Tomada de la edición impresa del 06 de julio del 2008

“Las fábricas no dejan ni sacar”

Doña Margarita del Pezo va llenando estas bolsas de sal, la cual extrae del saco, que ella compra en tres dólares. | Foto: Francisco Ipanaqué

Foto: Francisco Ipanaqué

Doña Margarita del Pezo va llenando estas bolsas de sal, la cual extrae del saco, que ella compra en tres dólares.

Margarita es la dama de la sal, de eso no caben dudas. No solo que la vende sino que toda la vida ha comido de ella.


 
Desde siempre el trabajo de Magarita Rocafuerte del Pezo (este es un apellido que llevan muchos en Muey) ha sido el de vender sal. Su hijo Juan Meregildo tiene un recuerdo persistente en el cual ella lo cargaba mientras la vendía en los mercados y pueblos cercanos.

 
Y en los de la propia Margarita ella todavía se ve lavando los bultos de sal que su esposo (ya fallecido) llenaba en una zaranda.

Margarita es la dama de la sal, de eso no caben dudas. No solo que la vende sino que toda la vida ha comido de ella. Armada de fundas, se va a Anconcito y La Libertad para ofrecerlas a 25 centavos. Su padre, Rafael Rocafuerte, también trabajaba con la sal. Y su hijo es dueño de unos 20 pequeños pozos que son los que le dan el sustento a la familia.


“Ya no es como antes, ahorita la sal la sacan con máquinas”, dice, con nostalgia. “Las grandes fábricas no nos dejan ni sacar, ellos están aparte, no quieren saber nada de nosotros”. Cuenta que cada año tienen que pagar US$ 10 por concepto de impuestos.


Ella también está de acuerdo con que actualmente es más difícil vivir de la sal, “este negocio ha bajado mucho, imagínese, a 1, 50 el quintal, pero este es el trabajo de uno”.


Margarita es una convencida de que los hombres de su región mantienen viva una tradición que tiende a apagarse, poco a poco. “La nuestra es la mejor sal, nosotros no la cambiamos por nada”.


Se queja amargamente de que Muey, el lugar en que siempre ha vivido, sea un pueblo tan abandonado. “No es como en La Libertad que todo está muy bonito”, dice.


Margarita, quien se casó muy joven (a los 18 años) con Secundino Meregildo, tuvo 9 hijos. Las arrugas de su rostro parecen un cultivo de pasas, pero su memoria se mantiene intacta. Como ella misma dice, no deben ir a buscarla por las mañanas a la casa, ella estará por cualquier pueblito perdido, ofreciendo su sal. 

 

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