Tomada de la edición impresa del 17 de agosto del 2008

Arte en zona de conflicto

Las danzas y los ritmos folclóricos, así como la cadencia de la percusión, alivian las tensiones creadas por los ejércitos fronterizos.  | FOTO: Francisco Ipanaqué

FOTO: Francisco Ipanaqué

Las danzas y los ritmos folclóricos, así como la cadencia de la percusión, alivian las tensiones creadas por los ejércitos fronterizos.

IMÁGENES

En una zona caliente de la frontera colombo-ecuatoriana, los 13 integrantes de la corporación Humor y vida llevan un mensaje de paz.


 
Desde ese punto sintió que todo era diferente. Y con sus movimientos encantó a los demás. Suspendido en el trapecio, a 3 m del suelo, enredándose en un solo pie con las cuerdas y el aire, se dio cuenta al fin “de que estaba muy alto”.


Esa noche en su pueblo, Puerto Nuevo (Sucumbíos), Jefferson Vargas, de 15 años, parecía posarse sobre una interminable selva verde, que en ese momento solo era una silueta negrísima donde monos, pájaros, insectos y otros animales se comunican con sonidos inconfundibles.


Sus figuras y escapes en el trapecio -que definían las líneas de su cuerpo formado estéticamente en trabajos de construcción y agricultura- tenían como fondo una noche calurosa y húmeda, en que el aroma del río San Miguel, que separa a Colombia de Ecuador, infundía cierta paz y tranquilidad.


A 25 kilómetros de Puerto Nuevo (de unos 600 habitantes), el Ejército ecuatoriano pide como requisito un pasaporte y hace algunas preguntas.

Anticipando, quizás así, que en adelante no brindarán seguridad, que se llegará a una especie de limbo en que cualquier cosa puede pasar.


Al “chico de las alturas”, como ahora le llaman a Jefferson, le bastaron dos días y medio en un taller de acrobacia, que alternó con su trabajo en el campo, para ser una estrella. Fue una sorpresa. Y más que eso, fue la recompensa, de esas pocas que tiene entre sus alumnos, la Corporación Humor y Vida para continuar por segundo año con su programa cultural La Revuelta, que se realiza durante este mes en la frontera. 


A unos 50 metros de la escuela fiscal mixta Carlos Agüero, donde Jefferson y unos 80 chicos hicieron una presentación artística la noche del pasado miércoles, hace dos años estalló un misil (se cree lo detonó el Ejército de Colombia) en una casa frente al río San Miguel. Esa, y otras razones, impulsaron al jefe de la Junta de Puerto Nuevo, Juan Escobar, a tatuarse su número de cédula en el antebrazo izquierdo: “así sabrán quién soy si me asesinan”, dice. 

Pero no solo el conflicto armado, la tensión entre las FARC y los dos ejércitos fronterizos, mantienen en tensión al pueblo.

Humor y vida llegó a la zona para dar talleres de zancos, títeres y clowns. Una forma feliz de integración.


Humor y Vida llegó a la zona hace más de una semana con trece integrantes (tres ecuatorianos, dos argentinos y ocho colombianos) para realizar talleres de títeres, acrobacias y trapecio, fotografía, pintura, teatro, zancos, manualidades, marimba, danza, resolución de conflictos y ‘payasería’ (clown), dirigidos a niños y adultos.


Fueron acogidos en la casa de Jenny Tierradentro, quien sabe de primeros auxilios y esta semana suturó a una mujer que sufrió un corte de machete propinado por su esposo, de siete puntos por fuera y cinco por dentro. Dos chicas intentaron envenenarse. Todo esto pasó en menos de seis días y eso da cuenta de que aquella es la zona más violenta del país.


A pesar de eso, el fútbol, los atardeceres y los gritos de los niños y niñas crean un ambiente de euforia a eso de las 17:h00. En la mañana se vive el encanto del café y los bolones, la escuela, y los padres que van a plantaciones, construcciones y petroleras.


En medio del movimiento del pueblo, Amaru, que llegó hace poco (tiene cinco meses y medio de nacido) reposa sobre una hamaca esperando a sus padres. Es hijo de Constanza Ángel y Daniel Betancourt. Ella, maestra de artes escénicas y él, músico; los dos formaron junto a Patricia Galarza, gestora social y bailarina, y Diana Cancino (actriz y clown),  la corporación Humor y Vida en 2006.


Constanza y Daniel llevaron a su bebé al recorrido que durará un mes. Diana, líder del grupo, no quiso perder la oportunidad de darle un compañero al hijo de sus mejores amigos y desde hace seis meses espera a Joaquín.


A pesar de que pueda resultar extraño que un bebé y una embarazada viajen a la zona más peligrosa del Ecuador, ellos no podían perder la oportunidad de cumplir con ese sueño, que llevan dentro desde los tiempos de universidad.


Esa fue la mayor prueba de entrega a los demás. No solo es arriesgar su vida sino la de su familia. Sin embargo, justamente aquella decisión es lo que les dio más fortaleza en esa batalla de creer que “el arte no solo es por el arte”, sino que es un medio para expresar, un gestor social capaz de concienciar y formar.


