Tomada de la edición impresa del 22 de junio del 2008

Muriendo en espera del indulto

Los internos no solo sueñan con cambiar de ambiente. Ellos quieren que los clasifiquen de acuerdo
con su enfermedad. | FOTO: Francisco Ipanaqué

FOTO: Francisco Ipanaqué

Los internos no solo sueñan con cambiar de ambiente. Ellos quieren que los clasifiquen de acuerdo con su enfermedad.

IMÁGENES

En la Penitenciaria del Litoral hay 51 infectados con VIH. 4, en etapa terminal. Ninguno está en la lista de los indultos.



Tiene sida y tuberculosis. También 3 hijos y una esposa que no lo visitan desde hace tres meses. Entre la cabeza de hilachas de pelo seco y la espuma de un colchón de media plaza hay una almohada, de bordado prolijo, hecho por la única persona que lo sigue mirando a la cara desde que se enteró de su enfermedad: su madre, esa que está grabada en su pecho con tinta china y en letra cursiva.

Y pese a que la piel de Andrés está tan pegada a los huesos, tanto que su cuerpo bien serviría para estudiar anatomía, pues la espina de la espalda parece estar a punto de reventarlo desde dentro, su nombre no aparece en la lista de los 28 enfermos terminales  de todo el país que una comisión médica analiza para conceder indultos humanitarios.

Ni él ni ninguno de los 51 enfermos graves que purgan condenas en la Penitenciaría del Litoral están aquella lista que hizo a partir de un Mandato aprobado el 15 de mayo pasado.

Esto lo confirman las propias autoridades. El director nacional de Rehabilitación Social, Romeo Silva, le preguntó el miércoles pasado, al director de Rehabilitación Social del Guayas, Jorge Araujo, si en la Penitenciaria del Litoral, había candidatos para el indulto. La respuesta fue: “todavía no”. 

Mientras, un par de pisos más abajo y metros más lejos del despacho de reuniones, Andrés está en el Policlínico, tratando de levantar la cabeza de la almohada para poder sentarse. De la garganta no salen palabras, solo toses que parecen explotarle los pulmones. Está así desde hace casi un año, cuando el VIH pasó a su etapa final y se convirtió en sida.

La espina de la espalda parece reventarlo desde dentro, pero su nombre no aparece entre los candidatos

Para estar entre los “afortunados” de la lista, las piernas de Andrés tendrían que aguantar el poco peso que llevan encima y acercarse a un delegado del Ministerio de Salud, para entregarle una petición burocrática e iniciar un trámite que tal vez tarde más tiempo del que tiene de vida.

Los ojos de Andrés parecen hundirse en un vacío de cuencas prominentes, pero su mirada no pierde fiereza. Fue alguna vez ladrón y por eso está condenado a un par de años tras las rejas. Además de ropa vieja en un morral, se trajo de la calle el VIH.

Al poco tiempo de estar cumpliendo su sentencia, el guayaquileño fue diagnosticado, y pasó poco tiempo antes de que comenzara a adelgazar y quedar entre colgajos. Fue ahí cuando lo llevaron al policlínico de la “peni”, que más que un centro de salud, tiene aires de lavandería suburbana.  

El lugar huele a las páginas de  libro viejo. Un par de camisetas cuelgan tendidas en las paredes y está ocupado en su totalidad por literas de fierro gris, cada una con un colchón de media plaza y de espuma flaca que, según los internos, cuando el lugar se llena tienen que compartir entre dos.  

Arriba de la cama de Andrés hay un moreno de rastas gruesas, también con sida y tuberculosis. Y a dos literas de distancia está Daniel, un español, gallego, también con sida y que cayó por tráfico de drogas.

Daniel narra que contrajo el VIH por “pincharse”. Dice que vive desde los trece años solo y que  siempre estuvo en malos rumbos. Tiene la cara descascarada por la enfermedad pero, a diferencia de Andrés, puede levantarse con más facilidad para ir al baño: cubículo de paredes gastadas de donde se escucha otro tosido tuberculoso.  

Andrés recorre con la mirada la escena y su rostro parece apagarse cada vez más. Además de no tener el indulto, tampoco posee las armas para combatir esta enfermedad: los retrovirales y vitaminas para reforzar su sistema. 

“Si esto no es etapa terminal, yo no sé lo qué es entonces”, dice una voz gruesa. La figura del “caporal”, amo y señor de ese bloque de reos, se dibuja en la puerta del Policlínico. El hombre señala a Andrés y entra a la sala con un audífono en el oído derecho, escuchando los comentarios deportivos del empate Ecuador-Colombia. Su barriga es grande porque está “bien comido”, a diferencia de quien está acostado en la cama.

“A él”, dice de Andrés: “lo regresaron del Hospital de Infectología porque dicen que ya estaba para morirse. Si a él no lo indultan, a quién entonces; no hay esperanza. Ya llevamos un mes pidiendo el indulto de esta gente y nada. Créame cuando le digo que la cárcel ya no es de todos”, concluye el hombre, ese que “se las sabe todas” y que puede decir lo que quiera porque “no tiene miedo” de las represalias que puedan provocar sus críticas.   

