Entre loeros y fuegos artificiales
El Corpus Christi combina la religiosidad cristiana con las fiestas del solsticio de verano.
La cordillera es una procesión de picos que apuñalan el cielo con su estatura. Y el frío hace que miles de fieles sujeten con fuerza sus ponchos y sombreros. Vienen de Sigchos, La Maná, Pangua, Salcedo, Saquisilí, Latacunga y otros puntos de los alrededores. Son las Octavas, que mezclan la religiosidad cristiana con la ancestral fiesta en honor al Sol y a la Pachamama (madre tierra).
Pujilí, a 2961 metros sobre el nivel del mar, fue fundada en 1657 y es la tercera ciudad más antigua del país. Significa en quichua “posada de juguetes”. Las Octavas fueron declaradas patrimonio cultural intangible de la nación en 2001.
A la sombra tutelar del Cotopaxi, el 22 de mayo (el jueves siguiente al primer domingo de Pentecostés) arranca la más grande muestra de folclor de la provincia. En la iglesia se oficia la misa de Corpus Christi y el alcalde Marcelo Arroyo inaugura las festividades. La feria artesanal funciona en los patios de la escuela Pedro Vicente Maldonado. Los 30 puestos se esparcen ofreciendo prendas de lana, comida típica y recuerdos varios.
Agitado es el movimiento entre los uniformados. Aunque Carlos Hidalgo, jefe del destacamento de Policía, está seguro de que con los 700 gendarmes que se han sumado al resguardo ciudadano y los 80 que permanecerán todo el fin de semana en Pujilí será suficiente. Más 4 patrulleros, 4 motocicletas y una carcelera, por si hay algún detenido.
En la víspera (viernes 23), se encienden torres de fuegos artificiales, a cargo del prioste Jaime Vaca y su esposa, Inés. El espectáculo asombra, en especial a los niños. Un grupo de shamanes se congrega frente al hospital y hace con granos y cereales un círculo que semeja el sol. También con semillas y piedras de río. Amparito Paredes, directora provincial de Salud, participa en el ritual. En una vasija de barro se enciende el incienso purificador. Y el baile dura hasta avanzada la noche. Se despliega gran respeto por los montes, lagunas, cascadas y ríos.
Ya el sábado 24, a las 9:00 arranca el desfile en la avenida Velasco Ibarra. Son 18 policías a caballo que forman una banda montada, La ruta se acordona con guardias, de oliva oscuro. El recorrido sigue por la Rafael Morales hasta el parque Vivero, luego por la Vicente Rocafuerte hasta la tribuna que da hombro con hombro con el Mercado Central. El concurso de comparsas dura hasta las 16:00 y concluye con la premiación en el parque Sucre. Son 17 las que bailan en el “danzómetro”, de unos 1.200 metros, por el honor de hacerlo; mientras 35 lo hicieron para disputar el Danzante de Oro.
En parejas, automóviles del Pujilí Tuning Club semejantes a parlantes con ruedas avanzan entre las comparsas.
Hay tiempo para la publicidad: un niño corre tras un par de llamas. Cuando las alcanza, les pone sobre el lomo sendas frazadas con leyendas del Hotel Tilipulo.
Las reglas son claras: cada comparsa ejecuta su número principal frente al palco durante 3 minutos. Cada prioste lleva su guión de mando.
Irrumpe un grupo de “caporales”, entrechocando sus azadones y comandados por el “mayordomo”, que blande su látigo y anima a su caballo a dar cabriolas.
Las 11:30; llega la hora del “Pase del Niño de Isinche”.. Hay, a cada rato, brindis con botas de vino al estilo español y botellas de refrescos y bebidas espirituosas. Frecuentemente se dan limpias improvisadas con soplidos de puro de caña e invocaciones a los volcanes y montañas de los Andes ecuatorianos, a cargo de los “huacos”. A cambio, los beneficiarios deben soltar algunas monedas.
Al medio día empieza la “chamizada”: decenas de niños portadores de cañas que representan abundancia.
Son las 12:40 y las chicas de protocolo han servido hornado a la tribuna de honor. El locutor anuncia: “Se nos acaban las 200 jabas; casi no tenemos música líquida”. Los danzantes lanzan caramelos a la multitud. Y a cada instante los turistas, Nikon o Canon colgante con correas de sus cuellos, lanzan cientos de fogonazos de luz. Un ancianito grita desde su balcón, manos firmes en alto: “¡Alegría!”.
Más adelante, los “negros loeros” recitan rimas para motivar al público. Se visten de cómicos militares y pintan de betún su rostro para gritar (o leer un papelito doblado en el forro de su gorra). Sueltan bromas como: “Oye alcalde, reconocerás a tu hijo” (señalando a un compañero de juegos). O coplas como “Si yo pudiera lograr lo que se me diera la gana, tendría mucho dinero y a la ministra le muchara (besara)”. Además del prioste señalado, lo fueron de honor los ministros Verónica Sión (de Turismo) y Jorge Marún (de Obras Públicas), además del general Jaime Hurtado, comandante en jefe de la Policía Nacional, nacido en el cantón. Y ellos fueron el jurado en cuyos hombros recayó la responsabilidad de nombrar a la comparsa ganadora.
A las 14:00 el cielo se encapota. Delante de la familia de los priostes Vaca, está doña Margarita, de 88 años, la participante de más edad del desfile. Un infierno en movimiento ofrecen los demonios de la Diablada de Píllaro: enmascarados con cuernos, hacen suertes e intrépidos pasos.
Pujilí recibe unas 40.000 personas. Uno de los números más celebrados es el de los danzantes. Se adelanta lentamente, tirado por monturas de mucha alzada que arrojan vaho por sus ollares, el carruaje de la reina Jeanella Ochoa. El grito de “¡Sixto puede, Sixto puede!” raspa las gargantas como un trago de puro. Y es que hay invitados-sorpresa como el profesor Vizuete, director técnico de la selección ecuatoriana de fútbol, Lourdes (Lulú, le gritan desde la tribuna) Tibán y delegaciones de varias provincias como Guayas (bailarines de Milagro con sus machetes), Pichincha (la banda metropolitana) y Tungurahua (conjuntos de baile de Píllaro y Quero). Anónimos samaritanos, botella y vasos en mano, obsequian tragos de licor al público que asiste al desfile.
La vaca loca va tras todos en divertidísima persecución, aunque el desfile ha terminado. Concluida su participación, las comparsas van a los puestos dispuestos por el Municipio para el almuerzo.
A las 17:00 se desparraman gentes por los puestos de comida. Descansan los integrantes de las comparsas y el locutor anuncia el fallo del jurado. Daniel Guilcaza escucha la noticia por los altavoces y ladea la cabeza: “el siguiente año, a lo mejor; vamos a practicar mejor las coreografías”.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil