Colombia Isabel Cárdenas Cantos: Con gusto de cacao y puerto
La historia de su bodega tiene sesenta años. Ella continúa en el mismo lugar donde su esposo levantó un negocio que condensa la vieja identidad comercial de Guayaquil.
Nada de aire acondicionado, ni escritorio bonito, ni arreglos finos. Alberto Segundo Mercado, el marido de Colombia, mantuvo intactas durante 60 años las condiciones de su bodega, en las calles Panamá e Imbabura. Ella piensa que, si cambia algo, cuando los montubios lleguen a su negocio no querrán ni entrar. Se asustarían.
Está parapetada detrás del escritorio. Sin embargo, no pone distancias. Aunque es renuente a dejarse fotografiar. “Ninguna clase de foto”, dice negando y escondiendo la cabeza. “Solamente con el nombre y ya”. Un aroma a cacao guardado se filtra por los rincones. Del río viene también un olor a puerto que el viento hace más palpable. Ella es conocida. Casi famosa. Popular entre los exportadores de cacao y café. Saben que es la señora Colombia. Porque va de frente y no se calla, tampoco guarda nada. Tiene carácter. Es seria en el hablar, de palabra. Berraca. Dice lo que piensa sin temor y a cualquiera.
“Soy media guasa para hablar. Yo los mando a la mierda cuando algo no me conviene. Ellos dicen: Esta vieja es boca sucia. La mía es una historia larguísima. Es para un periódico entero”, habla y su risa rebota contra las paredes.
Su bodega funciona desde cuando no había calles. Recuerda la vida como una larga lista de gente que ya no está; casas que desaparecieron; nombres que huyeron como una noche sin sombras; rostros que el destino condujo por senderos distintos. Mucha vida ha pasado por sus ojos. Mas, ella sigue ahí. Intacta. Con una voz que recorre el tiempo con una carga grave de nostalgia, sin embargo, no se rinde; avanza como si fuera un navío venciendo una terrible tormenta.
Su voz alimenta una historia, que pertenece a la Costa. A un Guayaquil extraviado en la distancia. Traslada el presente a tiempos sin nombres cuando no había puente ni carretera a Durán. Cuando en canoa llegaba la mercadería. Cuando existía el muelle cinco, el cuatro. Cuando venían los serranos y embarcaban canastos de frutas en lanchas que los llevaban a los barcos. Cuando mandaba y reinaba el cacao. Esta era su zona. Cuando todos los exportadores tenían sus bodegas por aquí. “Ahora es la única que queda”, dice un vecino de apellido Torres.
Cuando llegaron las calles, cambiaron los hábitos. En ellas se tiraba el café y los carros que pasaban lo pilaban, le sacaban la pelusita blanca. Nadie se molestaba porque el producto estuviera en la calle. Ahora eso no se puede ni sugerir. Ahora hay bares y discotecas en las que antes eran bodegas y patios para almacenar. Ese tiempo, cuando el día se hacía noche trabajando, no está más. Se fue como un gato asustado en tempestad. “Si esa bomba de agua hablara”, dice señalando un hidrante, “contaría una historia preñada de recuerdos. Ahí me sentaba a cuidar los sacos que se apilaban uno sobre otro y daban la vuelta a la pared”. Su voz no se quiebra, ni entristece. Vence a la nostalgia y avanza relatando una historia que parece película.
Pero en su presente, no le gustan las computadoras. Ni tantas vainas modernas. El teléfono antiguo no lo cambia. Le pusieron uno moderno y no lo usa. Le compraron celular y tampoco lo usa. Las cuentas las hace primero mentalmente y luego en calculadora. Sabe que hay que darle movimiento al cerebro. “Si no estamos jodidos, llegamos a los 60 y no sabemos dónde estamos parados”, reflexiona sabiamente.
Ya no es lo que era. “Yo también fui último modelo. Yo paraba los carros. Ahora no paro ni a los burros. Muchos que me conocieron dicen que era tremenda. Llega un momento en que todos nos ponemos viejos, canosos. El tiempo pasa para todos. Es lo único que no se detiene y hay que saber aprovecharlo”, expresa.
Recuerda cuando tenía 35 años y se miraba en el espejo pensando que para los 50 le faltaba una eternidad. Pero pasó los 50, los 60, los 70, los 80, y todavía está aquí y con la mente lúcida. Para eso lee bastante. En su escritorio guarda algunos libros, incluido uno en inglés, no falta el diccionario. “La gente no despierta la mente porque no lee. Y mientras usted más lee, menos faltas de ortografía tiene”. Ella habla de todo. Religión, Biblia, guerras, judíos, comercio, trabajo, vida, que en fin, de eso se trata todo, de la vida. Y doña Colombia la ha vivido bien. Quizá por eso piensa que los consejos ahora hay que cobrarlos, pero esta vez hace una excepción.
Francisco Santana
fsantana@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil
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