Tomada de la edición impresa del 08 de junio del 2009

FOTO: Ricardo Bohórquez

Gonzalo López Cepeda.

Gonzalo López Cepeda: Madurando las palabras

Datos

Gonzalo René López Cepeda nació en Portoviejo, Manabí, el 20 de mayo de 1935. Hijo de Honorio López y Elena Cepeda, es el tercero de cinco hermanos. Conoció las primeras letras  en la Escuela Roosevelt, de su tierra natal, y la secundaria en el Colegio Fiscal Olmedo, del cual nunca se graduó.

Tras dejar los estudios, hasta los 19 años ayudó a su padre en una panadería de su propiedad, en Portoviejo. Para entonces ya había tenido contacto con sus primeros libros; se había leído una enciclopedia que su padre le regaló y hasta había descubierto Mi Lucha, del dictador alemán Adolfo Hitler.


Su estadía en el cuartel le permitió demostrar que, pese a sus escasos recursos, había adquirido una cultura superior, incluso, a la de sus comandantes. Allí solía dar charlas de la II Guerra y entretenía a sus compañeros con las historias de un tal Erwin Rommel, conocido como el “Zorro del desierto”.


En 1980 se casó con Manuela Castro. Con ella -de la que actualmente está divorciado- procreó cinco hijos. Todos son profesionales y, como para ser fiel al deleite de sus lecturas juveniles, uno de ellos forma parte del Ejército español. Vive con un hermano en la ciudadela La Chala.


Sus obras están repartidas entre Más allá de la muerte, texto de ficción; El Matagatos, cuento inspirado en un personaje de la vida real; El mar los acogió, sobre la migración; Historia del Penal Galápagos; El Dios de oro, leyenda manabita; Historias tenebrosas, relatos; y Eloy Alfaro del siglo XXI, historia.

Apasionado de las letras, este ex vigilante, a sus 74 años de vida, busca dar a luz sus primeros libros de leyendas, ficciones y amargas realidades.

 

Está convencido de que todo cuanto ha escrito conlleva, necesariamente, el mínimo pretexto que busca la memoria ajena para evocar a alguien.


Visto de perfil semeja un semidiós montubio, de esos de camisa blanca, mangas largas, hablar callado pero profundo; tiene la mirada oblicua de tanta lectura, pero muy ajena a esos anteojos de uso seudointelectual.


Sin prólogo, abre una página en blanco y como que tipea sobre ella los vocablos fundamentales que demanda su historia, nacida en un Portoviejo de lluvias incesantes, de viajes en tren y de reminiscencias liberales.


Convocados por quien se ha pasado el meridiano de la vida en permanente refriega con las necesidades diarias y el prurito de escribir, sus recuerdos acuden con premura, tanta, que da la impresión de que el tiempo transcurre de década en década, saltándose los años uno a uno.


Se divisa de chico, con la vida diseminada entre la artesa del pan y decenas de revistas llegadas a casa por obra y gracia de un padre vicioso de lectura. Con él compartía El Peneca, Billiken y una revista cubana -La Bohemia- que llevaba el sabor salobre del Caribe anterior a Castro.


Leía como un poseso y no había mayor distracción para él que ir a Manta donde su tío -Alberto Escobar-, un químico que le vendía fórmulas a la Drocaras-, quien había hecho de su casa una especie de biblioteca de Alejandría. "Allí disfrutaba de las aventuras de Julio Verne y de los Diálogos de Platón, de las narraciones de Poe y las poesías de Rilke". Leía y leía sin sospechar que, muchos años más tarde y ya con la cabeza cana, su mano habría de concurrir puntual a una cita inevitable con los sustantivos.

“El escritor es como el tiburón, debe moverse siempre, con sus sueños y palabras, porque                   si no se muere”


Tras cumplir los 19, se marchó al cuartel y, consecuente con un destino superior, en vez de formarse militarmente, terminó formando a sus compañeros dando charlas de historia, sobre la II Guerra Mundial, y explicándoles cómo lo había impresionado la carátula de una revista con Hitler, Mussolini e Hirohito tras las rejas.


Pasa la página, sin correcciones, y con una sonrisa premeditada describe su llegada a Guayaquil en 1956 -ciudad con la que había tenido un desagradable primer encuentro en 1952, "cuando fui abandonado con 3 gallinas en el parque Centenario por unos primos bromistas"- en busca de mejores días. En la ciudad, gracias a la influencia de un periodista de El Telégrafo -Víctor Hugo Suárez- pudo alistarse en la Comisión de Tránsito del Guayas, institución en la que estuvo durante 16 años, pestañeando al ritmo de los semáforos, pero, sobre todo, en la Oficina de Investigación de Accidentes de Tránsito, la OIAT, gastándose la inspiración, redactando informes, con cifras y frías estadísticas reñidas con el talante lírico de sus historias y otros tantos proyectos.


Le sobrevienen varios puntos suspensivos antes de seguir escribiendo porque los siguientes párrafos lo marcaron a sangre y fuego. Es 1999 y, tras pasar una serie de desencuentros afectivos de tipo familiar, tomó la pluma y se echó a escribir sobre todo aquello que había venido acumulando su mente, desde la leyenda del Dios de Oro que oyó de sus abuelos, hasta una obra a la que una gringa le sugirió vendérsela al mismo Steven Spielberg, ambientada en Vietnam y que trasciende el espacio infinito.


Dice que esta es su obra maestra, que la ha escrito y reescrito como si fuera un palimpsesto sobre el cual es preciso descifrar las fórmulas de la vida y de la muerte, de esa vida y de esa muerte cuyos entresijos lo asaltan por la madrugada y lo obligan a escribir, en cualquier papel, ideas sobre ángeles conspiradores, espíritus proscritos y tesoros enterrados.


El punto final rehúye a su relato. No puede haberlo, dice, mientras sus libros sigan a la espera de algún mecenas que les dé el soplo definitivo. "He hablado en la Casa de la Cultura del Guayas, pero la imprenta, dicen, no vale; con el ex ministro Galo Mora y con el actual Raúl Vallejo, pero ninguno ha contestado".


A la espera de una respuesta, Gonzalo López sigue escribiendo seis horas al día, sin arrepentimientos, primero en borrador, luego en una computadora pero, básicamente, dentro del corazón, allí donde las comas y los puntos y coma no importan tanto como la alegría de saber que sus palabras seguirán vivas hasta el último pálpito de su existencia.

Jorge Ampuero

jampuero@telegrafo.com.ec

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