Desde hace cinco años la calle es el punto de partida del encuentro internacional de arte urbano. Este año los preparativos empezaron en enero.
Las operaciones empezaron en el ‘cuartel’ de artistas, diseñadores y comunicadores de Tranvía Cero, en la ciudadela México, un espacio al que le dicen “Chicago Chico”, de donde salían los hombres más duros, llamados a cumplir algún tipo de trabajo que implica ‘esfuerzo’.
Es en el lugar donde antes estaba el cabaret de Mamá Carmela, justo ahí, donde se han planificado y llevado adelante los procesos para que se concrete, por sexta ocasión consecutiva, el Encuentro Internacional de Arte Urbano Al Zur-ich.
La semana pasada terminó la edición de este año que contó con 16 propuestas, y que nació como la necesidad de localizar más espacios para la expresión artística, por fuera de los sitios tradicionales (galerías, por ejemplo) y así desarrollar entre las personas una forma distinta de relacionarse con el arte.
El sitio ideal es afuera, en la calle. Durante los meses de julio, agosto y septiembre, barrios del sur de Quito, y espacios de otras localidades del país, han sido intervenidos porque para Tranvía Cero el sur no es un lugar geográfico, sino la representación de aquellos sitios olvidados. El sur significa periferia y por eso el proyecto funciona para que las manifestaciones de arte urbano, en las que cada uno de estos barrios tiene mucho que ver y participar, sean el centro. Se trata de convertir los márgenes en centros de acción cultural.
El Al Zur-ich, como experiencia, es un trabajo de todo un año que se distribuye en conseguir apoyo financiero, revisar y analizar lo que funcionó o no de las ediciones anteriores, realizar las convocatorias (que se hacen en enero, son internacionales y han contado con participaciones de Chile, Argentina, Colombia, Alemania, Inglaterra y Uruguay, entre otros), seleccionar los proyectos e iniciar los acercamientos entre artistas y habitantes de los barrios.
Al Zur-ich arrancó en el 2003, y no es un trabajo que sus organizadores se lo toman a la ligera. Es la legitimación del arte no por el curador, sino por la gente de un barrio; se trata de llevar adelante un proyecto, sin pensar en cómo será el resultado. El éxito está en llevarlo adelante.
“Nuestro trabajo es muy riguroso en cuanto a presentar las obras, a buscar la gente y a desarrollar una logística adecuada”, cuenta Pablo Almeida, uno de los miembros que originó los procesos. Con el tiempo, esta rigurosidad ha generado una dinámica en la cual el trabajo del artista se ha diluido, deja de ser el que controla todo, y “la comunidad se inserta en las obras. La gente que vive en los sectores se hace partícipe, producen y son actores de la obra”, comenta Samuel Tituaña, otro de los miembros del colectivo.
René Robalino, en cambio, lo celebra a su manera, está descansando en una de las hamacas colocadas a lo largo de la calle Serapio Japerabi, de Barrionuevo; propuesta del Colectivo 042, conformado por un grupo de estudiantes del ITAE, de Guayaquil. “Esto es una gran iniciativa porque está enseñando a todos el respeto por lo que hace el otro”, asegura, mientras sobre su regazo descansa su perrita Pelusa.
“La Costa vino a la Sierra”, dice Cristina, joven del sector. A lo largo de toda la calle Serapio Japerabi. Las hamacas reposan a los lados, en las veredas, parques y esquinas. Se sostienen de lo que tienen alrededor, de postes o de las verjas de las casas.
Alguien se detiene, una señora que va a prisa: “¿Están vendiendo las hamacas?”, pregunta. Una voz del lugar le da la respuesta. Ella sigue su camino. Los carros se plantan y preguntan si es una manifestación por el “No” en el Referéndum.
Sonia Villalba es una de esas personas, está en su auto, junto a su marido, Julián Reinoso. Viven por el sector y están maravillados con lo que ven: los niños corriendo a acostarse en las hamacas, la falta de práctica que hace que varios de ellos se lancen a la tela y caigan al piso por la maniobra (“por eso no las pusimos tan altas”, dice Lorena Peña, del colectivo). “Es hermoso todo esto, nunca había visto esta calle con tanta alegría”, comenta Sonia, antes de seguir su camino.
Miembros del colectivo avanzan hasta pasar por cada una de las hamacas, donde hay leyendas, historias y criterios basados en las impresiones de la gente de la zona. En ellas se habla de las relaciones personales, de la salud y del cuidado de los parques. Hay niños alrededor, los acompañan al haber sido los gestores simultáneos de lo que ahí sucede. “Nos dieron talleres para pintar estas camisetas con lo que nos ayudaron a desarrollarnos y a mejorar nuestra actitud”, comenta Miguel, que avanza con el grupo. A la larga así los artistas consiguieron ganarse el apoyo y la confianza de la zona.
