Tomada de la edición impresa del 09 de junio del 2009

FOTO: Amaury Martínez

Julio César Acuche.

Julio César Acuche: Reparando la ciudad secreta

Datos


Nació el 12 de febrero de 1971 en la pequeña Alausí, provincia de Chimborazo (que no era cantón en ese entonces). Allá, en su terruño natal, entre juegos, se dedicaba a las labores agrícolas. Solía ayudar a sus familiares en la siembra y en la cosecha de la papa, la cebada y el maíz.

Estudió en una escuela cuyo nombre no recuerda, hasta el cuarto grado. El fútbol con una pelota de trapo, el cazar pájaros con una onda, el tirar piedras al río eran las ocupaciones preferidas. Sin embargo, para los Acuche llegó el momento en que todos sus miembros debían procurarse el sustento.

A raíz del fallecimiento de su padre, decidió salir de la casa de sus mayores y enfrentarse a la aventura de ir a una ciudad grande. Miró un viejo mapa del Ecuador y fijó la mirada en la región litoral. Es por eso que dio el salto hasta Guayaquil. Julio César tenía, cuando emprendió viaje, apenas 10 años.

Aunque toda su vida está hecha en el puerto principal, mantiene todavía vínculos con Alausí. “Allá tengo familia y a veces me voy de visita”. Con su esposa Rosa Mercedes Chafla lleva casi veinte años de casado y tienen cuatro hijos: Miriam, de16 años, Iván, de11, Cristian, de 9, y Darío, de 6.

De cuando en vez es llamado por sus clientes en las horas más inesperadas. En cierta ocasión se disponía a cenar con su familia para Navidad, cuando recibió un timbrazo. Era precisamente un antiguo cliente, que requería sus servicios. Se fue a las 22h30 y regresó a la una de la mañana.

Ha llegado a manejar su oficio como pocos. Hombre sencillo, curtido en la fragua del trabajo manual y el trajín cotidiano, se ha ganado el respeto de quienes lo contratan.


La angustiada pareja aguardaba, a sus espaldas. Ella evidentemente disgustada con el peso de su mirada sobre él, su marido con cara de compunción y queriendo disculparse. A cada paso de Julio César ambos esperaban una buena noticia hasta que al fin, gestos triunfantes, extrajo algo que brillaba del codo del lavabo. En efecto, aunque cayó de sus manos y tintineó dando brincos, una vez recuperado y de nuevo en su diestra, se mostraba: era el anillo de bodas que su cliente creyó haber perdido definitivamente y que recuperaba la sonrisa para los esposos que lo contrataron.

Exhalan su traqueteo, entre la rala gasa de las nubes, unos furtivos truenos, como rezago último de la temporada de lluvias. Y acá abajo, Julio César, coronada su frente por una diadema de gotas de sudor, se aplica en hallar la solución idónea a la catástrofe planteada en la casa que lo ha convocado.    

Atrás está el tiempo en que emprendió camino desde su natal Alausí hasta el puerto principal. “La noche en que por primera vez vi Guayaquil se me presentó como una gran masa de luces”. Primero laboró en la plaza de Sucre y Pío Montúfar,  ayudando a su hermano a vender col y cebollas hasta que tuvo quince años. Al año siguiente, probó suerte en la Cemento Nacional. “Como era chico, no tenía un contrato, sino que ayudaba hasta cuando ya cumplí los diociocho; y ahí seguí trabajando ya con papeles hasta que tuve unos veinte”, pone neutra la mirada y se ve aprendiendo los misterios, pero también los gajes, de la albañilería, la soldadura y la gasfitería. “Aprendí como todos, dedicando horas a observar a un maestro en cada oficio”.

“Lo más complicado”, se concentra, “es fabricar la rosca cuando la tubería está en mala condición”. Y es que en el instante en que la rosca se estropea, hay que ir tras la tarraja, para hacer las respectivas muescas paralelas en el tubo. Cierta vez, una enorme rata salió a su encuentro cuando trataba de destapar un caño; “fue como en película”, se repone del recuerdo. “Cuando usamos plastigama, sabemos que podemos confiar en la instalación porque aguanta; en otro caso, no respondemos y debemos ser muy pero muy cuidadosos porque el asunto se puede ir guardabajo cuando menos se lo espera”. Claro que ha trabajado en casas antiguas, en el Centenario, en el centro, en el barrio Orellana y en otros lugares, donde la instalación completa está hecha de metal. Para esos casos, las destrezas se transforman más que nada en mañas que los años en el oficio le han conferido.

"Aprendí como todos, dedicando horas a observar a un maestro en cada oficio"

Armado de tarraja, llaves, sierra, playos y pulidora, da un rápido vistazo al entorno. El agua abraza sus talones y se instala en su espacio de trabajo. Es preciso operar con cautela y prisa. No hay que aguardar a que se contaminen las aguas. Debe inmediatamente sacar una rosca para poner un nudo en T para volver a unir los bordes, como los labios de una herida, y que cese de una vez por todas la fuga de agua. utiliza también tubos de permatex para impermeabilizar, y carretes de cinta de teflón blanco, para que los acabados sean impecables.

Es realmente increíble la variedad de cosas que ha hallado en los codos de lavabos e inodoros. Desde joyas preciadísimas para sus propietarios hasta lentes de contacto, pestañas postizas, piezas dentales; “si supiera; oiga”, parece censurarse a sí mismo en su letanía de objetos perdidos.

“Una vez rompí un tubo sin querer y tuve que reponerlo por el valor convenido al principio: palabra es palabra”. Ríe de buena gana al recordar que con un compañero habían abierto 3 metros en el suelo para volver a colocar tubería. Y a pesar de habérselo preguntado varias veces, resulta que hubo que volver a hacer el trabajo: no había puesto aislante ni material para impermeabilizar”.

Ha dado pasos por la organización del gremio y se ayuda con la albañilería y con el oficio de soldador. “Una vez mis amigos no me creían que estaba pegado a un cable, me despegaron con un palo; pudo terminar en desgracia pero nos reímos todos al final”.  

Así como en lo alto los truenos van soltando sus traqueteos, Julio César se mueve entre los traqueteos que producen su tubería y sus herramientas. “El trabajo de un hombre que se preocupa por su familia nunca termina”. Lo dice con una seriedad que combina pasión y celo, en partes iguales.
Luis Carlos Mussó
cmusso@telegrafo.com.ec
Retratista - Guayaquil

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