en una cooperativa que lleva el curioso nombre de Ciudad de Dios. Pero no se trata de aquella película memorable de Fernando Meirelles, ambientada en una favela brasileña del mismo nombre. Lejos están las descargas de pólvora, la violencia, las bocinas de los autos o el griterío de los comerciantes que matizaban ese filme.
Este asentamiento, más bien, se encuentra donde las venas del progreso citadino echa sus últimas raíces. Se dibuja cuando los caminos de piedra del sur de la ciudad dan sus respiros finales, allá por donde la maleza crece a ritmo selvático y la pobreza parece secuencia repetida.
Es uno de los asentamientos de la cooperativa Balerio Estacio. Una cooperativa que está tan “allá” que se sale de los límites urbanos (una línea imaginaria en un mapa así lo señala, desde una ordenanza publicada en 1991).
Según De la Cruz, se llama Ciudad de Dios porque la mayoría de sus habitantes es evangélico y, a diferencia de la película, no hay un psicópata parecido a “Ze Pequeño”. “Aquí no hay peleas, no hay robos ni asesinatos. El que se atreve a robar lo botan con todo lo que tenga adentro de su casa”, asegura De la Cruz.
La parcela fue una donación de Antonio Estacio, hermano de Balerio Estacio (asambleísta de País) y por quien lleva el nombre la cooperativa. Estacio es pastor evangélico, religión a la que pertenece De La Cruz.
Sin embargo, la donación es solo de tierra. De La Cruz, al igual que sus vecinos favorecidos, tiene que pagar por la “cogida” de luz 60 dólares y por la ‘minuta’ (papeles que lo certifican como dueño “legal” de ese pedazo de tierra). Esto tiene un costo aproximado de 240 dólares y se paga solo en una ocasión.
“A la gente que no le donan la tierra tiene que pagar como 500 dólares, más la minuta y la luz”, afirma el hombre, mientras abre un horno de pan donde se pasean un par de cucarachas.
Es panadero. Su sobrino, quien vive en la casa siguiente, lo ayuda a repartir el producto todas las mañanas. Recorren la comunidad dejando el pan en las tiendas. En las despensas, de propiedad de los hermanos Estacio, no se puede vender alcohol. “Solo vinito, y poco. Si quieres tener trago fuerte lo traes de afuera, pero te lo tomas en corto”, dice De la Cruz, mientras los bigotes le tapan la sonrisa.
En las afueras existen también fábricas artesanales de ladrillos, carbón, escuelas y varias cabezas de ganado. Es una gran comunidad que sigue extendiéndose sobre montes, caminos tierrosos, hierba amazónica y parcelas irregulares.
Pero la boca de Jorge y de otros moradores, cuentan la historia de aquellos terrenos. Narran que hace un par de años, cuando la maleza no dejaba ver más allá de la entrada, aquellas parcelas eran refinerías de famosos narcotraficantes. Pero como nadie, las habitaba las adquirieron los hermanos Estacio.
Actualmente estos solares se marcan con maderos clavados en la tierra y que se diferencian por sus colores intensos (amarillo si ya está vendido y rojo si aún no hay comprador).
Donde no hay casas hay estacas, que cubren la mayoría de la tierra “invadida” que pareciera no tiene lugar por dónde desfogar.
Luego de adquirir la parcela, se corta la maleza que la rodea y se quema para que el suelo quede firme. La elección de los materiales depende del bolsillo del comprador, quien también tiene que hacer el papel de albañil y de arquitecto.
José Moreira, vecino de Jorge, comenzó a construir su casa hace dos meses.
“Aquí te venden el terreno pero tú tienes que construir tu vivienda. No sale tan barato. La libra de clavos está a 1.20 dólares, más la caña, la luz y la minuta, ya voy invirtiendo más de 300 dólares”, asegura Moreira, “pero este terrenito ya es mío”, agrega confiado.
Otra de las vecinas es María, una mujer con casi 9 meses de embarazo. Ella viajó desde Quevedo para asentarse en Guayaquil. “La cogida de la luz es un poco cara y hay que tener tanques de agua porque no hay tuberías. El bus también pasa lejos, pero lo bueno es la seguridad”, afirma María.
De la Cruz entra en la conversación. Vuelve a mencionar al “abogado” Estacio, quien es el que mantiene las cosas en orden en el sector. “Si el abogado se entera de que alguien le ha pegado a la mujer, primero llegan a tu casa dos tipos y te aconsejan. Si vuelves a pegarle ahí sí ve…”, se acomoda en una sola muleta y con la mano derecha chasquea los dedos.
La noche arropa la Ciudad de Dios y la gente duerme tranquila.
El sonido de las bocinas a medianoche, de los guardianes que resguardan la comunidad, ayuda a conciliar el sueño. Los moradores prefieren no ser llamados “invasores”, ya que aseguran que esa tierra la obtuvieron con papeleo legal. (MDC)
Redacción Guayaquil
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