Al lado de la cama del gallego, que toma agua de un botellón,  aparece otro Andrés, de apellido Guevara. Se divierte mirando el techo de pintura desgastada. Lleva una camisa desmangada y pupillos de fútbol. También tiene sida pero a diferencia de su “tocayo”, aún puede caminar sin problemas. Está así porque toma vitaminas, pero eso, asegura, es porque las consigue de fuera.

 “Necesitamos los retrovirales y las vitaminas. Aquí la gente se está muriendo. Bacán que no nos den los indultos, pero que por lo menos nos den algo para combatir esta enfermedad”, dice Guevara, quien asegura que luego de 17 convocatorias, sigue sin sentencia desde hace un año y medio.  

Otro carraspeo se escucha desde el baño, esta vez con más fuerza que las anteriores ocasiones.  Finalmente la puerta de madera del lavatorio se abre y muestra, como si fuera una telonera macabra, otra figura calavérica.

Es Eduardo Espinosa, de 32 años, pelo alborotado y pantaloneta muy corta. Está sentenciado a 16 años por cómplice de asesinato y ya lleva cumpliendo 5 y medio; también tiene sida y tuberculosis.

“Ay carajo”, dice, aclarando la garganta y con una mueca por el dolor que le produce sentarse. Le detectaron VIH en el 2004, y afirma que no fue gracias a una campaña de detección preventiva.

Hace un par de años, antes de estar tras los barrotes, a Eduardo le dieron una puñalada en el estómago en una pelea callejera. Perdió el conocimiento y luego se despertó en un hospital público, con el tronco vendado como momia y con una operación “exitosa”, que supuestamente le salvó la vida.

Pero cuando fue sentenciado a 16 años dentro de la Penitenciaría, por ser cómplice de asesinato, una vez ingresado, comenzó a experimentar fiebre alta. Tenía una infección grave y tuvo que ser operado de nuevo. Los doctores descubrieron que en la anterior intervención quirúrgica, algún galeno descuidado le dejó una tijera dentro de los intestinos. La mala noticia vino por partida doble: también le detectaron VIH.

“Si no hubiera sido por esta segunda operación”, dice, mostrando una gruesa cicatriz que parte su cuerpo, desde el ombligo hasta donde muere la garganta, “no me hubiera enterado nunca. Somos 51 los infectados, pero eso de lo que sabemos. Para mí que hay muchos más aquí”, asegura Eduardo.

Para Eduardo, mezclar tuberculosos con la gente que tiene sida, se convierte en una bomba de tiempo
Además del olor a libro viejo, en el aire se respira angustia. Para Eduardo, mezclar tuberculosos con gente con VIH es una bomba de tiempo. “Tenemos que cambiar de ambiente, salir de esta podredumbre y que nos clasifiquen por enfermedad. Yo contraje aquí la tuberculosis, y por eso es que estoy más jodido. No pueden poner a gente con sida con otro tipo de enfermos”, dice el hombre, pasándose las manos por la cara con violencia, como queriendo despertarse de un mal sueño.

Pero otro de los problemas más alarmantes para estos internos, puede ser relatado un par de metros fuera del Policlínico, por Rodolfo Gonzales.
En un patio rodeado de  rejas, donde las manos de los reos se fugan para pedir un tabaco o una moneda, está Rodolfo, portador de VIH desde hace 15 años y presidente de la comisión de internos con esta enfermedad. Tiene un permiso especial  para salir tres días a la semana para gestionar el ingreso de vitaminas para los reos enfermos.

Sin embargo, cuenta que cada vez le ponen más trabas burocráticas a la hora de ayudar a sus “paisanos”. Y comenta que en el caso de que alguno de los internos sufra un infarto, trasladarlo fuera de la Penitenciaría, se convierte en un verdadero calvario.

Relata de gente que ha muerto por la ineficiencia de los trámites entre directores y guías y que, además de eso, si no se tienen diez dólares en el bolsillo para la gasolina, la persona literalmente “se muere esperando”.

“Para poder salir tienen que firmar el permiso y mostrar los diez dólares para gasolina. Si se lo firman, luego tienen que esperar el permiso de los guías y hasta eso, pasarán tres horas más”, asegura Gonzales.  

“Muchas veces los choferes me dicen: yo no estoy en mi turno, a mí no me moleste”. Y entre sus relatos más estremecedores está el del guía carcelario que, cuando Rodolfo sostenía a un enfermo con infarto le dijo: “y para qué lo quieres sacar, si ya se va a morir”, y que luego de decirlo lanzó una larga carcajada.

Otra vez dentro del Policlínico se despierta la sinfonía de gargantas lastimadas. Daniel, el gallego; el moreno y Eduardo tosen al unísono. De no quedar en la lista de indultados esperan que, por lo menos, les llegue la medicina retroviral  y las vitaminas para combatir los estragos del sida.

Andrés sigue en la cama, rodeado de los tendederos y el techo descascarado. Mira nuevamente el escenario, prefiere no hablar. Esperará paciente ese indulto humanitario. Ese que le permitirá morir con un poco más de dignidad, al lado de su madre, esa que lo mira a los ojos, esa que no tiene  vergüenza, a esa que lleva grabada en el pecho, con tinta china y en letra cursiva.
Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil
Rss
Weather Image 30 ° Guayaquil, Ecuador Weather Image 12 ° Quito, Ecuador Ver más Powered By The Weather Channel