Tomada de la edición impresa del 29 de junio del 2009

FOTO: Amaury Martínez

Víctor Cifuentes Llaguno.

Víctor Cifuentes Llaguno: Sin oboe no hay trato...

Datos

Víctor Manuel Cifuentes Llaguno nació el 6 de abril de 1988, en Guayaquil. Es hijo del doctor en Química y Farmacia Víctor Manuel Cifuentes Jácome y de la licenciada en Citohistopatología Gina Llaguno Acosta. Tiene una hermana de 19 años -Laura-, estudiante de la carrera de Odontología.

Estudió en la escuela particular Medalla Milagrosa y en el colegio Domingo Comín, institución en la cual se graduó en Electrónica. Actualmente cursa Ingeniera Electrónica, gracias a una beca, en la Universidad Politécnica Salesiana, y una Licenciatura en Música en la Universidad Espíritu Santo, UEES.

Paralelamente a sus estudios,  desde hace 11 años pertenece al Instituto Experimental de Música de la Universidad de Guayaquil, organizado por el maestro Enrique Gil Calderón. En esa institución, donde está a punto de graduarse, tuvo a maestros como Jorge Layana y al polaco Ryszard Jarosik.

Sus mayores aspiraciones son integrar la Orquesta Sinfónica de Guayaquil, la de mayores, y viajar al exterior para especializarse en la ejecución del oboe. Asegura que no 
solo Moscú es la meca de la música clásica, sino también París y, en     general, toda Europa.

Admira sobremanera a Albinoni y a Mozart, a quienes escuchaba desde los 7 años en compañía de su padre, de quien destaca su gran cultura general. Muy modesto con su maestría, afirma que ha compuesto algunas obras, pero que las mantiene en secreto, para cuando las haya pulido un poco más.

 

A los 7 años escuchaba a Mozart todos los días; hoy, a los 21 y luego de integrar todas las orquestas juveniles de Guayaquil, demuestra que la maestría no es solo para viejos.

 
Quien a los 7 años escucha música clásica, en vez de estar viendo Tom y Jerry o jugando al pepo con la pandilla del barrio, es porque nació con una sensibilidad capaz  de oír crecer una flor o tiene algo de Mozart en las venas, en la piel o en el destino.


Víctor Cifuentes no ha vivido -y peor envejecido- tanto como para destrabar las bisagras de la memoria con dificultad, por lo que se descubre a sí mismo -en pasado cuasipresente- como quien evoca una clase de ayer, fresca pero muy fructífera, acaso demasiado para sus 21 años, 11 de los cuales los ha dedicado a la música.

Recuerda que, aún con pantalón corto, manos trepidantes y una alegría contraventora de los modales de mayores, “solía acompañar a mi padre -un pianista frustrado, pero exitoso químico farmaceútico- hasta el mercado de la P.P. Gómez a comprar discos de acetato de Beethoven, Mozart, Albinoni”, y otros músicos de excelsa ralea que quién sabe cómo fueron a parar a las veredas mugrientas de la “cachinería”, en donde solo oían las sinfonías en Pi mayor de los cláxons de los buses que venían del Guasmo.


Habla con extrema sencillez, sin envanecimientos, con la sabiduría de un viejo, pero con la sonrisa de un niño, casi de dibujos animados, de esos que evocan a Hanna y Barbera.


Una hora al día escuchaba los discos aquellos junto a su padre y una hora al día como que su destino de músico prematuro le daba alcance, mostrándole las composiciones clásicas que había reservado para él en complicidad con un viejo oboe del Antonio Neumane, ya jubilado debido a sus constantes desafinaciones.

 

“La música es algo que no se puede definir con palabras, porque si se lo hace, muere; solo hay que sentirla, vivirla, hacerla...”


Sus ojos pequeños, de un negro brillante, reproducen las emociones pasadas de cuerpo entero, sin quitarles esa dosis de ventura que significa haber sido elegido por algún designio superior para cosas mayores.


Un día de 1997 lo llevaron -todavía cogido de la mano y porque su padre como que quería desquitarse con el pasado- hasta el Instituto Experimental de Música de la Universidad de Guayaquil, creado por iniciativa del maestro Enrique Gil Calderón.


“Yo lo que quería estudiar era violín, nada que ver con el oboe, al que ni conocía”, precisa, un instrumento de piel negra y orejas doradas que no terminaba de convencerlo del todo y que era el único para el cual había matrícula tras agotarse las demás opciones. Frente al dilema infantil, el maestro Jorge Layana -un virtuoso del oboe que daba clases en ese lugar y que terminó siendo su mentor- no tuvo otra opción que hacer sonar el instrumento de una forma tan perfecta que, mientras un grupo de jilgueros huían humillados, Víctor aceptaba, entre los renunciamientos propios de su edad, entregar su alma a cambio de vivir el resto de su vida como una permanente ofrenda a todos los clásicos que musicalizaron su infancia y le marcaron un derrotero a ras de cielo.


Gracias a su talento, a mitad de los estudios “fui becado por el instituto universitario para el resto de la carrera en una especie de sana competencia con la UPS (Universidad Politécnica Salesiana), centro educativo que también me becó en la Facultad de Ingeniería Electrónica Industrial”, para ver si los circuitos o las hipotenusas podían seducirlo más que los solfeos y las partituras. Vana gestión, asegura, porque ya había sido “secuestrado” por la música, “eso que no se puede definir con palabras, porque hay que sentirlo, vivirlo, hacerlo”. Así lo demuestra su paso en innumerables conciertos y giras -nacionales e internacionales- con la Orquesta Sinfónica Infantil, la Orquesta de Cámara de la Universidad de Guayaquil, la Orquesta Prejuvenil de la FOSJE y la Orquesta del Museo Municipal de Guayaquil.


Pese a su brillante recorrido, Víctor Cifuentes tiene pendiente una obsesión que se ha convertido en su punto Omega: integrar, en forma permanente, la Orquesta Sinfónica de Guayaquil. Entonces vuelve a sacarle brillo a su dentadura y entre risas afirma que ya tiene listos el frac, la garganta y un viento que, enviado desde lo alto, le tienta su instrumento.


Con toda la experiencia acumulada, solo le queda esperar y practicar, practicar siempre con su rústico oboe o con el del Conservatorio -un Marigaux de 10.000 dólares que suelen prestárselo solo a los elegidos-, para demostrar que lo suyo es un asunto de supervivencia del cual ya no puede liberarse porque al fin, después de media vida, su destino le dio alcance.

Jorge Ampuero

jampuero@telegrafo.com.ec

Otros