Con su inseparable caballo, Niño Pony, a quien quiere como un Quijote a su Rocinante, cosecha estampas de su pueblo y disemina alegrías con su canto ranchero.
Arremolinados, los vientos se apersonan en los cruces de caminos y barren por igual las parcelas y dehesas que salpican el cantón. La guaba de bejuco está florida en su punto justo y el mango se empercha, “jecho”, en las más altas ramas. Todos los habitantes de Salitre saben que si no toman de los árboles los frutos, éstos caerán sin mayor dilación. Hace trece años, cuando conoció a Niño Pony y lo vio trotando sobre sus torpes cascos, Gabriel López jamás se imaginó que aquel potrillo se convertiría a la larga en su compañero de mil correrías. Como tuvo ganado en su pedazo de tierra durante un tiempo, no se le hizo difícil criarlo. “Al principio lo alimentaba con polvillo, pero de repente nos dimos cuenta de que comía plátano verde, pan, de todo; primero era chúcaro, pero poco a poco conversaba con los niños y se fue amansando”, ríe y frota sus robustas manos entre sí.
Nadie cree, si no lo ha visto, que cuando lo llamaban para alguna fiesta patronal en algún cantón cercano, que llevaba a su caballo en bus. Pero tiene testigos. “Eso era cuando el Niño Pony era tiernito, ya crecido no entra, pero así íbamos a lugares como Daule o Balzar”. En efecto, el animal subía una pata tras otra en la escalerilla, y se dirigía, entre las filas de asientos ocupadas por sorprendidísimos pasajeros, al fondo del bus para luego girar y sentarse hasta alcanzar a su punto de llegada.
Se enfrascaba en otras labores cuando “un anuncio me llegó así nomás como caído del cielo”. De su amiga Ketty Mauyín, llegada de Nueva York, obtuvo su primera cámara fotográfica, a la que siguió una hilera de máquinas entre automáticas, profesionales y filmadoras. A la par, una conocida le sugirió que se “tratara mejor” con su vestimenta. Fue cuando empezó a usar el traje negro con plata del charro. “Yo soy medio lanzado para estas cosas y ahora, que voy a lo Vicente Fernández, me va mejorcito con mi herramienta –señala su Nikon-”. No es ningún improvisado: ha tomado cursos de teoría y práctica de la fotografía. Su hermana Azucena resulta buena compañía y, cuando Gabriel debe ausentarse del estudio, se aventura a tomar fotos a los habitúes.
Algo se le viene a la cabeza y se lleva, lentamente, la áspera diestra a la frente, y luego la baja para hacer con índice y pulgar una mirilla; “parece mentira pero yo en veces filmo en mi mente; es como estar filmando con la cámara”.
Acude, siempre su aparato en mano, a matrimonios, quinceañeras, rodeos montubios, pero también a inauguraciones de edificios, mañanas deportivas y demás eventos. A veces, cuando su animal ha franqueado las portezuelas de su establo y se ha escapado para comer hierba en las cercanías, ha tenido que ir por él ante las autoridades. “Es que se lo llevan preso al Niño Pony por ir a comer montecito por ahí”. Tenía que ir donde el alcalde o con los amigos para que sacaran al caballo de su reclusión. “Lauro Freire, mi compadre del alma, se encargaba de ir y liberar a su ahijado, el Niño Pony”. Los espectadores se admiran y se codean cuando Gabriel le ordena a su animal “hazte chiquito”, y Niño Pony se agacha para que los pequeños o las mujeres puedan subir a su lomo.
Acaba de obtener un dinero, y lo primero que hizo con él fue comprar un secante para su caballo. “Creo que le hacía falta, y así con su vestido nuevo se ve elegante; por esas cosas y por mucho más yo me digo que no me aflojo de mi pueblo: aquí me quedo porque es pequeñito pero atractivo y calentador”.
Lo más seguro es que si se suelta la mirada por las mansas playas de Salitre, cuyas arenas se pueblan de veraneantes cada fin de semana, se los halle a él y a su mascota. “Lo llevo a trabajar, y él ya sabe que nos toca ganarnos el pan de cada día; se deja poner, mansito, su herraje y avanza para posar con la gente, que a veces le dan su vasito de cerveza”, se hunden en un rictus los ojos de Gabriel entre sus párpados y parecen empequeñecer aún más. “Estamos aquí desde antes de que hubiera playa –se refiere a las instalaciones- y asociaciones turísticas”, pero los tiempos convierten dichas playas en un ajetreado centro turístico al que acuden cientos de bañistas salitreños y de otros puntos del mapa.
Un mango cae en manos de Gabriel; no necesita recordarle que es la tierra, también cantando.