Tomada de la edición impresa del 19 de junio del 2009

FOTO: ALEJANDRO REINOSO / El Telégrafo

Esmeralda Adelaida Romero.

Esmeralda Adelaida Romero: La abuelita del mercado

Datos


Tiene 92 años. Los que la conocen dicen que nació en Daule, cerca del sector de Chivería. Ha pasado cerca de 60 años en el local 161 del Mercado Central de Guayaquil, de las calles Clemente Ballén, Lorenzo de Garaycoa, Seis de Marzo y Diez de Agosto. Paga al Municipio 73,50 dólares de alquiler.

Tiene algunas hermanas y estuvo casada con Osvaldo Ruiz, quien, dice, murió hace muchos años. No tiene hijos y vive con unos sobrinos en su propia casa ubicada en Capitán Nájera, entre la Diez y la Once.  Siempre anda sola, camina sin bastón. Se levanta a las cinco 05:00. Se moviliza en taxi y paga un dólar.

Tiene una casa rentera donde viven tres inquilinos. Le pagan arriendos de “200.000 sucres” (8 dólares) y “300.000 sucres” (12 dólares). “Sus sobrinos no pueden intervenir porque Esmeralda piensa que le quieren robar la casa”, dice Ramiro Silva, quien tiene 66 años y 57 años en el mercado.

“Le traigo la comida, pero a veces me la tira por las patas cuando no le gusta. No come caldo de legumbres. Solo le gusta el de carne. A ella le agrada lo especial, no come cualquier cosa”, dice una vecina que se identifica como Mariela y tiene un puesto de comida en el mercado.

Otra vecina, de apellido Salazar, que tiene 48 años y dice conocerla desde los ocho, recuerda que ya entonces era viuda. Confirma que nunca le conoció pretendiente y que siempre la vio sola. “Toda la vida ha estado en ese puesto. Y ahí estará hasta el día en que tenga que morir”, sentencia.

En el Mercado Central la reconocen como la más antigua; los comerciantes la llaman la fundadora. Ella no quiere abandonar la única actividad que ha realizado toda su vida.


Un predicador negro grita que agradece a Dios por haberlo liberado de las drogas y el alcohol; y mientras recomienda que todos se entreguen al Señor, ella tiene un billete de un dólar en sus manos, lo acerca a sus ojos y lo palpa constantemente. Es un billete arruinado que más tarde romperá con indignación porque nadie quiso cambiárselo.

Más tarde también dirá que se llama Adelaida, aunque su primer nombre sea Esmeralda y nadie la llamé así. Porque en el Mercado Central de Guayaquil todos la conocen como la abuelita. Ella no tiene a nadie. Repite que no tiene esposo, ni hijos, ni nietos. Solo al Señor, a la Virgen Santísima y a San Vicente. Ellos la cuidan, la ayudan y la amparan. Cuando alguien se acerca a su puesto pregunta: “¿qué quiere?”. Agarra un pedazo de madera para ahuyentar a los curiosos. Le piden un plato de jengibre por un dólar, pero ella dice que vale dos y no cede para venderlo más barato. Entonces posa sus manos huesudas y sus uñas larguísimas sobre el plato para protegerlo. Esas manos son una extensión de su personalidad. Largas y amarillentas. Informan que la maravilla de la juventud se marchó, en tanto la vida se escondió en el trabajo de la plaza.

Alguien le tira un grano de maíz y enloquece insultando por doquier. Afloja unas lágrimas raquíticas de sus ojos secos. Se sienta y se deja fotografiar. “Está llorando”, dice el vendedor de linaza que la mira todos los días. “Pero de tanto llorar no tiene lágrimas”. Las palabras son realidad.

"Está llorando", dice el vendedor de linaza que la mira todos los días. "Pero de tanto llorar no tiene lágrimas"

Al frente de su local está la escalera que lleva a la planta alta. En el descanso la gente se sienta a mirar cómo ella no mira a ninguna parte. Se está quieta y mueve la boca como si hablara consigo misma. Luego se incorpora y arregla el plato de ajíes por décima vez. El plato de ají vale cincuenta centavos. Todo es caro para ella. Agarra una funda y pone dentro los ajíes. El diálogo con Adelaida es complicado, casi imposible, porque parece que siempre está pendiente de algún absurdo mental. Las preguntas las contesta con frases fuera de contexto y se preocupa más de los productos que vende que de las respuestas. No escucha bien y ve muy poco. Pero no es tonta. Sabe cuando alguien intenta una jugarreta.

Hay que aprovechar un rato de buen humor y de descuido para tomarle una foto a esta mujer que llega a las 05:30. Los guardias la ayudan y algún acomedido abre las puertas de su local, porque ella apenas puede con su cuerpo. “Me arrepiento de no haberme vuelto a casar y no tener un compañerito. Pero no, porque ellos se quedan durmiendo hasta las diez de la mañana, después vienen a tomar café, a lonchar y a ver lo que hay de venta, quieren que los mantenga”, suelta de repente.

Los curiosos se aglomeran. Todo se puebla de voces que hablan por Esmeralda. Todos quieren opinar. Pero ella no se rinde. “Soy tranquila. Vengo y ando solita desde que se murió mi esposo. Cuando uno tiene hijos a los 14 años cogen y se van, mientras uno se ha matado para educación, para la comida, para vestirlos. Ya déjenme tranquila por Dios”, dice y se refugia en su oscuro local marcado con el número 161.

Quizás mida 1.50 metros. Se ha achicado por los años. De su cuerpo maltrecho sobresale la joroba que la obliga a doblarse. Lleva el cabello gris recogido en un moño. Se arrima a su pared ennegrecida. Nadie adivina sus pensamientos. El recogedor, a quien llaman el Chavo, pasa y se lleva la basura. Ella recuenta sus monedas sobre el mesón de cemento que también luce decrépito; el tiempo le ganó la partida y lo destrozó. La escalera frente a su puesto está sucia. Entre pedazos de periódicos y la suciedad la gente la observa arropada por la tristeza. Ella afila sus uñas contra el mesón y murmura.

Su puesto es un local sin luz. Oscuro como una tumba. De paredes gastadas. Dentro se pudren plátanos y nonis. Las moscas vuelan dueñas del lugar.

Esmeralda luce un suéter negro destrozado en la parte de los brazos y una falda floreada también de aspecto paupérrimo. Un delantal roto que algún día debió ser blanco la recubre. Los zapatos mocasines negros también están rotos, lleva el izquierdo amarrado con una funda negra. Algunos dicen que con ese aspecto se sienta afuera de su local para pedir caridad. Pero esperar para ver eso es demasiado duro.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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