La socióloga Margarita Gándara pasó dos años buscando viejas glorias del dramatizado.
La del radioteatro en Quito es una historia vieja. Tanto, que pareciera, aunque no sea cierto, que su último capítulo se escribió hace años. Es la historia de una ciudad que entre 1950 y 1970 sufrió las transformaciones de dejar de ser “pueblo chico” para ser urbe moderna.
El 12 de febrero de 1949, en un suceso que se marcaría para siempre en la memoria de la ciudad, radio Quito era incendiada: miles de oyentes se habían aterrorizado ante lo que creyeron era la noticia de la llegada de extraterrestres al pueblo de Cotocollao, hoy barrio del norte de la ciudad. Cuando supieron, en medio del pánico, que era un radioteatro sobre la novela de H.G. Wells, literalmente ardió Troya.
Eran, recuerda el actor Gonzalo Portugal, años en los que la radio crecía como negocio y como poderosa herramienta para comunicar a la ciudad que se extendía cada semana en barrios nuevos. Dos grupos de actores, comandados por Gonzalo Proaño y Edmundo Rosero, prestaban sus servicios en diferentes emisoras de la ciudad.
El hijo de Proaño, también llamado Gonzalo, es un conocido promotor de la bohemia ‘inteligente’ en Quito desde su Cafelibro. En el bar, es fácil hacer hablar a Gonzalo hijo de su padre. Era un gran actor, asegura, y era, en el pequeño mundo de la ciudad de esos años, una celebridad popular.
Su versión de El derecho de nacer (la madre de las radionovelas, del celebérrimo Félix B. Caignet) marcó época y se recordó durante décadas.
Don Gonzalo fue feliz y próspero con el radioteatro. Llegó a comprar la Radio Victoria, conocida en los años sesenta como “la catedral del radioteatro ecuatoriano”. En su primer aniversario, recuerda Proaño hijo, la gran actriz mexicana María Félix estuvo presente en los micrófonos.
Hernán Cevallos, quien le diera voz a la caricatura de Don Evaristo en los noventa, colaboraba hasta hace poco con la Radio Municipal. Son jugosas las anécdotas que cuenta de ese tiempo en el cual todo se hacía en tiempo real, en vivo y en directo. Colar un efecto en el momento justo (tras el drama maravilloso de producirlo con tapas, tablas, telas, vasos…) era tarea de relojeros.
A América Chiriboga, una de las principales actrices de esa época dorada del radioteatro, la actividad hasta le cambió el nombre. Como ya había una chica Yépez en el elenco, ella adoptó el apellido de su abuelita, y con ese nombre ha vivido siempre. Hoy, con más de noventa años, la memoria a veces le es ingrata. Por suerte su hija, Nelly Granja, oyó durante años esos recuerdos y hoy puede narrarlos como propios.
"Si en el plano de las ficciones ahora la telenovela es la reina, el radioteatro también sigue siendo eficaz”.
Esa memoria en riesgo de perderse encontró una investigadora dispuesta a rescatarla. Margarita Guerra Gándara, aficionada a este mundo de las cabinas desde hace años, decidió ir buscando así, de uno en uno, a los antiguos ídolos de las ondas. En dos años de esfuerzo halló y entrevistó a 33 personalidades del radioteatro quiteño.
Fue un esfuerzo con baches: terminado el trabajo, no encontraba quién lo publicara. Una gestión le abrió las puertas de Editorial El Conejo. Luego, el Fondo de Salvamento se sumó. Al final, el libro tuvo incluso el aporte de Radio Quito, que donó las radionovelas Ropaje fúnebre y El padre Almeida. El Municipio de Quito condecoró a estos artistas emblemáticos de la ciudad el 11 de junio de este año, en el Teatro Variedades.
Entre otras caras, estaban actores como Óscar Guerra, el inolvidable Sarzosa de las Estampas Quiteñas, o la actriz Lupe Machado, que apareciera hace poco, como una sorpresa feliz, en la película ecuatoriana Cuando me toque a mí, de Víctor Arregui. Muchos se dedican a la comunicación. Otros, como Éricka von Lippke, prefieren descansar después de trabajar mucho y desde muy temprano en la vida.
Llevarlos a una cabina no es tarea fácil, pero si se tratara de volver a hacer radioteatro, seguro más de uno iría. Sus hijos y sus nietos, que llenaban el Variedades, no tendrán problema en apoyarlos: en especial para los menores, sería un placer absoluto ver a sus abuelitos y abuelitas haciendo de galanes y bandidos…
La actual generación joven de Quito, después de 30 años de olvido, ha sentido en carne propia lo que era el radioteatro. Los ejecutivos de Radio La Mega, entre ellos el radiodifusor irreverente que es el ‘Pato’ Borja, apostaron por este formato y han ganado largamente.
Buscaron, eso sí, un blanco seguro, y todos los días programan la célebre serie mexicana Kalimán. Se lo oye en taxis, en casas, en oficinas. Los que se pierden un capítulo recurren al domingo, cuando hay dos horas completas con el resumen de la semana, antes de presentar otro clásico latinoamericano de la radio: Porfirio Cadena.
Ahora, si en el plano de las ficciones es la telenovela la que reina, en la comunicación el radioteatro sigue siendo eficaz como herramienta. Cientos de horas de educación popular se han producido, por ejemplo, en el Cedep: la música de Ataúlfo Tobar es parte de estas producciones, destinadas a concienciar sobre diversos temas.