Frontal y crítico con el poder, ha sido un viajero inagotable por las latitudes del mundo y los libros. Su palabra es una de las más preciadas
de la literatura ecuatoriana de hoy.
No va por medias tintas, sobre todo cuando el tema tiene que ver con la realidad del país, a nivel político, y cómo los intelectuales (en este caso la gente dedicada al arte, particularmente a la literatura) no se han manifestado abiertamente. Juan Andrade Heymann es uno de los pocos que desde la escritura ha sabido expresar sus opiniones sobre el régimen, convencido de que la discusión es siempre necesaria, que oír al que piensa distinto es algo que no se puede perder. ¿Por qué sucede así? Por un hecho que él señala y no teme reflejar: “La política del actual Gobierno ha tendido a conquistarlos por medios tentadores, como la creación del Ministerio de Cultura, incorporándolos a cargos públicos y a todo un programa de premios y estímulos”.
Es igualmente de firme al criticar la escasa política cultural en el país, donde, si bien señala que hay libros que aparecen (“aunque se deben publicar más, sin prejuicios, ni discriminación de ningún tipo”, asegura) se ha hecho muy poco para fomentar la lectura. “La estimulación temprana, tanto en el ambiente familiar como en la escuela, es importante y debería ser una política fuerte. Existen estudios profundos realizados por la UNESCO sobre el tema que podrían ser tomados en cuenta”. Lo dice porque también esa experiencia fue fundamental en su vida. Esa pasión por los libros viene de familia, nació en las paredes de su hogar, con la biblioteca de su padre (“tenía dos o tres veces más libros que los que yo tengo”) o de esa relación cercana con su tío Raúl Andrade (periodista y escritor un tanto olvidado, a quien él considera el mejor escritor ecuatoriano). “Le preguntaba a mi padre sobre los libros que podía leer y él me recomendaba algunos. Fue una relación muy estrecha”. Esa fue la época de las lecturas iniciales, del “Huckleberry Finn”, de Mark Twain, de “Corazón”, de Edmundo de Amicis, de “Tartarín de Tarascón”, de Alfonso Daudet, y de las que llegaron con mayor edad: textos de Robert Louis Stevenson, de Chéjov, de Henry James, hasta la lectura de “Trece relatos”, de César Dávila Andrade, que lo mantuvo dos noches en vela hasta terminarlo.
"Se pierde mucho tiempo leyendo tonterías, por lo que es suficiente tener un solo buen libro, o hasta dos".
La escritura llegó pronto. Era un adolescente cuando empezó. Tuvo muchos cuentos, “la mayoría malos”, dice. A los 14 años entró a laborar en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, como parte de sus vacaciones de verano. Era auxiliar de biblioteca. Trabajo que lo ayudó a conocer a muchas personas interesantes y a dos individuos fundamentales para que a los 15 años publicara su primer libro: “Cuentos extraños”. “Tenía una colección de cuentos y le pasé una copia a Benjamín Carrión y otra a Francisco Tobar García (presidente y director de la editorial de la institución, respectivamente). En equis tiempo me aprobaron la publicación, lo que fue emocionante. Pero me puse muy nervioso. Los amigos y familiares me animaron”. Ese, el primer libro, ha sido el único que ha publicado con la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
De la mano de Francisco Tobar García entró al mundo del teatro. “Teatro Independiente” fue su casa por tres años, hasta que entró a trabajar en la Escuela de Teatro de la Casa de la Cultura, donde llegó a ser profesor de Literatura Ecuatoriana y Estética. En esas clases conoció a Rocío Madriñán, también escritora, quien sería su esposa luego de unos años. “Tenía 15 años y quería ser actriz. Cuando nos casamos, ella tenía 18 años y yo 21”, comenta el escritor, que en 1965 publicara “El lagarto en la mano”, considerada por críticos como la ‘vuelta de tuerca’ en la narrativa ecuatoriana. El Teatro continuó con varios grupos y diversas propuestas.
Es un hombre que disfruta de los viajes. Y en esa tónica, China fue el primer destino estando ya casado. Aquel país que en pleno 1968 era el centro de toda una revolución cultural y a la vez un sitio del que no se sabía nada, lo sedujo. “¿Cómo íbamos a no ir cuando se presentó la oportunidad, si era una idea atractiva?”, sentencia. Una segunda vuelta por el sitio, de 1975 a 1976, sorprendió al matrimonio Andrade – Madriñán con un terremoto muy fuerte y con la muerte de Mao Tse-tung. “Pudimos ver la conmoción, ver a gente llorando en las calles y por televisión, como si hubiese perdido a su papá. Eso era Mao, un libertador y un padre”, afirma.
Luego vendría el trabajo en el Cuerpo Diplomático (con viajes y permanencias en diferentes países) y una escritura que no se ha detenido hasta ahora, enfocada en la poesía y el cuento, así como en artículos, con decenas de publicaciones; algo que para un escritor que sostiene que el gran error está en escribir mucho se presenta como una especie de paradoja. “Se pierde mucho tiempo, también, leyendo tonterías, por lo que es suficiente tener un solo buen libro, o hasta dos”. Radical hasta el final.