Frente a las costas rumorosas del Pacífico ecuatoriano encontró trinchera para su espíritu libre. Combustible para su elemental felicidad, hecha de sencillez y coloquial sabiduría.
Andrés Yagual no es nombre para un gringo de ancestros polacos, ojos casi transparentes y antebrazos esperjados de pelusa rubia. Pero la lógica de una vida predecible definitivamente no puede usarse con este californiano nacido en Miami y con ciudadanía espiritual de General Villamil Playas. Locuaz -su español, gracias a su casi obsesiva lectura, es más articulado que el de mucha gente que lo tiene como lengua nativa-, alegre, perspicaz; con una espontaneidad y un recelo frente a las mezquindades materiales que dan para volver a pensar en una utopía romántica, algo trillada: un tipo libre.
Hace aparecer el apellido polaco, Kozminsky, de entre sus palabras, como quien saca de un cofre una genealogía anterior al segundo nacimiento, “ese que consiste en darse cuenta, como frente a una centelleante revelación, de que uno pertenece a un sitio”. Y en busca de esa revelación llegó a Playas, en 1971, con el Cuerpo de Paz, en calidad de profesor de inglés y carpintería, para niños y jóvenes -lo que le ganó el respeto legítimo del pueblo-; y también como brujo mayor del arte ritual de la tabla hawaiana, “que es un deporte hermoso porque no depende de un competidor: vas, te metes al agua, y tienes una experiencia según lo que a ti te parece valioso. Y en momentos así es que uno comienza a ser persona. En momentos en que uno pretende programar su propia vida, aunque sea en pequeños instantes”.
Sobre la senda dejó su adolescencia en San Diego, la contracultura de los años sesenta, vivida desde su epicentro (“Íbamos a San Francisco en peregrinación... El único galardón estudiantil que recuerdo fue la expulsión del colegio, a los diecisiete, por tener un porrito”). Una tarde, sentado en la terraza de la casa paterna -desde donde podía verse hasta México- se puso a buscar respuesta; ¿por qué que no cuadraba su vida? ¿Por qué era necesario cambiar, radicalmente, de aire? Concluyó que habitaba una sociedad “en la que a uno lo tienen tan bien organizado psicológicamente, que se genera un sistema plástico, una trampa que victimiza, de una u otra manera, a pesar de la resistencia de la gente”.
Surgió la posibilidad con el Cuerpo de Paz, y llegó a Quito, una tarde de ventolera. “Pero inmediatamente me mandé a la mierda con el jefe del proyecto”, recuerda, “un autoritario padre católico irlandés, alcohólico como un diablo, quien me dijo que no podía tener varios trabajos ni renunciar, cuando eso contradice las normas de la organización...”.
Luego del tumbo, fue a dar entonces al caserío playero, en donde no había ni luz ni agua... Comenta que cuando, por ejemplo, subía hasta Montañita para surfear, en ninguna casa encontraba baño. Lo que estaba a la mano, con suerte, era un rollo de papel higiénico, ubicado bajo el dintel de la puerta... “Tenías que agarrarlo e ir a un sitio entre el monte para poder hacer lo que había que hacer. El problema era que los chanchos te seguían. Había que llevar un palo y, mientras soltabas tus ‘malos espíritus’, alejar a los chanchos a punta de plum, plac; plum, plac...”.
“Uno comienza a ser persona en momentos en que pretende programar su propia vida, pequeños instantes”
Ama su pueblo, pero no cae en el simplismo folclórico, paternalista, de admirar la cultura a la que llegó por “exótica”, sin críticas. Después de años de vivir allí, asegura, se ha dado cuenta de que es una comunidad que también tiene “mucha cosa tóxica”. Una superstición exagerada; mucho machismo; mucho valor a la venganza y al chisme: “Cuando llegué no se podía ni pensar en la televisión, el cine o los libros. Esas son formas de crear fantasías que no existían aquí. Entonces había que crear fantasías con el prójimo: el chisme”. Sin embargo, reconoce que lo positivo supera con creces lo otro; que se trata de un sitio profundo, honesto en su humildad; que desde el primer día lo hicieron sentir como parte inherente del poblado, de la gente, y que eso es algo que no olvidará nunca.
Y allí fue donde concretó su sueño de artesano. Antes de aprender a surfear, cuando tenía diez u once años, vivía muy cerca de un aserradero donde se fabricaban tablas. “Cuando vi a los tipos que las hacían pensé que eran los más bacanes del mundo. La gente de la televisión era simplemente una pendejada, estos artesanos eran mis héroes”. Quedó inoculado con el calor de un oficio... “Agarraba mi bicicleta y me iba, y mis padres felices porque no estaba jodiendo en la casa”.
Puso, hace años, un taller donde fabrica tablas que exporta a California y Chile. Habla del proceso con la precisión del científico y el arrebato místico del escultor. Este e sun hombre que vive según una frase de Osho: solo hay cuatro tipos de personas: los conservadores, que dicen que el sistema está bien; los reformistas, que dicen que se pueden cambiar ciertas cositas, pero siempre dentro del marco (“o sea, terminan por ser las prostitutas de los primeros”); los revolucionarios, que quieren terminar con los anteriores y se convierten en los nuevos conservadores; y los rebeldes... Los que critican por igual, y buscan la alegría en lo excepcional de las reglas propias. Está de más decir a qué grupo pertenece él.