“Es que debe haber algo más allá de los teatros”, dice Víctor Stivelman, un reconocido clown argentino, que no solo ha tenido éxito recientemente con su obra en Ecuador, sino antes en Europa. Y, a pesar de algunas propuestas de trabajo, él prefiere ser voluntario de Humor y Vida y transmitir “a un ser demasiado honesto, bello poética y éticamente como el clown”.


Para Diana Cancino, “el clown es un niño, capaz de expresar sin miedos lo que siente, de decírtelo a la cara. Un payaso que se ríe de sí mismo porque ha capturado toda la estupidez humana y la ha transformado en risa”.


Diana o ‘Chana’, como la conocen, es el eje de los trece integrantes, que tienen promedio de 29 años de edad. También es una especie de madre, quien les dijo en un agasajo “ya es hora de dormir”, y después los consintió con sus arepas colombianas al siguiente día.


El grupo cuenta con la participación del colectivo Henyoka de Colombia y de otros voluntarios como Límber Nazareno, un esmeraldeño que le enseñó a la comunidad a tocar marimba, como lo hace con su grupo Nato, en Riobamba.


Pero ¿qué le quedó a Puerto Nuevo después de la segunda visita de Humor y Vida? Tardes en que la escuela se transformó en una especie de circo y taller de artes, en que mientras se pintaba un mural, los zanqueros caminaban por una cancha de fútbol y los acróbatas hacían trapecio.


Tardes en que gran parte de niños y niñas no soportaron el trajín de trabajos, que aunque suenan divertidos, requieren mucha concentración y creatividad.


Después de unos días de práctica, los seis payasos del grupo de Víctor presentaron una obra en que un tarro de basura era confundido con un cesto para guardar ropa, o viceversa, por falta de comunicación. 


En el taller de títeres, en cambio, con personajes confeccionados con material reciclado, se realizó un noticiero que denunciaba la rotura de un tubo de alcantarillado, que por cierto existe y da la bienvenida al pueblo.


Entre todas esas expresiones, la del grupo de Daniel Ligresti fue al menos la más vistosa. Él descubrió a Jefferson, “El chico de las alturas” y su talento en el trapecio. Daniel nació en Argentina, donde aprendió algunas cosas del circo.


La crisis de 2001 lo dejó sin trabajo y desde ahí ha buscado su destino en España y Colombia, país que lo deportó hace poco.   “Tengo unos pesos, pero en cada lugar hago cuenta de que vuelvo a comenzar de cero, esa ha sido mi filosofía”. 


En ese constante renacer formó un dúo con un amigo, que un día fue retratado por televisión española y algunos diarios. Sin embargo, ni ese dúo ni su trabajo en el circo, peor los escenarios, le dieron algo que le llenara del todo.


Sí, el trabajo lo realizó con la organización española Loco circo de la vida, que también realiza espectáculos y talleres en lugares en conflicto.


 “Para mí, sino trabajás en la calle o con la gente no eres un artista que valoro”, dice Daniel, conocido como El águila.


Ha recorrido Colombia con su espectáculo, a pesar de recibir amenazas y cargar con el fantasma de dos acróbatas que fueron asesinados en Bucaramanga, “porque los paracos (paramilitares) creyeron que eran vagos”.


Su consuelo es formar a chicos, como Jefferson, que aunque sabe que  difícilmente podrán dedicarse al circo, “al menos vieron una alternativa, algo que de repente les puede hacer sentir que su trabajo es apreciado por los demás”. Diana o ‘Chana’ siente que la mayoría de muchachos de la región está condenada a trabajar en plantaciones de coca y por tanto expuesta a la violencia de cualquiera de los bandos.

 

Un simple “gracias” de una niña, bailarina como ella, es lo que Patricia Galarza se llevó además de un plato de carne, yuca y un poco de encebollado. Límber Nazareno partió con el reconocimiento de que Felipe González, de 28 años, aprendió a tocar el bordón. Y Víctor Stivelman con esas risas que arrancó el show de sus chicos.  Les quedó eso, a pesar del robo de un teléfono celular “que por suerte y un arreglo pacífico, fue devuelto a su dueño”.


Llegó el momento de empacar las cosas, de escuchar Manu Chao en el autobús, de cambiar una llanta que explotó en el viaje, de revisar el email y escribir algunos correos en Lago Agrio, para finalmente perderse otra vez entre la selva.  


El nuevo reto es la comunidad 5 de Agosto, que tiene 124 habitantes exactamente, la mayoría afroecuatoriana. A unos cinco minutos en auto desde el sector, se produce la mayor fuga de contrabando entre los dos países y es el lugar por donde los sicarios huyen en motos, al menos eso es lo que dice un chofer de la región, que duda temeroso pasar por ahí pasadas las 22h:00.


El viento golpea el rostro de los artistas. El calor agobia. Víctor describe un poco lo que es enseñar teatro en el desierto del Sahara. De aquella belleza que tienen los ojos de la gente en esa zona, en la que cree que ningún payaso se quedó tanto tiempo como él, refugiado en una carpa. 


“Es tan loco todo… mirá que yo les enseño a los chicos que pueden sacar su lado más sincero y emotivo, en una sociedad que cree que siempre debes ser formal y no un ridículo”.


 Sus ojos verdes entonces miran directo, y no repara en decir “ y yo te juro que tengo una vida diferente a los demás, soy tan feliz...”. 

Galo Betancourt
gbetancourt@telegrafo.com.ec
Reportero
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