Tomada de la edición impresa del 15 de junio del 2008

Los gallos sí tienen quien les escriba

El aire huele a caña brava y es hora de la pelea. El “Carrusel” se llena los fines de semana con apostadores de todas partes y, aunque se inunden hasta el cuello, nunca fallan al encuentro.  | FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

FOTO: MIGUEL CASTRO / El Telégrafo

El aire huele a caña brava y es hora de la pelea. El “Carrusel” se llena los fines de semana con apostadores de todas partes y, aunque se inunden hasta el cuello, nunca fallan al encuentro.

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El invierno arrasó con todo en Salitre, menos con la pasión de sus vecinos por las peleas entre estos animales.



Vengo por un par de gallos negros que me cuentan son los mejores del cantón”, le dijo el tipo de sombrero tejano y botas bien lustradas, que se le apareció en la puerta de su casa en una camioneta del año. 

“Creo que va a tener que avanzar un par de kilómetros más allá, porque ha venido al lugar equivocado. Yo a mis gallos me los llevo a la tumba”, le contestó Felipe Briones, viejo de 86 años, rostro seco como cáscara de nuez y la piel latigueada por el sol.

El empeño de Briones se parece al de aquel viejo coronel de García Márquez que esperaba una carta que nunca llegaba y le resolvería su pensión por haber peleado una guerra civil, cuya única esperanza era un gallo de pelea que se negaba a vender.

El vaquero sabía que había llegado en el momento justo: marzo de 2008. Luego de que en el cantón Salitre, escenario de la historia, las nubes se ensañaron contra los sembríos, la lluvia arrasó con las vacas y a la gente le llegó “el agua hasta el cuello”.

Briones perdió los pocos sembríos que tenía y en la casa pasaban hambre. El tipo del sombrero sostenía 300 dólares en la mano, pero a don Felipe “le valió un cuerno”. Se quedó sentando, miró de reojo el fajo y no sintió tentación.

El vaquero no sabía que en Salitre (como en India las vacas) los gallos son sagrados y que aunque el agua se les meta por los oídos nadie los sacrifica, si existe la posibilidad de verlos pelear algún día.

Y si se habla de sacrificio es porque tener un gallo vacía los bolsillos y los llena de polillas. Un par de espuelas de espina de pescado, las más usadas, puede llegar a costar 120 dólares. Ni hablar de los precios de los gallos, que van desde los 100 hasta los 5.000 dólares, que es lo que cuesta un buen gallo colombiano o peruano.

“¿Qué está esperando ahí parado? Ya le dije que no le vendo mis gallos”, sentenció Briones, con una mirada que derretiría un iceberg. 

 Felipe se enamoró de las peleas de gallos hace 70 años, cuando tenía 15. Era tan alto como ahora, pero menos encorvado. No tenía ojeras y la piel de la cara no estaba agrietada como pergamino.

El gallo de su padre se llamaba “Culebra”, era flaco, le faltaban plumas y tenía el pico chueco, “pero qué velocidad la del desgraciao”, recuerda.

Aunque el agua se les meta por los oídos, a los gallos no se los sacrifica si hay la posibilidad de verlos pelear.


El gallo “cholo” de su viejo se medía con animales importados de República Dominicana, Inglaterra  y Asia, pero nunca lo tumbaron: se murió de viejo, pero con más de veintisiete peleas ganadas.

Felipe dice que cuando peleaba, el gallo y su padre compartían una misma alma, y que  eso nadie lo pudo tumbar por más demacrado que el animal se pusiera. 

De ahí la resignación del viejo, esa que se parece tanto a la de “El Coronel no tiene quien le escriba”. La única vez que Briones trató de vender un gallo fue hace 20 años, pero, según él, el destino no se lo permitió.

Era un gallo de plumaje casi dorado pero que según él, le “reventó” la billetera. Pensó que era hora de retirarse de las peleas y viajó donde un gallero de dinero para venderle el animalito.

“Cuando llegué el tipo me estaba esperando con un gallo enorme y colorado. Vamos peleando pues, me dijo, y yo nunca le he huido a una pelea”, asegura Felipe.

Lanzó el gallo al piso y enseguida se le fue encima a su contrincante. Pero luego de una danza que levantó plumas y polvo, el gallo contrario levantó medio vuelo y le pegó una patada en el pecho que lo mandó fuera de combate.

“Ya ahí no más compadre”, le dice Felipe con voz entristecida. Pero cuando iba a recoger a su gallo del suelo, el animal de plumaje dorado lo picoteó en las manos de forma iracunda.

“Te doy cien sucres si es que ese animal horrible y moribundo le gana la pelea”, le dice el tipo, agarrándose la barriga y lanzando una larga carcajada.

“Lo tiré de nuevo a mi gallito. Se quedó acostado en el suelo pero desde ahí le metió un patadón en el buche que lo mató de contado”, cuenta Felipe, mientras se soba la cicatriz que le dejó en la mano el animal.

