Artesano máximo del puro que enciende la alegría de los poblados montubios. En sus manos la caña ofrenda su núcleo de dulzura, sea en melcocha o guarapo.
El caserío aparece como una afelpada colcha de bregué entre el verdor del paisaje, a no más de diez minutos de Salitre. Ha clareado ya, y si el viajero desbroza con la mirada todos los obstáculos, verá la casa de Felipe Morantes al costado de la polvorienta carretera. Es donde el maestro de la caña da la bienvenida a clientes y amigos. Un profundo aroma inunda la comarca. “La caña de azúcar se siembra con el tronquito directamente en la tierra, a palo y medio de distancia cada uno”, dicta cátedra don Felipe, que ha trabajado en la elaboración de la melcocha y el guarapo desde hace tres décadas.
Las cuadras de caña están desplegadas. Allí, en un claro que hacen los árboles de nigüito, y a la sombra de los mangos, se vuelca a su frenética labor. “Aquí, entre tanta piladora de arroz, hemos hecho un hueco para trabajar la caña”, sostiene, atenta la mirada al dédalo de abejas que lo cercan. Temprano, don Felipe coloca a su caballo Tiro-al-blanco el correaje, y éste hace girar el trapiche Squier de un siglo de antigüedad –y al que engrasa cada ocho días-. Fluye, al fin, el jugo nutricio y va a dar a una enorme cuenca. Una parte se destina al guarapo, y otra, a la paila que hierve hasta agarrar su punto. “Ya le he cogido el golpe, hay que cocinar y recocinar, hasta sacar una miel espesa”.
Nada se desperdicia: en junio queda mucho bagazo tras la cosecha, y es utilizado como combustible para avivar los hornos construidos con cemento; “uno vino ya hecho, al otro lo hicimos dándole la forma de la pata de un cocotero”. Tras estirar varias veces la melcocha, se obtienen los alfeñiques, a los que se añade maní.
“El guarapo es solo jugo de caña fermentado; a veces me quedo sin nada después de la fiesta de algún santo patrono”
En larguísimos moldes tallados en madera de guachapelí se vierte la miel para que llegue a la temperatura programada. Ya está: ahora es cosa de formar los apetecidos alfeñiques. Pero hay que ahuyentar a las abejas, y para eso los niños cooperan trayendo braseros que liberan sendas columnas de humo. Las que se posan en los bordes del molde se dejan estar, borrachas de placer con el jugo de la tierna caña.
Realmente particular resulta la historia de sus amores: cuando enviudó, pensó que la desazón lo consumiría para siempre, pero luego conoció a Marilyn Acosta y hace trece años se casó con ella. “Sembré por ese entonces tres árboles de mango, y ya ve usted: dos de ellos se han unido, abrazándose; tienen raíz distinta, pero arriba son uno solo”, señala, sin dejar de verter guarapo en sus envases definitivos y apoyándose en la estriada corteza.
No hay fiesta de los poblados cercanos sin su guarapo, “que es solo puro jugo de caña fermentado, se lo garantizo; a veces me quedo sin nada después de un baile o fiesta de algún santo patrono”, sonríe de buena gana al pie de las bocas humeantes de los hornos. Cuando se terminó el abastecimiento de una fiesta en Salitre, fueron a verlo, machete en mano, los encargados de proveer las bebidas. “No entendían que necesita un tiempo para estar listo”. El día que conoció Guayaquil encontró un mundo distinto; “había ido a Yaguachi, Babahoyo y otros sitios, nada se me antoja parecido a una ciudad grande, yo siempre regreso a mi tierra”, cierra los ojos y eleva el rostro al cielo para dar una larga bocanada de ese aire ancestral y primerizo al mismo tiempo.
Cierta vez se aplicaba, como siempre, a sus faenas de enroscar sus alfeñiques, envuelto por la densa neblina de los braseros, cuando un inmenso alacrán cayó del mango. Inmediatamente el insecto empezó a atenazar con sus pinzas la espalda de don Felipe, y solamente la oportuna intervención de uno de sus ayudantes lo liberó de la violenta picadura. “Estoy habituado a que me piquen las abejas, pero ya con los alacranes es otra cosa, hay que cuidarse y despabilarse para evitar accidentes”. Se acelera, presurosa, la puesta del sol y hace de Guachapelí, su recinto, el lugar donde conspira la oscurana.