Para Tranvía Cero el sur no es un lugar geográfico sino la representación de aquellos sitios olvidados
Lorena Peña, del colectivo, es en parte responsable de “Tómala o déjala”, el proyecto que el 12 de septiembre tuvo su cierre con la colocación de las hamacas que habitantes del sector pintaron durante varios días. “Tuvimos que acercarnos a la gente y hacerles ver que su participación servía para darnos cuenta la importancia de tener un momento para detenerte a hacer algo más en tu día”, afirma ella.
Christina Núñez, Mario Menoscal, Joshua Jurado y Andrea Ramírez pertenecen también al colectivo 042. Ellos hicieron contacto con Al Zur-ich vía internet en julio, y para financiar su corredor de hamacas pidieron auspicio a Naya Nayón, que les entregó 30 hamacas, cuyo costo fue de 7 dólares por unidad. Mario Menoscal explicó que el proyecto Al Zur-ich les entregó 500 dólares para el proyecto, y aunque han gastado mucho más, están satisfechos con su idea, y sobre todo, con que haya sido acogida por los habitantes del sector. “No fue nada fácil. Antes de poner las hamacas donde las dejamos, estuvimos en otra calle”. Hubo un poco de resistencia por eso buscaron una nueva ubicación.
Con un presupuesto nominal e ideal de 113.490 dólares, el Al Zur-ich se ha llevado adelante con mucho menos que eso: 8.100 del Municipio de Quito y 11.040 del Consejo Provincial de Pichincha. “Con eso costeamos el Encuentro y trabajamos todo el año”, expresa Ernesto Proaño. El resto ha significado el compromiso de todos los miembros de Tranvía Cero (que incluye también a Pablo Ayala, Omar Puebla, Luis Herrera, Sofía Soto, Paola López, Antonio Salazar y Adrián Balseca) para laborar sin sueldo y procurar, con lo que hay, el financiamiento para cada proyecto (500 dólares a cada uno), afiches, volantes, postales y catálogos, que se entregarán el próximo año, junto con un DVD.
En el 2009 habrá una nueva edición, aunque varios de los actualmente 10 miembros de Tranvía Cero esperan que más gente se una al trabajo y así mantenerlo por más tiempo.
Rodolfo Kronfle, crítico de arte guayaquileño, cree que las intervenciones en espacios públicos o marginales pueden nacer de una intención por ampliar el terreno de juego en que el arte se desempeña. “De este modo se establecen otros sistemas de relaciones y contactos con prácticas simbólicas que van a diferir mucho de la experiencia museal, muchas veces acartonada y basada en la percepción de la obra como objeto”.
Involucrar a la comunidad en el lugar que se elige para hacer intervenciones de arte permite una socialización que crea vínculos entre las personas. A pesar de esto, Kronfle explica que “la valoración de estas prácticas sin embargo –y esto no les quita legitimidad- sí va a diferir bastante entre quiénes son los sujetos de experiencia de las mismas (el habitante común del barrio) y quiénes elaboran en torno a ellas desde el campo académico, donde eventualmente se inscriben”.
Para la convocatoria de este año, hubo propuestas muy críticas sobre los espacios de la ciudad y la estética arquitectónica en la planificación de una urbe. El proyecto de David Celi, Bienvenido y hasta luego túnel de San Diego, hizo meditar sobre cómo se construyó Quito y el progreso de la ciudad.
El grupo MAM de Uruguay tomó la ciudadela San José, cercana al parque de la Alameda para hacer Tejido umbilical. La acción buscaba relacionar a las mujeres de Uruguay y Ecuador por medio del zurcido o remiendo. Así, en comunidad se empezó a coser, recuperando una actividad ancestral que une a las mujeres del mundo.
El proyecto ¿Frontera?, de Patricio Dalgo, se situó al sur del Ecuador, como una intervención binacional que ocupó el espacio entre Huaquillas y Aguas Verdes para demostrar “la vulnerabilidad de los espacios de poder que se puede constituir en un sitio de corriente ambigua mediante la cooperación y el ejercicio de mecanismos de colaboración”. Toda esta teoría se tradujo en una “cocinada comunitaria” con tanques de gas unidos por una manguera que iban de un lado de la frontera al otro. En el fondo, la idea es muy simple, se trata de tender puentes, hacer lazos, buscar caminos de expresión que aglomeren y no que disgreguen. Para Al Zur-ich se trata de intervenir espacios de una manera artística, pensando en los otros.
Eduardo Varas/Paulina Briones