En sus manos reposa un oficio de otros tiempos, poético, nostálgico, como el tradicional barrio quiteño en el que trabaja desde siempre, con
pericia y entrega.
Esas manos que se enredan entre sí y a momentos permanecen inmóviles han vivido tanto. Esas manos de Humberto Silva son las de un artista de la hojalata; las de un creador que despierta inspirado en nuevas obras, que lo representan a él y a su barrio, La Ronda (centro de Quito).
Humberto espera sentado. Melancólico. La otra silla –esa que le acompaña- está vacía. El frío se contagia con el viento que recorre el empedrado de la calle Morales, en una apagada mañana, de pocos turistas y de mucha nostalgia.
Escucha una estación de radio que analiza, una y otra vez, cómo Ecuador fue capaz de superar, 2 por 0, a la mítica selección Argentina. Ahí, en ese local que desafía al tiempo y la tristeza, reviven los tambores, las cocinas, las regaderas, los bebederos, los canales de hojalata. Ese mundo que parece consumirse, poco a poco, con el paso de los años.
Humberto cumple en el taller el sueño de su padre, un afamado maestro hojalatero que llegó a Quito con el propósito de producir juguetes y otras creaciones. Lo logró. Persistió con el negocio hasta su muerte, allá por los años cincuenta.
El hijo, para ese entonces, no tenía más de 22 años y heredó el local, las máquinas, el anhelo. El barrio de La Ronda fue el mejor escenario para iniciar una nueva vida. Era joven y ya había vivido lo suficiente para darse cuenta de cuál era el camino que debía seguir.
“La Ronda es una maravilla a nivel nacional y a nivel mundial. Mi vida ha pasado aquí. Es vivir junto al recuerdo de mi padre”
Desde que cumplió la mayoría de edad se desempeñó como mecánico en los talleres de la Empresa de Ferrocarriles Ecuatorianos. Fue una etapa que nunca olvidará. Viajó por el país y demostró talento en sus labores. Sin embargo “no tuve apoyo. Quería ser ingeniero. Graduarme y ser reconocido en el exterior. No lo logré, aunque mire esto…”; se traslada al otro extremo de su local, que no tiene más de cinco por cinco metros. Señala con orgullo un perfil de su vida y su trabajo, traducido al inglés y pegado en una pared con cinta adhesiva. En la nota aparece sentado afuera del local. Como si su historia se contara una y otra vez. Solo que en la fotografía no tiene esas gafas que le protegen del sol y de expresar con más certeza sus emociones.
Una niña -que salió del colegio hace unos minutos- lo saluda con respeto. Un guardia de seguridad, una anciana de unos ochenta años, un vecino de esos poquísimos que quedan en el barrio, hacen lo mismo. Humberto está tan unido a La Ronda que suena ilógico pensarlo por separado de la calle Morales. Aprendió el oficio de hojalatero, aún siendo un niño, en Riobamba, pero la actividad nunca tuvo más sentido que en ese local de la casa colonial 750. Desde ahí presagió que con su labor ganaría cierta particularidad ante los vecinos y, ¿por qué no?, frente al mundo entero.
“Soy como un artista. O tal vez un verdadero artista. Hago lo mismo a la final. Me encanta trazar. Hago los diseños que salen de mi mente. Dibujo sobre plantillas, luego les doy forma a cada una… A los turistas les encanta y las personas de antes vuelven a sentir la emoción de ver los juguetes de hojalata…”.
No fue fácil persistir en ese barrio que en su esplendor estaba lleno de color y de vivencias y, por el contrario, en los años ochenta y noventasfue una zona casi controlada por la delincuencia. Varias veces se sintió amenazado por la violencia de cuchillos y navajas. Y como Cristina Vizuete, la señora de los caldos “que reviven a los muertos”, aguantó y aguantó.
“La Ronda es una maravilla a nivel nacional y a nivel mundial. Mi vida ha pasado aquí. Es vivir junto al recuerdo de mi padre. Y haciendo lo que más me gusta”. Sus manos recorren las tres máquinas con las que trabajó por cinco décadas artesanalmente. Con esas mismas manos fuertes, inquebrantables, jugó por años pelota nacional y otros deportes. Y siendo dirigente, levantó 18 títulos en el fútbol con el club La Ronda, “el mejor equipo de San Sebastián”.
Esa silla vacía puede decir tanto de Humberto. De esas vivencias de las que prefiere no hablar. Algunas hermosas, como cuando formó el trío Los Guajiros, en Riobamba, y llegó a cantar boleros en una radio. Otras de cuando fue feliz con Hilda, su esposa por siempre. Aunque ya no esté. Nostalgias. De familia, barrio y manos laboriosas.