Ese día se regresó con cien sucres a su casa. Llenó la refrigeradora y lo demás lo invirtió en el “vicio”: compró más gallos, espuelas y maíz.

Veinte años después de aquella pelea, se sigue levantando por las mañanas para tomar café pasado con pan para luego bajar a la gallera.

Los escalones de la casa de caña rechinan con los pies del viejo. Se dirige a un cuarto oscuro, lleno de monturas y lazos y donde tiene a sus mejores peleadores.

Así los “curte”, a punta de oscuridad. Solo los levanta para el entrenamiento. Los hace “corretear” un rato y luego los pone a toparse para que peleen, pero con las espuelas protegidas.

El lugar de entrenamiento está  debajo de su casa. “Esto se inundó tantíjimo y por eso los tuve que subir para que duerman conmigo”, cuenta, señalando el río, su vecino que se desbordó  en enero y puso a remar en canoas a una población entera.

En las orillas del río se baña  Anderson Salas. Mucho más joven que Felipe pero quien comparte la misma pasión por las pelas de gallos.

“¿Quiere topar un par de gallos don Felipe?”, le grita Salas. “No mijo, al negro lo hago pelear el domingo, ahorita no puede”, contesta el viejo.

De una de las jaulas del cuarto oscuro, Briones saca un gallo de plumaje oscuro como la noche, con un peso de 4 libras, de cola que termina en un color verde jade y con un cuello grueso y rojizo.

“Este ya me lleva tres combates sin perder, desde chiquito pateaba como mula”, cuenta el viejo. A este negro lo va a topar en la gallera de este chico Salas.

Briones avanza un par de calles más allá. Se adentra en la maleza y entre las calles pedregosas para llegar a la gallera de Anderson Salas.
 
La gallera se llama “Carrusel”, un lote levantado en cemento y caña que Salas heredó de su padre, un viejo gallero, legendario en la región, y que murió hace tres años. 

 En su lecho de muerte su veterano le hizo prometer que no abandonaría el escenario, porque los gallos eran lo que mantenían vivo a Salitre.

Desde ese momento, Anderson se hizo cargo del “Carrusel”, lugar que agarra olor a aguardiente los fines de semana y que se repleta con gente de todas partes del país.

A Salas, al igual que a Briones, las lluvias también lo pusieron en apuros. Su casa, un subterráneo con dos cuartos, que queda debajo de la vivienda de su madre, fue cubierta por el agua del río.

Pero eso, según Anderson, fue lo que menos le preocupó. Salas tuvo que aprender a nadar a la “brava“ para poder rescatar a los gallos de su padre de la corriente del río.

Salas cuenta, también, que durante la inundación, la gente se desesperaba por los gallos y que querían ponerlos a pelear aunque fuera en los techos,  donde no los alcanzaría la corriente. 

Pero el Carrusel pudo levantarse a tiempo para marzo de este año. El lugar tiene dos anillos de unos seis metros cada uno. En el primero, de asientos numerados, donde se acomoda la gente que puede pagar un dólar de entrada.

El anillo interior es la zona de combate. Cerca hay una balanza donde los gallos se pesan antes de pelear. Luego de que el referí da la señal, los “careadores” sueltan a los animales y comienza la batalla.

Anderson saca un botellón lleno de un líquido amarillento. “Esto es puro Pata Brava”, dice, mientras riega una estela del líquido y lo prende con un encendedor. “Esto mata lombrices, bichos, y garrapatas”, grita Anderson emocionado.

El botellón lo vende a un dólar y afirma que es lo único que toma la gente en los días de peleas. Cuenta que todos tienen permiso para estar borrachos, hasta el mismo gallo.

“El gallo pelea más duro cuando está “jumo”. Así como cuando uno está con los tragos y medio lo tocan y de una reparte quiño”, dice Salas, guiñando un ojo y con el puño al nivel de la cara.  

Metros más allá está el viejo don Felipe. Con el gallo negro entre los brazos, agarrándolo con la facilidad y la experiencia que solo el tiempo otorga. Examina la gallera, extasiado. 

“La gente se ajuma y mira las peleas de gallos para olvidar las penas. Este es mi único vicio, yo no fumo ni bebo, pero vendería el alma por mis gallos”, dice,  acariciando el plumaje del “Negro”.

El fin de semana la gallera volverá a oler a “Pata Brava”. El viejo compartirá una misma alma con su gallo cuando éste se pare dentro del círculo de tierra, como hacía su padre con “Culebra”.

Pierda o gane, Felipe Briones se retirará contento y, así como él, la gente seguirá regresando los fines de semana al Carrusel, truena, llueva o relampaguee.

Porque, a diferencia del coronel de García Márquez, en Salitre, los gallos sí tienen quien les escriba.

Maximiliano Delgado
mdelgado@telegrafo.com.ec
Reportero - Guayaquil