El arte viaja sobre ruedas en Quito
Dos juglares modernos presentan sus obras teatrales en los buses.
Finales de los años setenta. Quito. El poeta callejero Bruno Pino sube a los buses y declama, tajante, algunos versos. Una leyenda que permanece guardada entre tantas historias que esconde esta ciudad.
Finales de los años noventa. Quito. El teatrero y cantautor Sergio Silva había dejado el colegio hace algunos años para explorar distintas artes y sabía de memoria el poema de Mario Benedetti ¿Por qué cantamos?. Estaba a punto de subirse a un autobús, como Bruno Pino, para declamar ante un público que sabía poco de poesía y que por cierto, le aterraba.
En ese momento recibió el impulso de la frase de su creación: “la Literatura tiene que salir de los libros e instalarse en los corazones”. Y lo logró. Al contrario de lo que esperaba fue posible entre aplausos de la gente y “el acolite del conductor”.
Desde ese instante considera “que la nota fue adictiva”. Entre uno y otro mes de descanso no ha dejado de recitar versos durante los últimos diez años y de brindar al público un momento “en que puede ver más allá de las ventanas”.
Silva, de 31 años, planificó el proyecto en solitario, pero después encontró compañeros a los que contagió con su “adicción” como ocurrió con el argentino Lucio Saéd. Y hace dos años, luego de un paso por el grupo de teatro Saltamontes, retomó nuevamente el proyecto con Hugo Palacios (36 años), periodista y teatrero, más lo segundo que lo primero. El dueto formó el grupo, Los de a pie.
17:50. “Mire esa belleza”, dice Sergio. Es el bus de la línea Carcelén, que está a punto de traspasar el puente del Guambra. Unas 25 personas regresan del trabajo, de alguna diligencia, de sus estudios, de donde sea. Sergio y Hugo, no lo piensan mucho. Es el momento para presentar: Un Son Prosaico, de Simón Bolívar de Juan F. Ruales (poeta otavaleño).
“Si Simón Bolívar estuviese con nosotros le gustarían los blue jeans y las sandalias/ Transitaría por las avenidas de Quito, Cochabamba, Caracas, Bogotá/ Tararíamos la música de Charlie García, de Bob, Marley de Manu Chau, Joaquín Sabina y Julio Jaramillo /En la universidad encabezaría las manifestaciones por las grandes avenidas de Medellín, de Quito, de Maracaibo, con un hermoso pañuelo arco iris…
Bajan los sombreros en señal de agradecimiento al público. No hay aplausos. Solo una que otra cara alegre. Sin embargo, desde un puesto cercano al del chofer, un chico, que hace un deber para el colegio, le recuerda a su madre que el otro día presentaron un poema de J.J. (Julio Jaramillo) y que le gustó mucho.
Hugo no teme mencionar que son artistas y políticos, “aunque suene mal”. Políticos, en su sentido más amplio y sensato, “de llegar a conmover a un pueblo que no acostumbra a leer. Donde los poetas son desconocidos”.
Y, a pesar de que en un principio Sergio pensaba que su proyecto “le daba un no definitivo a los cafés de intelectuales y los auditorios”, no pudieron rechazar la invitación del escritor Juan Ruales (autor del poema de Simón Bolívar), quien después de conocer sobre su labor organizó un recital en La Casa de la Juventud de Otavalo.
Fue una experiencia nueva en que el público los ovacionó y no hubo “las clásicas interferencias del reggeatón, de los que entran y salen”. También aplicaron el proyecto en algunos cantones de Imbabura y próximamente integrarán a otras ciudades del Ecuador.
Unidad 24, Rumiñahui. Poema: Pueblo, clave y fantasma de Julio Jaramillo, un texto de Fernando Artieda (poeta guayaquileño). El escrito es un homenaje a J.J. y el más controversial del repertorio del dueto, pues incluye “malas palabras”, aunque ellos no las consideran malas.
“En el café de los intelectuales la cosa se estaba poniendo kafkiana cuando pasó Cara ‘e Bandido y les dijo: “que qué Gabo ni la gavers, ¿no ven que se ha muerto el man?”/-”¿Cuál man?”/ Cuál man preguntaron los desenchufados y Cara ‘e Bandido, con esa dignidad característica de los ladrones de barrio y los poetas: “¿Cuál man más va a ser, pues gil? ¿Habrá algún otro más bacán que Julio Jaramillo?
Va dedicado a Guayaquil, dicen, “en tiempos de polémica”, aunque estos no tienen importancia para ellos. Y reciben un aplauso sonoro, que parece transmitirse como un virus por todo el autobús. Las monedas están listas, no solo por parte de los trabajadores, sobre todo por los estudiantes. Pero la sorpresa es que el dúo se despide sin pedir nada a cambio, solo les recuerda que “la poesía debe salir de los libros y llegar a los corazones”.
Entonces, el silencio. Uno necesario para asimilar el asombro. Quizá la admiración también. Cuando ya se han bajado del autobús, el ayudante del conductor les grita “otra, otra” y les sonríe subiendo poco a poco el pulgar.
“Por eso te digo que es adictivo”, dice Sergio, quien admite que al inicio “pasaba el sombrero entre la gente”, sin embargo, se dio cuenta que impactaba más hacerlo “por el amor a la poesía”.
Hugo confiesa que se equivocó en el último poema y Sergio le contesta que como buen teatrero lo resolvió bien y no se notó. Como los juglares -personajes de la Europa Medieval- hacen una interpretación de la Literatura que presentan. Como ellos, con sencillez, entretienen al pueblo y siempre dicen algo más profundo, que va más allá de las palabras.
Son las 19:20. Está a punto de pasar, confundido entre el tráfico, un bus que va a El Condado. A Hugo casi se le ha partido la voz, descansa un momento. ergio le grita “unito más” y Hugo no se resiste a la tentación.
Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero