En Muey, un puñado de hombres vive de la recolección manual del ‘oro blanco‘.
Los 11 hombres que palean en la zanja de lodo, bajo el manto protector de un cielo nublado, parecen pequeños puntos disonantes que se pierden en la vastedad del blanco que, de no ser por las certezas geográficas y por el aroma salitroso, que lo inunda todo, induciría a pensar en la nieve. Son las 10:00 y estos hombres (dentro de los cuales hay algunos adolescentes) arrancan desde muy temprano, están tratando desde las 6:00 de hacer oficios de Rey Midas, solo que, esta vez, ellos no convierten todo lo que tocan en oro, sino en sal, el ingrediente básico de nuestras mesas.
En un cuento infantil, el rey-padre le pedía a sus tres hijas (las princesas) que cuantificaran su afecto por él. Y la más chiquita, para su asombro, le dijo que lo quería tanto como la sal, para después, en un puro ejercicio de lógica, demostrarle lo esencial de su comparación. Lo mismo hacen todos los días, con otras armas, los salineros artesanales del sector IV de Muey (población costera que pertenece a la jurisdicción de Salinas) dando pala sin cesar, para sacar carretillas llenas de sal; midiendo la temperatura del agua; cazando al sol pues saben bien que, aunque este los lacere durante las extenuantes jornadas, de él depende en buena medida el éxito del proceso.
Es verano y esto lo saben muy bien en Muey, población de cerca de 800 habitantes en donde se aprovecha hasta el último de los “soles” para, como ellos dicen, “cosechar” sal, un oficio del que han sobrevivido los abuelos, después los padres y ahora los hijos. Un trabajo que a ellos, quienes trabajan de forma totalmente artesanal, cada día se les pone más difícil debido a la presencia de grandes empresas salineras en la región (ver gráfico).
Lo sabe Lucio del Pezo, un hombre curtido de 45 años, que aprendió el oficio de su padre, don Nicanor del Pezo, 70 años, 40 nietos y 13 bisnietos. Él, al igual que las 40 familias que viven en Muey de sacar sal de forma rudimentaria, compiten (si es que la palabra vale) contra las grandes fábricas salineras de la región que, según dicen los vecinos, no los toman en cuenta ni para mano de obra, ni para capacitación.
Mientras saca una carretilla repleta de lodo y sal, Lucio del Pezo explica que primero el agua llega de la zanja y entra a los calentadores (debe tener 24 grados centígrados, aproximadamente). Para él limpiar las zanjas es una de las cosas más difíciles del proceso: “cuando están muy hondas hay que subir el lodo en cajón”.
La zanja cenagosa es un continuo trasegar de hombres que después de llegar con las carretillas a la orilla se ponen a lavar los montones de sal granulada, metiéndola en unos sacos verdes y sacudiéndola, mientras potentes chorros de agua hacen lo suyo.
Es todo un misterio el descifrar cómo puede echarse al hombro todo ese peso (con su figura enclenque de adolescente de 14 años) Félix del Pezo, quien ha hecho ese oficio desde hace un año y medio. Como el resto de los hombres, el pequeño Del Pezo lleva un pulóver de mangas largas, gorra, botas pantaneras y camiseta anudada en la cabeza, como beduino. Habla poco, pero ríe a cada rato.
Jacinto de la A es otro de los obreros que trabaja la sal en dos jornadas, de 6:00 a 12:00, y de 13:00 a 17:00 p.m., con solo el tiempo justo para un caldo de pescado al almuerzo, o un pedazo de carne cuando soplan buenos vientos. Lleva 15 años en ese proceso. Y es único de su familia que trabaja en eso, pues el resto prefirió la construcción. Ahora está midiendo los grados de temperatura del agua, 18 grados. Habrá que esperar un poco a que le dé más el sol y alcance la temperatura adecuada.
La mayoría de estos trabajadores coincide en que el trabajo de la sal (al menos como ellos lo practican, de forma tan artesanal) cada vez se pone más duro. Aunque muchos están agrupados en la Asociación de pequeños productores de sal, Represa Velasco Ibarra, los precios están bajos. Por un quintal de sal natural (sin yodar) están pagando 1,50 dólar. Transacción que hacen ellos directamente, o sus hermanos. O sus mujeres.
“Es una sal natural, sin químicos, con ella se puede perfectamente cocinar”, dice Jacinto de la A.
Este es un trabajo que no paga bien. Y las manos llevan la peor parte. Como no usan guantes (“son incómodos, se resbala la carretilla”) las palmas parecen mapas surcados de callos.
Resulta curioso saber que muy cerca de donde trabajan estos hombres pueden divisarse las modernas construcciones de Salinas, con sus edificios hechos para la distracción, con habitantes de manos suaves, cuidadas, que no saben lo que es un callo. A 150 metros aproximadamente del terreno salitral puede uno toparse con tierra productiva. Eso aseguran los conocedores de la zona. Como Chacón, un hombre al que su suegro siempe le contaba que por allí pasaba un río hermoso y que era posible ver conchas y cangrejos.
“Para 1940 esto (el área de la represa, vía Punta Carnero, de la José Luis Tamayo) era puro manglar”, cuenta. Y recuerda también que en 1998 se iban, a escondidas, a comer uvas, que se daban bien.
Por allí ha llegado don Nicanor del Pezo, toda una institución entre los salineros. Viene en un camioncito alquilado para llevarse unos sacos de sal que han quedado amontonados desde la noche anterior.
- ¡Oe, tienen 80 libras nomás estos sacos!, dice un ayudante.
Serán unos 50 sacos, que, por suerte, nadie se ha llevado.
Nicanor del Pezo Meregildo, 70 años, fibroso, con cuatro dientes solitarios, 7 hijos varones y 2 mujeres, dueño de una zanja y dos pozos, ha venido en persona a llevárselos. Viste una camiseta azul con el número 5, un pantalón verde y gorra celeste. Se dice fácil: desde los 12 años haciendo ese trabajo.
“Ahorita, como sea, tengo para defenderme”, asegura. Ayuda a acomodar los últimos sacos, cierra la puerta y el camión arranca. Atraviesa un trillo de calles polvorientas y destapadas, entre la Cepe y Vinicio Alvarado. Por fin llega a su casa en el barrio, Brisas del mar, para almorzar con su esposa Marina. Ella trabaja, por días, enfundando sal en una de las grandes fábricas de la zona (“Mar y sal, la sal de la vida”, es el eslogan de su producto). “Las grandes empresas de sal solo miran para ellas mismas. Sacan su producto por miles de toneladas. ¿Quién compite ahí? Nosotros no tenemos ni los recursos, ni las maquinarias. Nos da miedo meternos en créditos”.
Todo lo que tiene se lo debe a la sal. Su casa de cemento y madera es una prueba. Él, y otros de sus vecinos, no usan la sal refinada.
“Si anteriormente no había ni fábricas aquí; la natural era nuestra sal”.
Viviendo cerca, a él todo el glamour de las playas de Salinas le está vedado. Sus únicos sueños posibles seguirán asociándose con montañas blancas enormes, que aunque parecen de nieve, no son más que un espejismo.