La solidaridad es un rasgo innato en él, pero la cultiva activamente día a día, marcando la diferencia entre quienes a veces parecen de
espaldas a la vida.
Había paro médico en el ambiente. En la sala en la que estaba, la de varones, no se podía ver a ningún doctor. El Hospital parecía tierra de nadie y para Luis todo estaba centrado en recuperarse de ese dolor del cuello, producto de una operación de la tiroides. Tenía 13 años. Todo, a esa altura del partido, parecía haber sido una prueba más de resistencia. Junto a la sala de varones, la de mujeres. Dentro de ella, una señora conectada a un respirador. Estaba herida, había recibido un balazo y quizás eso impedía una inhalación y exhalación adecuadas. Luis escuchaba los desesperados intentos de la mujer por obtener algo de aire, tenía esos lamentos al otro lado de la cabecera de su cama. Supo que algo debía hacer. “Sentía que todo me dolía, pero tuve el impulso de ayudarla porque pensé que si no lo hacía, ella se podía morir”, recuerda. Con mucho esfuerzo, trató de bajar los escalones de los tres pisos que lo separaban de la sala de emergencias (donde sí había médicos), para avisar que una paciente se estaba poniendo peor. El trayecto fue de unos cuantos escalones, un camillero que pasaba por ahí lo vio y él enseguida le pidió ayuda. La mujer fue atendida pronto.
Si bien dice no tener buena memoria, cuenta esa anécdota como arrancada de un solo tajo del sitio que la había guardado. Al contarla algo se ha despertado. “Me ha dejado temblando”, confiesa. En el vehículo blanco con el logo de la ong en la que labora, Plan Internacional, recorre las calles (una asfaltada y las otras como representaciones reducidas de un sistema montañoso) de Nueva Prosperina, en Guayaquil, y en cada cuadra hay voces de niños que gritan su nombre: “¡Hola Luis!”. Él devuelve el saludo de la misma manera o se detiene si debe conversar con alguien sobre un tema en particular.
"Uno de mis sueños es sin duda ver cómo ayudo a las personas a conseguir que sus propios sueños se cumplan"
Como “facilitador de relaciones”, que es el cargo que ostenta, está encargado de desarrollar estrategias de comunicación desde el interior de la comunidad hacia fuera, lo que ha significado un trabajo constante en la zona. El sector de “Las dos canchas” es en el que centra su actividad.
Son cinco años en Plan y antes fueron once detrás de la Fundación Arcoiris, con una motivación similar, especialmente en mantener proyectos de desarrollo comunitario. ¿Por qué? “Porque se trata de ayudar a descubrir el tesoro que todos tenemos, están ahí y hay que dejarlos salir”, sentencia. Dentro de estos procesos, Luis se ha preocupado por hacer de ese contacto con madres, niños, niñas y adolescentes algo más que su trabajo. “Uno de mis sueños es, sin duda, ver cómo ayudo a las personas a conseguir que sus propios sueños se cumplan”, afirma quien tiene entre varios de ‘estos sueños’ más exitosos el programa radial “Aquí los chicos”, que realizan jóvenes de zonas como Nueva Prosperina y que tiene 11 años de vida.
Sin embargo, no ha sido fácil. Espacios tan duros se prestan para una tristeza que obliga a cualquiera a ser fuerte. Él se percibe con cierta fortaleza e incluso no duda en cuestionarse y pensar que pudo haber hecho más en alguna circunstancia. En el vehículo, mientras avanza para buscar la casa de uno de los niños que es parte de los proyectos del lugar, hace una especie de recuento de esos momentos duros, como aquella ocasión en que uno de los jóvenes, que había ido a varias de las reuniones de los movimientos que Luis ha ido formando, se ahorcó. “Fue muy duro. Llegué a la casa donde lo estaban velando y no había nadie. Sólo estaba el cuerpo en el ataúd y yo. Él tenía 16 años y en esos momentos uno se pregunta si pudo haber hecho algo para evitarlo”. Afuera, una niña llora ante una pregunta de Luis: “¿Cómo estás?”. La menor no está bien. Su padre ha dejado a su familia y ahora ella, su madre y sus dos hermanos deben mantenerse con pocos dólares a la semana. Él la abraza y le dice que se tranquilice, que todo va a estar bien. La pequeña se calma y luego en el carro, el niño enfermizo que aprendió el valor de la naturaleza y ver al otro como un hermano cuando formó parte de los Boy Scouts (algo que afirma fue lo que lo marcó a fuego), pronuncia: “A veces los padres no nos damos cuenta de las tonterías que hacemos…” y luego el silencio, en el que el tipo fuerte deja en claro que ser sensible también es parte del ‘paquete’.